



|
POR UN OPTIMISMO CULTURAL SUBVERSIVO
En la oscuridad, al despertar, enciendo el móvil y de él inesperadamente brotan
imágenes que los subtítulos califican de “emocionante momento en el que un burro
corre desde lejos para reencontrarse con su dueño”. Estupefacto, veo al burro avanzar en
dirección al ojo de la cámara que a la vez es mi propio ojo, y por eso veo también cómo
el burro está a punto de frotarme la nariz. ¿Pero será posible? ¿Es admisible que, a estas
alturas y disponiendo de una sola vida, tenga que entrar en el nuevo día visionando los
pasos de un burro?
¿Quién nos programa estos despertares? ¿Dios en persona? ¿O es la ballena
Moby Dick, con esa turbadora blancura total que, según Melville, intensifica los miedos
más profundos de la condición humana?
“¡Pero qué mal anda el mundo!” es la queja matraca que oigo a todas horas, una
queja comprensible si vemos, por ejemplo, que no hay un solo país de Occidente en el
que los ignorantes no hayan sustituido a los ilustrados. Pero es una queja antigua, que se
volvió insistente hacia la segunda mitad del XIX, cuando entraron en crisis los grandes
logros del siglo de las Luces. ¿La civilización occidental, con su fe en el progreso, había
dado un giro evolutivo que la había llevado ante la blancura total de un callejón sin
salida? ¿O era que el futuro ya no pertenecía al ser humano pensativo e hiperconsciente,
sino al ser bruto, nada reflexivo, burro de morirse?
Justo en esa mitad del XIX, un lúcido Flaubert dejaría escrito que el mundo se
iba a volver “tremendamente imbécil y muy aburrido” y que las futuras generaciones
tendrían que “aprender a moverse en una sociedad de pavorosa grosería”, donde
proliferaría la nueva figura del “hombre de negocios” (el businessman).
Un siglo después, hacia 1956, en pleno “tiempo de silencio” en mi tierra, las
aulas escolares eran controladas por un buen número de grandes capullos, viscerales
enemigos del pensamiento y del estudio. Apenas se oía hablar del odio de clases, sino
del odio al “primero de la clase”.
Ha pasado el tiempo y los descendientes de aquella chulería inculta son los que
ahora están apuntalando un mundo en el que, de no ser porque a la escritura literaria la
encontraron ya hecha, a nadie se le habría ocurrido inventarla, y más tratándose de una
práctica improductiva socialmente y, encima, difícil de valorar desde el punto de vista
económico.
Sospecho que siempre será difícil que nos despojen de la escritura literaria,
porque ésta es como la dignidad de la que la albanesa Lea Ypi dice en su último libro
que es algo interior que nadie nos puede arrancar. Lea Ypi –acaba de publicar
Indignidad (Anagrama, 2026)– parece una escritora permanente conectada al “modo
optimismo cultural”. Este mismo mes, en París, propuso que, en este mundo regido por
tensiones entre opresión y libertad, tratemos de reconectar con las luchas de la
Ilustración.
¿Y por qué no? ¿O acaso reconectar con las luces de la Razón no sería en la
actualidad, tal como va todo, un acto sumamente subversivo?
Enrique Vila-Matas
Café Perec, El País, 17/03/2026
|