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QUÉ BUSCA UN EDITOR LITERARIO
Regreso a veces a Opiniones contundentes, la recopilación de entrevistas a
Vladimir Nabokov, y encuentro líneas que no recordaba, como esta pregunta de The
Paris Review: “¿Tiene conciencia de repetirse, o, dicho de otro modo, de estar
esforzándose por una unidad consciente en todos sus libros?”.
Vaya pregunta. Sabiendo que Nabokov contestará con ingenio, postergo la
lectura de su respuesta para así prolongar el excitante deseo de leerla. Y vuelvo a la
pregunta, para analizarla más de cerca y traducirla así: ¿Se da cuenta, señor Nabokov,
de que sus libros tratan temas similares? ¿Lo hace a propósito para que toda su obra
tenga un sentido global, como si fuera una sola gran historia o proyecto?
La respuesta de Nabokov hasta la aprendo de memoria: “Bueno, los escritores
que provienen de otros parecen versátiles porque imitan a muchos, antiguos y actuales.
La originalidad artística no puede copiarse más que a sí misma”.
¡La originalidad artística! ¡Vaya humos! Pero viniendo de Opiniones
contundentes, mi Biblia personal, voy a encajar el concepto sin rechistar. Además –no
lo es, pero parece una coincidencia buscada a propósito– la originalidad artística se halla
en el centro mismo de El sonido de una voz, el libro de Lewis Lapham que leí anoche.
Se trata de un breve ensayo en el que su autor –décadas al frente de Harper's Magazine y Lapham's Quarterly, hasta su muerte en 2024– responde a la pregunta de qué busca un
editor literario. Y también a esta otra, no menos comprometedora: ¿cómo se lo monta
ese editor literario para, entre tantos manuscritos habidos y por haber, elegir los más
afines al temperamento especifico de su propia mente?
¿Y qué le guía para sentirse próximo a un manuscrito? En el caso que nos ocupa,
hallar una voz única, verdadera. Traducido y prologado por Jacobo Zanella, y publicado
por Gris Tormenta (Guanajuato, 2026), El sonido de una voz incluye las selectas
respuestas de Latham a esas cuestiones. Para él, si algo magnifica una voz es tanto su
sonido humano como su lucha por llegar a la verdad.
Pero ya sabemos –parece también querer advertirnos– que hasta el impecable
estilo de un autor puede verse oscurecido por los medios que últimamente lo elogian
todo sin importarles lo que elogian. Pero bueno, siempre habrá un momento en el que
notaremos que reaparece la voz humana inconfundible, y quizás con ella la extrema
singularidad de la originalidad artística.
También hay originalidad en el propio Latham, pues parece no ignorar que
vivimos en tiempos alejados de los de Nabokov y en los que ya no hay una distinción
clara –como antes había– entre lo que está bien escrito y no lo está, lo que le hace a
Latham consciente de que, en realidad, no hay ya casi una visión correcta o incorrecta
de lo que define –definía– a la gran escritura, ese oficio de tinieblas, hoy oficio de
tinieblas, humos y drones en la niebla.
Me acuerdo de que su amiga Annie Dillard dijo, una vez, que todavía le parecía
estar viendo a Latham hablar con el cigarro en la boca, de manera que “lo decía todo
detrás de una nube de humo y fuego”.
Enrique Vila-Matas
Café Perec, El País, 9/06/2026
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