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UNA CARTA DE 1903
¿No están hasta el gorro de tanto oír hablar de la Inteligencia Artificial? Las
penúltimas noticias dicen que hay una carrera comercial por la conquista del espacio, en
este caso del espacio de la IA. Pero, por favor, paren ya, y déjenme pensar en algo tan
estimulante como una “meditación” del emperador Marco Aurelio, cuyo tono anoche
me sonaba muy familiar y a la vez me intrigaba. Y es que no sabía a qué autor
contemporáneo me recordaba: “Tienes que quedarte en tu sitio. Tiene que ser tu sitio.
No debes avanzar ni retroceder. Entonces vencerás, en ese sitio, en el único al que
perteneces”.
Acabo de darme cuenta de que el tono empleado para hablar de nuestro lugar
natural me recuerda a la prosa de Kafka, concretamente a uno de sus aforismos de
Zürau, aquel en el que habla de la lucha entre él y el mundo. La lucha, por cierto,
palabra bien unida a Kafka. Y como ahora no voy a recurrir a la IA para saber si él leyó
a Marco Aurelio, decido hacerme fuerte en mi lugar natural, el único al que pertenezco.
No voy, por tanto, a moverme por lo digital, sino por la memoria que vive en la
biblioteca de casa. Así que lo primero que hago es buscar Tú eres la tarea, el libro
donde Reiner Stach comenta los aforismos de Kafka, y recalca que éste calificaba de
“lucha” al conflicto entre las aspiraciones vitales del mundo y las aspiraciones de la
literatura, que para él apuntaban mucho más alto.
Luego, en el índice nominal de uno de los cinco tomos de las Obras Completas de Kafka (Galaxia Gutenberg), encuentro una discreta y única, pero suficiente, mención
a Marco Aurelio. Qué maravilla que haya todavía libros que evoquen, con sus muy
cuidados índices onomásticos, una cierta grandeza antigua.
La mención única se ocupa de la carta que un domingo de marzo de 1903 envió
Kafka a quien era su gran amigo, Oskar Pollak, confesándole que iba a costarle mucho
apartar de su vida cotidiana las meditaciones de Marco Aurelio, pero que tal vez iba a
dejar de leerlas, porque le agobiaba tanta búsqueda de serenidad y equilibrio.
Pienso que no es que Kafka no quisiera convertirse en el hombre firme, íntegro y
dueño de sí mismo que buscaba ser el estoico Marco Aurelio, sino que, a causa de la
peculiar “doble vida” que llevaba, deseaba compartir ese estado estoico con su otro
lugar natural, que no era otro que el de la escritura (“No es que me guste la literatura, es
que soy literatura”). Y de ahí que para alcanzar ese doble lugar natural quisiera evitar
que la balanza se inclinara sólo por ese lado impasible y le restara peligro a “la lucha”, a
la tensión dialéctica que tanto necesitaba para poder subvertir el estoicismo de Marco
Aurelio. Y por eso no debe extrañarnos que, en 1908, tal como cuentan libros de mi
biblioteca, Kafka comenzara a escribir Descripción de una lucha, donde decía que el
camino comarcal por el que cabalgaba era pedregoso y muy empinado, pero le gustaba
que fuera así. Es más, no paraba todo el rato de intentar que fuera todavía más
pedregoso y empinado, ya que, sin aquel peligro esencial, no podría llevar a fondo su
doble vida.
Enrique Vila-Matas
Café Perec, El País, 22/09/2026
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