ENRIQUE VILA-MATAS BOLAÑO EN CINCO MOVIMIENTOS 
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Roberto Bolaño
BOLAÑO EN CINCO MOVIMIENTOS

(por orden cronólogico, los cinco textos de
Vila-Matas sobre la obra de Roberto Bolaño)

Roberto Bolaño






Roberto Bolaño






Roberto Bolaño



BOLAÑO EN LA DISTANCIA
(Abril 1999)


Juan Antonio Masoliver ha escrito acerca de Los detectives salvajes: "Propone un nuevo orden literario en el que entren Monterroso, Ibargüengoitia o Monsiváis. Sus lectores ideales serían Luis Maristany, Juan Villoro o Enrique Vila-Matas, es decir los defensores de la extravagancia".
     Es posible —me digo ahora— que haya acertado al considerarme un lector idóneo para la novela de Bolaño. De hecho, me siento muy cercano a toda la obra del escritor chileno. Es posible incluso que sea el escritor que más se parece a mí, o viceversa: soy el escritor que más se parece a Bolaño. La causa tal vez resida en la a veces casi aplastante coincidencia en cuanto a gustos y rechazos literarios.
     La verdad —si lo pienso bien— es que todo esto es muy nuevo y muy extraño para mí. Desde que empecé a escribir y a publicar, nunca que yo recuerde me he encontrado con algún escritor que me recordara a mí. Sólo en estos dos últimos años se ha producido este extraño fenómeno.
     Escribo esto y siento la repentina tentación de alejarme un poco de Bolaño. Me viene a la memoria el título de un bolero, y lo cambio ahora maliciosamente para escribir esto: Bolaño en la distancia.
     Una precisión ahora en relación con lo de que soy un defensor de la extravagancia. Masoliver no está haciendo sólo referencia a que defienda yo la rareza literaria o lo excéntrico. Creo que no está hablando únicamente de esto. Más bien Masoliver está haciendo un guiño a un artículo que publiqué hace unos años en la prensa madrileña y en el que me hacía eco de unas palabras de Juan Villoro, que a su vez se hacía eco de otras palabras, las del escritor argentino César Aira, que bien podría ser también un lector ideal de Bolaño. Decía yo en este artículo: "Me entero por Juan Villoro de las palabras del escritor argentino César Aira que, en una reciente entrevista, se refiere al mito literario que domina nuestro fin de siglo, el del escritor gentleman, profesional, que no confunde los libros con su persona y desdeña el carisma como prolongación de la obra. Eduardo Mendoza, Muñoz Molina, Juan José Millás y Javier Marías, por ejemplo, ilustran a la perfección entre nosotros este modelo de fin de milenio. Están alejados de Gómez de la Serna, que recitaba desde el lomo de un elefante, o de Valle-Inclán, que se quejaba de que no le permitían subir al tranvía con dos leones".
     A propósito de todo esto, Juan Villoro añadía por su cuenta: "En artes plásticas la figura del Gran Fantoche —la construcción de una personalidad deliberadamente engañosa— aún fue posible en Dalí o Warhol. En literatura hay que volver a la antigüedad de la bohemia para dar con quienes hicieron del descaro una estética y de la gestualidad una estrategia. Entre ellos el campeón absoluto es Valle-Inclán".
     Extravagancia, pues, entendida como la transformación de uno mismo en "un personaje literario". Vida y literatura abrazadas como el toro al torero y componiendo una sola figura, un solo cuerpo. Algo así como aquello que le decía Kafka a Felice Bauer: "Mi manera de vivir está organizada únicamente en función de escribir". O esto otro, también dirigido a la pobre Bauer: "No es que tenga una cierta tendencia a la literatura, es que soy literatura".
     Extravagancia, por otra parte, entendida —se me ocurre ahora— como una militancia alegre en el mundo de los escritores que no quieren tener pasaporte: artistas del alma nómada, enemigos de los viajes obligados, que no siguen más rumbo que el de su propia estrella, aunque ésta sea distante como la estrella distante de Bolaño. Artistas que no quieren pasaporte alguno, como decía Jacques Audiberti de sí mismo. Y añadía: "Mejor no buscar./ Mejor lanzarse así, con la cabeza baja./ ¡Y que suceda!".
     Al artista del alma nómada que es Bolaño —del que ahora vuelvo a sentir la tentación de alejarme aún un poco más— los versos de Audiberti seguro que le acompañan a muchos lugares en su extravagancia radical: esa extravagancia que fluye serena a lo largo de las 447 páginas de Los detectives salvajes. Tengo con Bolaño una gran afinidad con todos esos seres errantes que aparecen en su novela: seres que a mí me parece que vagan en lugares extraños, en unas afueras que no poseen un interior, como astillas a la deriva supervivientes de un todo que nunca ha existido (las múltiples voces de la parte central del libro). Esas voces yo diría que son astillas supervivientes extrañas a cualquier órbita —es decir, algo parecido a los volátiles del Beato Angélico que inmortalizara Antonio Tabucchi—, astillas que navegan en espacios familiares que, sin embargo, son de una geometría desconocida.
     En Los detectives salvajes, a veces algunas de las voces de la parte central me han parecido ya no sólo extravagantes sino excéntricas a sí mismas, prófugas incluso de la idea bolañiana —un adjetivo, por cierto, de nuevo cuño— que las pensó. Y una causa más que posible de que esto ocurra reside en el impresionante trabajo de Bolaño sobre el lenguaje. De esta novela tal vez lo más deslumbrante sea ese trabajo de lenguaje, la cantidad de diferentes registros de voces que Bolaño va acumulando. Hay una extensa y brillante utilización semántica de las diversas voces que en la parte central de la novela intervienen a modo de testimonio azaroso del misterioso destino de los dos protagonistas, de los dos detectives salvajes, Arturo Belano y Ulises Lima. Esas voces o testimonios emitidos por los más diversos personajes en fechas y lugares muy alejados, de 1976 a 1996, pertenecen a lenguajes muy diversos: coloquiales o intelectuales, españoles o mexicanos... Estamos ante un efervescente magma lingüístico de una gran variedad. Sólo ya por la exhibición de dominio de tantos registros lingüísticos, la novela de Bolaño merece ocupar un lugar destacado en la narrativa contemporánea. Es tan soberbio el trabajo de lenguaje de Bolaño que este escritor se me aparece como un claro extraterritorial dotado de puntos de vista convincentes respecto al desorden del Universo y la manera de transformarlo en materia narrativa.
     Yo diría que el autor de Los detectives salvajes ve el mundo como un complicado sistema de relaciones, que es producto a la vez de múltiples sistemas interrelacionados. Es decir que ve el mundo de un modo más o menos parecido a —por citar a un gran escritor que seguro que Bolaño admira— como lo veía Carlo Emilio Gadda.
     Es muy probable, por tanto, que Bolaño pertenezca a la familia literaria que reúne Ítalo Calvino en torno a una de sus propuestas para el próximo milenio: la de la multiplicidad.
     Escribo esto y respiro aliviado y me distancio un poco más de Bolaño. No somos —ahora me doy cuenta— ni mucho menos tan parecidos como creía que lo éramos. Yo más bien soy un escritor de otra sección del libro de Italo Calvino. Yo más bien fatigo los anaqueles de los escritores de la levedad.
     No está mal, vuelvo a respirar aliviado. Cada vez tengo a Bolaño a más distancia. Ahora lo veo muy claro: para Bolaño, artista del alma nómada y aficionado a la multiplicidad (en lo primero coincidimos, en lo segundo no tanto), el hombre se halla en el centro de todos esos múltiples sistemas interrelacionados de los que he hablado. Y sospecho que, para él, ese hombre se erige en su doloroso paradigma. (De hecho, Los detectives salvajes es una inteligente alegoría del destino humano). Creo que el artista de la multiplicidad que es Bolaño sabe que lo único que puede hacer el individuo para asimilar el caos que lo envuelve y que refleja en su propia naturaleza consiste en abrir bien los ojos y tratar de registrarlo todo para luego intentar ordenarlo. Pero está claro que un hallazgo le conduce a otro y que estamos ante aquella flaca que pintaba a una gorda que a su vez pintaba a una flaca que pintaba a una gorda que pintaba a una flaca, y así hasta el infinito, palabra que, por cierto, conoce muy bien Bolaño, que sabe que el infinito es cierto, tan cierto como infinitos son los ruidos de los vecinos.
     Algo ahora sobre los ruidos de los vecinos: un texto del ya citado Carlo Emilio Gadda está dedicado a la tecnología de la construcción, que desde la adopción del cemento armado y de los ladrillos huecos ya no preserva las casas del calor y de los ruidos. Gadda se extiende en este texto de una forma que revela en él a un gran maniático: se dedica a hacer una minuciosa descripción grotesca de su vida en un edificio moderno y de su obsesión por todos los ruidos de los vecinos que llegan a sus oídos.
     En Los detectives salvajes las múltiples voces o ruidos de los vecinos de las historias de Arturo Belano y Ulises Lima parecen inagotables.  De hecho, esta novela tiene una estructura que tiende a lo infinito, a algo tan infinito como el intento de reproducción de Gadda de todos los ruidos de sus vecinos. Cualquiera, además, que sea la historia que los mismos testigos de la misma cuentan, el discurso siempre se ensancha y se ensancha para abarcar horizontes cada vez más vastos, y si pudiera seguir desarrollándose en todas direcciones llegaría a abarcar el universo entero.
     En el Bolaño de Los detectives salvajes hay algo de desesperación maniática. Escribo esto y me pregunto si en realidad el desesperado maniático no seré yo. Quería hablar con la máxima agilidad de la extravagancia y del efervescente magma lingüístico de la novela de Bolaño para poder pasar rápidamente al tercer apartado interesante de este libro —el de la estructura originalísima— y ahora me doy cuenta de que llevo ya cinco folios y que el desesperado maniático soy yo, que escribiendo sobre Bolaño me he convertido en un escritor del casillero calviniano de la multiplicidad.
     Lo que son las cosas. He vuelto a acercarme a Bolaño. Creía haberme distanciado algo de él, pero vuelvo a estar muy cerca. Drama. Al escribir la primera línea de este comentario al libro de Bolaño me había propuesto ser ágil, seguir la estela de aquello que siempre persiguió Leopardi —me refiero a su deseo de quitar al lenguaje su peso hasta que se asemejara a la luz lunar— y sin embargo heme aquí convertido en un hombre que ha quedado enredado en el mundo de la multiplicidad de Bolaño, ese escritor que ve el mundo como un enredo, una maraña o un ovillo.

     Drama. Al querer alejarme de Bolaño he acabado acercándome aún más a él. Me queda una última oportunidad o tentativa para desenredarme del ovillo de mis divagaciones sobre Los detectives salvajes: comentar con rapidez la original estructura del libro. Veamos. Una leve intriga —lo único leve del libro: las investigaciones de Ulises Lima y Arturo Belano acerca de una escritora desaparecida hace tiempo en el desierto mexicano de Sonora— sirve de telón de fondo o de pretexto para presentar la historia, a lo largo de veinte años, de una serie de poetas vanguardistas mexicanos. El diario de uno de ellos abre y cierra el libro. El ingenuo diarista tiene una voz con ecos del protagonista de La aventura de un fotógrafo en La Plata de Bioy Casares (uno de los autores más familiares al mundo literario de Bolaño). Entre ese diario que abre y cierra el libro —que es en definitiva, según se nos dice en el texto, "una historia de poetas perdidos y de revistas perdidas y de obras sobre cuya existencia nadie conocía una palabra"—, la historia de una generación —la mía y la de Bolaño y que, por nombrarla de alguna forma, podríamos llamarla "la generación de Mayo del 68"—, una generación desastrosa —como muy bien él y yo sabemos—, una generación deplorable que a sus supervivientes los ha dejado —nos ha dejado— "confundidos a todos en un mismo fracaso" y que conserva sin embargo cierta dosis de humor y melancolía, lo que no deja de ser un desastre añadido al desastre general... En fin, entre ese diario que abre y cierra el libro, nos encontramos con 400 páginas —casi pues el libro entero— en el que el lector repara —lo diré con palabras de Ignacio Echevarría: “...en que todas las voces, todas las palabras, todo el tiempo transcurrido durante el intermedio tiene el valor exacto de un instante de lucidez, de un pliegue (el subrayado es mío) abierto de pronto para que todos los personajes puedan ser contemplados en su común humanidad, y pueda deducirse así, del absurdo tragicómico de sus vidas no la constatación —escribe Bolaño— de nuestra ociosa culpabilidad sino la marca de nuestra milagrosa e inútil inocencia.

Ese pliegue bien podría ser también una grieta, una brecha. El tema de Los detectives salvajes bien podría ser una brecha, el mundo infernal de una generación agrietada, boca de sombra sibilina por la que habla el infierno. Me recuerda esa brecha a una que aparece en uno de mis libros preferidos, la novela vanguardista Petersburgo, de Andrei Biely, una de las cuatro mejores novelas del siglo según Nabokov. En ella leemos:

     Ignorado, insensible, privado de pronto de gravidez y de la percepción de su propio cuerpo, el senador Apolón Apolonovich elevó la vista; sus sentidos no podían dar fe de que había elevado la vista hacia el parietal y vio que no tenía parietal; allí donde el cerebro está cubierto de recios huesos, donde ya no hay visión, allí Apolón Apolonovich sólo vio en Apolón Apolonovich un boquete redondo (en lugar del parietal); el boquete era un redondel azul; en este momento fatídico [...], algo, con un rugido semejante al del viento en la chimenea, succionó rápidamente la conciencia a través del boquete azul del parietal: hacia más allá del infinito.
      
     La grieta —tema y bloque central de Los detectives salvajes— es un conjunto de cuatrocientos golpes o cuatrocientas páginas con una casi infinita participación de múltiples voces que comentan los trazos de las huellas de los dos detectives salvajes y a la vez comentan cómo lo desastroso se instaló en el centro de gravedad de la historia de una generación extravagante. Los detectives salvajes —vista así— bien podría ser el boquete azul de un parietal trágico, la historia cómica de una brecha: una novela que bien podría ser —ahí donde la ven— una fisura, una rotura muy importante para lo que hasta ahora ha ido haciendo una generación de novelistas: un carpetazo histórico y genial a Rayuela de Cortázar y de la que Los detectives salvajes bien podría ser su revés, en el amplio sentido de la palabra revés.

     Los detectives salvajes —vista así— sería una grieta que abre brechas por las que habrán de circular nuevas corrientes literarias del próximo milenio. Los detectives salvajes es, por otra parte, mi propia brecha; es una novela que me ha obligado a replantearme aspectos de mi propia narrativa. Y es también una novela que me ha infundido ánimos para continuar escribiendo, incluso para rescatar lo mejor que había en mí cuando empecé a escribir.

     Decir esto me ha llevado a sentirme de pronto más cerca que nunca de Bolaño. Será prudente que vuelva a alejarme algo de él. Me acerco, me alejo, parezco encontrarme en un círculo infernal en el desierto de Sonora cuando viene de pronto en mi auxilio un verso de Goethe, que un personaje de la novela de Bolaño, Jordi Llovet, me enseñó ayer a pronunciar en correcto alemán: Alles Nahe werde fern. Es decir, "Todo lo cercano se aleja". Goethe lo escribió refiriéndose al crepúsculo de la tarde. Todo lo cercano se aleja, es verdad, tengo que pensar que es verdad. De nuevo, respiro aliviado. Goethe me ha permitido volver a alejarme algo de Bolaño. Sólo así, además, mi generación desastrosa, en su crepúsculo hoy hundida, podrá volver a resurgir. ¿Y por qué no pensar que  una novela como Los detectives salvajes tiene algo de la literatura por venir? Con esta pregunta cierro estas líneas sobre Bolaño. La verdad es que la pregunta la he formulado por mi propio bien, la he formulado para amar y odiar al mismo tiempo su novela; la he formulado para acercarme lo máximo posible al mundo de Bolaño y así de una vez por todas poder alejarme y hacerlo a ser posible en el crepúsculo de esta misma tarde en la que ya para mí todo lo cercano se está alejando, y lo que han sido unas cuantas palabras sobre el mundo novelesco de Bolaño ya no son ahora más que el boquete azul de mi parietal trágico, también el parietal de Arturo Belano (con las mismas letras de Belano puede escribirse la palabra "nobela"), ese personaje que, al igual que tantos otros en Los detectives salvajes, camina hacia atrás, "de espaldas, mirando un punto pero alejándose de él en línea recta hacia lo desconocido", tal vez hacia un infinito limitado, allí donde todo lo cercano se aleja para luego volver a acercarse. En fin, que ahora me voy de Bolaño, pero me quedo, pero me voy, pero me quedo. En fin, ese tipo de relación literaria entre Bolaño y yo que parece haber dispuesto para los dos y para siempre un destino común. Habrá que desafiar a ese destino cuanto antes. La experiencia dice que no hay dos caminos iguales. Opto por decir una frase que Bolaño ya no podrá decir nunca, es mi desesperada forma de emprender a última hora la búsqueda de un destino diferente al suyo. Escribo esto: "Tu escepticismo, Bolaño, es el principio de la fe". Y esta vez sí que me voy. Lejos queda el pasado, todo está por venir, atrás para siempre han quedado nuestros destinos gemelos. En cuanto a los presagios, ya decía Wilde que simplemente no existen. El destino no manda heraldos. Es demasiado sabio o cruel para hacerlo. Por eso ahora me voy. Pero me quedo. -


Paula, Roberto Bolaño, V-M, Lautaro y Carolina. Blanes 1999
Paula, Roberto Bolaño, Vila-Matas,
Lautaro y Carolina (Blanes, 1999)
UN PLATO FUERTE DE LA CHINA DESTRUIDA

Le decía en una carta  Franz  Kafka a Felice Bauer: “En este sentido escribir es un sueño más profundo. Como la muerte. Del mismo modo que no se saca ni se puede sacar a un muerto de su sepultura, nadie podrá arrancarme por la noche de mi mesa de trabajo”. Estas palabras de Kafka me trajeron ayer  el recuerdo de Roberto Bolaño y  de su actitud ante la vida y la escritura, el recuerdo de todos esos años en los que se dedicó,  sin tregua alguna y con  intensidad fuera de la normal, a entrelazar sueño profundo, muerte y caligrafía.

También Marguerite Duras, en  las últimas páginas de  Eso es todo,  me trajo  ayer la memoria de Bolaño:  “Ya está. Estoy muerta. Se ha terminado”.  Y poco después, tras una breve pausa: “Esta noche vamos a tomar algo muy fuerte. Un plato chino, por ejemplo. Un plato de la China destruida”. Ayer, al releer estas palabras de Duras, quise entender  que para ella  la China  destruida era  su infancia ya totalmente arrasada, devastada,   tan devastada como la vida de Bolaño.  Y poco después,  el tema de fondo de la muerte, asociado a  esa idea de tomar algo muy fuerte, me llevaron a  pensar de nuevo  en este escritor chileno desaparecido en Barcelona, este calígrafo del sueño que ha dejado a sus lectores literatura  pura  y dura, una obra de creación  seria y sin medias tintas, un plato fuerte  de la China destruida.

Todo lo que ayer leía o pensaba   –la verdad es que, como se ve,  hoy sigo igual, por eso escribo ahora sobre Bolaño-  me llevaba a relacionarlo con el escritor  desaparecido. Y así esa infancia devastada llamada China, por ejemplo,  no tardé en enlazarla con la obra de  Georges Perec, ese  autor que tanto fascinaba a Bolaño. Perec, el de las asociaciones delirantes. Perec, escritor sin infancia. Perec tal vez malogrado, en todo caso prematuramente muerto, como Bolaño. Perec, para quien escribir era arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos. Perec, que vino al mundo en 1938 y nunca estuvo en China y tenía un estilo más bien cómico, a pesar de que había nacido de una familia de judíos polacos que emigraron a Francia y  perdió a su padre en la invasión alemana de 1940  y a su madre en 1943 en un campo de concentración. “No tengo recuerdos de infancia”, escribiría más tarde el hombre que nunca estuvo en China,  pero tenía un pasado devastado. Me acuerdo de una fotografía en la que  muy especialmente asoma ese drama. Está hecha en el 24 de la rue Vilin de París, donde el escritor nació, está  hecha unos días antes de que la calle desapareciera y con ella los restos de la casa natal, en cuya fachada de ladrillos  aún podía leerse esta inscripción:  Peluquería de señoras. Su madre, treinta y cinco años antes, había sido la peluquera de aquella calle de las afueras de París,  y Perec acompañó a una amiga a fotografiar   los restos del negocio materno, poco antes de que las excavadoras hicieran su aparición y borraran del mapa la serpenteante rue Vilin y el barrio entero.

Perec, que vio  cómo desaparecía su casa natal y el borroso letrero del negocio de su madre peluquera, y unos años  después, a una edad temprana y en plena efervescencia creativa,  desapareció también él, dejando  escrita una obra que es una fuente inagotable de  sucesos misteriosos y asombrosa erudición, una obra admirable, escrita en un apretado, intensísimo (como si anduviera falto de tiempo)  periodo creativo que me recuerda la intensidad de escritura del Bolaño de los últimos  años, de ese Bolaño, que, consciente de la sombra que la Muerte había proyectado sobre él, se dedicó febrilmente, con obstinación única, a la heroica tarea de escribir, de reflejar su existencia ciega, su itinerario pertinaz de escritor de raza, de escritor consciente de que la muerte no sólo quería arrasar sus recuerdos de infancia sino  destruir la China y después  destruirlo todo. 

Supongo que no exagero si digo que, en sus últimos años, nadie era capaz de arrancar por la noche a Bolaño de su mesa de trabajo. Precisamente,  la intensidad febril del  itinerario literario de sus últimos años me trae el recuerdo de una mesa roída por la carcoma a la que Perec, con su misterioso talento para sacarle partido a todo, supo convertir en un objeto fascinante: “Fue entonces cuando se le ocurrió la idea de disolver la madera que quedaba, con lo que hizo visible aquella arborescencia fantástica, representación exacta de lo que había sido la vida del gusano en aquel fragmento de madera, superposición inmóvil, mineral, de cuantos movimientos habían constituido su existencia ciega, aquella obstinación única, aquel itinerario pertinaz: (...) imagen desnuda, visible, enormemente turbadora de aquel caminar sin fin, que había reducido la madera más dura a una red impalpable de precarias galerías”.

No me resulta difícil asociar  ese intenso y  pertinaz itinerario literario del Bolaño final  con la intensidad de escritura del Perec de sus últimos años, ese Perec al que Bolaño admiraba y conocía muy bien. Una red impalpable de precarias galerías une el segundo bloque de Los detectives salvajes con las mil y una historias de La vida instrucciones de uso del ciudadano Perec. Esas galerías se hicieron ayer totalmente visibles en mi estudio cuando, por puro azar, mientras buscaba  unos papeles, apareció entre  ellos una carta de 1997 que Bolaño me había escrito en una pausa de su lectura de un libro que yo acababa de publicar: “Conozco también esa foto: una fachada de ladrillos y una puerta hecha con cuatro tablones de madera, encima de la cual, sobre los ladrillos, está pintada la leyenda Peluquería de señoras. Por  ahora es el texto de tu libro que más me ha conmovido. Me ha hecho llorar y me ha hecho recordar al gran Perec, el novelista más grande de la segunda  mitad de este siglo”.

No recordaba para nada esa carta y  la verdad es que me conmovió  ayer  dar con ella, y me dejó pensando en ciertas ins- trucciones de uso de la vida que nos ha dejado Bolaño.  Una de esas instrucciones  me lleva a evocar a  Montaigne que, cuando era joven, creía “que la meta de la filosofía era enseñar a morir” y que, con la edad, acabó rectificando y dijo “que la verdadera meta de la filosofía es enseñar a vivir”, que es a lo que  me pare- ce que  se dedicaba Bolaño en los últimos años de su existencia. “Para Roberto”, ha escrito Rodrigo Fresán, “ser escritor no era una vocación, era un modo de ser y de vivir la vida”.

Vivía la vida de tal forma que nos enseñaba a escribir, como si estuviera diciéndonos que jamás hay que perder de vista que vivir y escribir no admite bromas, aunque uno sonría. Sonrío  de una manera infinitamente seria cuando recuerdo que en los últimos tiempos  muchos de los textos que me disponía a enviar por correo para que fueran publicados pasaban, tal vez en un exceso de celo por mi parte, por una revisión de última hora, provocada  por mis repentinas sospechas de que tal vez  Bolaño los viera y leyera. Gracias a esto, gracias a que  tenía la impresión de que Roberto lo leía todo,  pasé  a vivir en un estado de constante exigencia literaria, pues  él había colocado el listón muy alto y no deseaba decepcionarle, por ejemplo, con algún texto descuidado,  con uno de esos escritos en los que, por mil motivos distintos, uno no arde  lo suficiente o, lo que es lo mismo,  no  pone toda la carne en el asador. Eso acabó convirtiendo alguno de mis textos en historias interminables que no hacían más que crecer y crecer, sobre todo cuanto  más me acordaba de la mirada omnipresente de Bolaño: historias que se volvían infinitas y se me convertían en detectives salvajes. Y así yo llegué a presenciar, por ejemplo, cómo un texto (que, por estar destinado a una revista de tercera división, consideraba secundario)  comenzaba a crecer en distintas direcciones y se transformaba en una novela, la mejor de las mías. Y todo por la maldita altura a la que Bolaño había colocado el listón.

Si algo siempre aprecié muy especialmente de ese exigente  listón y de esa altura, ha sido que traía implícito el  listón  una lista de impresentables, de  escritores o pájaros (da lo mismo) a los que, dada la alarmante situación de la literatura,   “habría que enviar  siete años a Corea del Norte”, por ejemplo, y no concederles en todo ese tiempo ni  siquiera un permiso de fin de semana en la China destruida. Aunque esos impresentables deben hoy sentirse igual de felices o más todavía, felices con sus oportunistas y mediocres cantos literarios de siempre, es más,  aliviados algunos por la muerte de Bolaño. Juan Ramón Jiménez ya temía esa continuidad de la casta de los analfabetos y trepadores, de los impresentables, cuando decía:  “Y yo me iré/  Y  se quedarán los pájaros cantando”.

Con la  muerte de Bolaño, aparte de mi pena de amigo y de la rabia por la conversación literaria interrumpida para siempre, yo me he quedado en situación de alerta  ante uno de los problemas que este  Bolaño en la ausencia (que no en la distancia)  me plantea: cierto  pánico a que en el momento menos pensado su no presencia  pueda conducirme a  cierta relajación en la escritura,  aunque  a este problema  creo verle  un remedio:  tratar de arder (en mis escritos) como ardía él, pues no de otro modo las tinieblas podrán volverse algún día claridad. Así vivo ahora: buscando  que esa ausencia no me devuelva a un estado de menor  atención ante los peligros que acechan al escritor serio. Así vivo ahora. Consciente, por lo demás, de que debo seguir viviendo, de que debo vivir, por ejemplo, para  seguir escribiendo con exigencia alta (que es la mejor forma de poder ir señalando siempre a los impresentables) o, simplemente,  para poder decir que me  conmovió  ayer encontrar al azar la carta de Bolaño con la  confesión de que, ante la China destruida de Perec,  había llorado.

La vida no admite bromas, aunque uno sonría.  Como dice  Nazim Himket: “Has de vivir con toda seriedad, como una ardilla, por ejemplo; es decir, sin esperar nada fuera y más allá del vivir, es decir, toda tu tarea se resume en una palabra: vivir (...) Sucede, por ejemplo, que estamos muy enfermos; que hemos de soportar una difícil operación, que cabe la posibilidad de que no volvamos a levantarnos de la blanca mesa. Aunque sea imposible no sentir la tristeza de partir antes de tiempo, seguiremos riendo con el último chiste, mirando por la ventana para ver si el tiempo sigue lluvioso, esperando con impaciencia las últimas noticias de prensa”.  Es decir, estemos donde estemos, hemos de vivir. Creo que Bolaño, calígrafo del sueño, entendía esto a la perfección, pues  escribía sin esperar nada fuera, ni nada  más allá del vivir, y en esa desesperanza residía a veces la gran fuerza de su escritura, la seriedad  excepcional de muchos momentos  de su escritura  de plato fuerte de la China destruida: una escritura consciente de que ha de sentirse la tristeza de la vida, pero al mismo tiempo uno puede  amarla, amar con intensidad esa tristeza (que algunos llaman escritura y  otros lágrimas perdidas), amar al mundo en todo instante, amarle tan conscientemente que podamos decir: hemos vivido.

ENRIQUE VILA-MATAS
Barcelona, 24 de agosto 2003

LOS ESCRITORES DE ANTES
[Bolaño en Blanes 1996-1999] Qué más que / saber salir de las cuerdas.
Mario Santiago

Monterroso escribió que tarde o temprano un escritor latinoamericano enfrenta tres posibles destinos: destierro, encierro o entierro.

A Bolaño le conocí justo al final de su etapa de encierro, aunque sería más exacto llamarla de anonimato, de aislamiento, de enclaustramiento.

Le conocí un 21 de noviembre de 1996 en Blanes en el Bar Novo, un local que era una especie de «granja catalana», uno de esos centros que se caracterizaban por su decorado lechero e impoluto; lugares en realidad tan supuestamente higiénicos como horribles, sobre todo para quien, como yo en aquellos días, amaba la turbia negrura de los grandes bares nocturnos.

Había entrado en el Novo con Paula de Parma a tomar un zumo, y justo lo acababa de pedir cuando entró Roberto Bolaño. Ella, que trabajaba en un instituto de Blanes, acababa de leer Estrella distante (recién publicado por Anagrama) y recuerdo como si fuera ahora que le preguntó a Bolaño si era Bolaño. Lo era, dijo él. Y yo era Vila-Matas, añadió Bolaño.

–¡Hostia! –se oyó poco después.

La expresión provenía del propio Bolaño, y la conversación que siguió tengo la impresión de que ha durado tanto como «la larga risa de todos estos años», que diría Fogwill.

Bolaño 1

Recuerdo que con Roberto hablé siempre como si lleváramos conociéndonos toda la vida. Vivía con su mujer, Carolina López, y el hijo de ambos, Lautaro, en el 17 del Carrer del Lloro (la calle del loro) y tenía un pequeño estudio en el 21 de la misma calle. En el 19 estaba la carnicería en la que se inspiró para ese memorable poema que es «Entre las moscas»: «Poetas troyanos, / Ya nada de lo que podía ser vuestro / Existe / Ni templos ni jardines / Ni poesía / Sois libres / admirables poetas troyanos».

No tenía teléfono y su apartado de correos era el 441, allí recibía las noticias de sus premios de provincia; el último de estos llegó de San Sebastián a finales de aquel 1996 y fue para su cuento «Sensini», una obra maestra. El importe de aquel premio era una cifra en verdad muy módica, pero Carolina y Roberto, que vivían del sueldo municipal de ella, recibieron la noticia con un entusiasmo más propio del Nobel que de un premio local.

Mi no muy elocuente diario personal –construido con cierta sequedad, solo con datos, anotaciones y comentarios breves– me resulta sin embargo de inestimable ayuda cuando se trata de evocar algunos de los lugares de Blanes que más frecuentamos en los vertiginosos años que siguieron: Debra, Bacchio, bar del Puerto, bar del Casino, Kiko, El Mexicanito, hall del cine Ample, Can Flores, bar Centro, Pastelería Planells, La Gran Muralla, Terrassans, L’Antic. Nos reuníamos en nuestras respectivas casas, pero también en esos locales, que fueron escenarios de conversaciones, riñas, pasiones, destellos de creatividad, infinitas discusiones, risas, frases que huían como el humo: «Fumar con los ojos entornados y recitar bardos provenzales / en el solitario ir y venir de las fronteras / Esto puede ser la derrota pero también el mar / y las tabernas […]» (La universidad desconocida)

Bolaño 11

Sospecho, quizás a contracorriente, que residir en Blanes, pasear por un tiempo amargo de silencio, vivir en la derrota –en la adversidad, pero con el mar y las tabernas– tuvieron que sentarle perfecto a Bolaño. No, no lo digo con ironía. Estoy solo pensando en la fábula de aquel provinciano al que todo le fue bien salvo asomar la cabeza en París, porque, cuando lo hizo, la ciudad le engulló. No sugiero que fuera exactamente el caso de Bolaño, pero, cuando pienso en él, no puedo olvidarme de cierto periodo de felicidad de algunos artistas, de gloriosos días sin gloria vividos antes de haber oído hablar del mundillo literario, de las envidias, de los egos y el mercado: días en los que esos artistas fueron misteriosos y antisociales y, por mucho que deploraran moverse entre tanta desolación y tristeza, vivían y respiraban plenamente en su personal reino sagrado del arte.

El caso del aislamiento de Bolaño durante años en Blanes me recuerda a esos libros de los que nos habla Elías Canetti en La provincia del hombre, libros que tenemos a nuestro lado muchos años sin leerlos, libros de los que no nos alejamos y a los que llevamos de una ciudad a otra, de un país a otro, cuidadosamente empaquetados, aunque haya muy poco sitio, y que tal vez hojeemos en el momento de sacarlos de la maleta; sin embargo, nos guardamos muy bien de leer aunque solo sea una frase completa. Luego, al cabo de los años, llega un momento en el que, de repente, como si estuviéramos bajo la presión de un imperativo superior, no podemos hacer otra cosa que coger un libro de esos y leerlo de un tirón, de cabo a rabo; este libro actúa como una revelación. En aquel momento sabemos por qué le hemos hecho tanto caso. Tenía que estar mucho tiempo a nuestro lado; tenía que viajar; tenía que ocupar sitio; tenía que ser una carga, y ahora ha llegado a la meta de su viaje; ahora levanta su velo; ahora ilumina los años en los que ha vivido mudo a nuestro lado.

Al igual que ese libro, Bolaño seguramente no habría podido decir tantas cosas de no haber estado mudo durante todo ese tiempo.«Durante este periodo hay que suponer que se acumularía la energía formidable que se despliega a partir de 1994», apunta Ignacio Echevarría en «Bolaño extraterritorial». A la energía que se iba acumulando habría que añadir probablemente la felicidad de no ser nadie y al mismo tiempo ser alguien que escribía. A veces, el tiempo de silencio es el paraíso de los escritores.

Bolaño 3

Con Carolina, había llegado a Blanes en el verano de 1985 para trabajar en una pequeña tienda de bisutería que había instalado su madre en el Carrer Colom 28 y donde él atendía a los clientes, generalmente turistas. En los primeros meses actuó como un discreto detective y se dedicó a buscar las huellas del Pijoaparte, el personaje que Marsé situara en Blanes con una moto Ducati. «Cuando la tienda me dejaba un rato libre y como pasear cansa, entraba en los bares de Blanes a beberme una cerveza y hablaba con la gente, y así fue como no encontré la casa de Marsé pero encontré amigos», recordaría en su Pregón de Blanes.

Esos amigos eran pescadores, camareros, jóvenes drogadictos (todos sentenciados a muerte), la famosa escuela de la vida. No hay duda de que la etapa de anonimato, de aislamiento, fue dura, pero también creo que providencial, pues si bien es cierto que, por ejemplo, nadie del mundillo literario le prestaba la menor atención, también lo es que su condición de gran desconocido no hizo más que facilitarle su plena dedicación a la escritura. Es más, entiendo que en la intensidad de la rudeza de aquellos días en los que él era el gran olvidado, se fue forjando su carácter y muy especialmente su potente –a veces rencoroso en buena lógica– estilo. Suele ser duro pasar por momentos de desolación, quién negaría esto, pero también puede ocurrir que a un artista la vida aislada y áspera le reporte un aprendizaje severo pero muy estimulante y, además, útil en el momento en que deja atrás las tinieblas del desprecio o indiferencia de los otros y aparece a plena luz del día, para sorpresa de cuantos hasta entonces le habían ignorado… Aparece armado hasta los dientes, preparado para todo, curtido en el aislamiento y la felicidad de tantos años. Un samurái en Blanes. Me hace pensar en aquel aforista madrileño que escribió aquella verdad tan exacta: «El carácter se forma los domingos por la tarde».

Le conocí a Bolaño justo cuando salía de esa etapa de infinitos domingos en los que se había ido forjando su salvaje ánimo, le conocí al final de ese prodigioso año donde algunas cosas acababan justo de dar un vuelco para él y para su familia, ese año que empezó con Seix Barral publicándole La literatura nazi en América y terminó con Anagrama editándole Estrella distante.

Bolaño estaba –habría que decirlo con acento brasileño– maravillado. Nunca le había faltado el humor y ese año aún iba a faltarle menos. De aquel día en el bar Novo por encima de todo recuerdo haber tenido la sensación o el presentimiento, al poco de conversar con él, de estar ante un escritor de verdad, algo que el lector debe saber ahora mismo, sin más dilación, que no es experiencia frecuente: «La poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito»; la sensación de encontrarme ante un chileno que no parecía chileno y se asemejaba en cambio mucho a la idea romántica que en la vida real había yo perseguido durante dos décadas, la idea que tenía de lo que debía ser un escritor. No hace mucho, Gonzalo Maier citaba un ensayo de Fabián Casas en el que este, al recordar a Bolaño, hablaba de lo mucho que echaba en falta a «los escritores de antes, a todos esos tipos que, como Cortázar, fueron mucho más que simples escritores y también fueron maestros, ejemplos de vida, faros potentes en los que él y sus amigos se proyectaban».

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A mí Cortázar nunca me pareció un faro, pero entiendo de lo que habla Casas. De hecho, ahora no creo engañarme si digo que, aquel día en el Novo, lo que no tardé nada en ver o en reconocer en Bolaño fue a un ermitaño lunático o, mejor dicho, a «un escritor de antes», esa clase de personajes que consideraba ya inencontrables porque creía que pertenecían a un mundo que había entrevisto en mi juventud pero que se había ya perdido para siempre; ese tipo de escritor que jamás olvida que la literatura, por encima de todo, es un oficio peligroso; alguien que no solo es valiente y no pacta ni un ápice con la vulgaridad reinante, sino que muestra una contundente autenticidad y que une vida y literatura con una naturalidad absoluta; un increíble superviviente de una especie en extinción; ese tipo de escritor sorprendente que pertenece con orgullo a una casta de gente zumbada, obsesiva, maníaca, trastornada en el buen sentido de la palabra: tipos obstinados, muy obstinados, que saben ya que todo es falso y que, además, todo absolutamente todo acabó (creo que cuando uno está en situación de medir las dimensiones de lo falso y del final de todo, entonces, solo entonces, la obstinación puede ayudarle, puede empujarle a dar vueltas en torno a su celda para así intentar no perderse el único y mínimo instante –porque ese instante existe– que puede salvarle); tipos en verdad más desesperados que la famosa revolución, lo que en cierta forma les convierte en herederos indirectos de los misántropos desahuciados de antaño.

Esos desahuciados vivieron en los tiempos en que los escritores eran como dioses, vivían en las montañas cual ermitaños desesperados o aristócratas lunáticos; escribían en esos días con la única finalidad de comunicarse con los muertos y no habían oído hablar nunca del mercado, eran misteriosos y solitarios y respiraban en el reino sagrado de la literatura. Seguramente, los «escritores de antes» son herederos de los enigmáticos y misántropos ermitaños desesperados de antaño; son como los más oscuros tipos duros del callejón más difícil y por supuesto –lo diré para poder incluir aquí una nota de humor, acorde con la larga risa de todos estos años– nada tienen que ver, por ejemplo, con los grises escritores competentes que en su momento tanto proliferaron en la llamada «nueva narrativa española»; los «escritores de antes» van en busca de un modo muy personal de expresarse, no ignorando que en ese modo puede haber todavía –después del fin de la vieja gran prosa y después de la muerte casi ya definitiva de la literatura– un camino, quizás el último camino a recorrer. ¿O no? ¿O no hay ya ninguno? ¿Usted piensa que ya no hay ninguno? En ese caso, le recuerdo una línea –solo es una línea pero qué línea– del cuento «Llamadas telefónicas»:

«B también piensa que el callejón no tiene salida».

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Conocer a Bolaño –añado aquí el dato de que en 1996, literariamente hablando, llevaba ya varios años yo desorientado– fue como volver atrás y recordar que vida y literatura, por mucho que lo fueran desmintiendo con sonrisitas los grises escritores competentes, podían perfectamente caminar juntas, tal como había intuido yo una vez, en los años en que empezara a escribir, es decir que no era pecado ni error alguno mezclar vida y literatura y encima era algo que se podía ensamblar con una naturalidad asombrosa.

Me encontraba y paseaba con Bolaño algunas tardes junto al mar y a veces me preguntaba si no sería que aquel amigo llevaba de verdad la literatura en la sangre. Todavía hoy, su más famosa declaración de principios me ayuda a poder seguir con salvaje ánimo hacia adelante: «La literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura».

Esta rocosa pero también conmovedora declaración no la habría podido hacer nunca un escritor sin una idea muy fiera, muy pasional de la literatura. Era una idea que, como un día dijo Rodrigo Fresán, contagiaba, casi instantáneamente, una cierta teoría romántica de la actividad poética y de su práctica como utopía realizable… De hecho, estar con Bolaño en la terraza de un bar frente al mar era como estar con un «escritor de antes», con un poeta, y vivir en esa utopía viable.

Bolaño y Fresán

Miro, leo, repaso mi diario personal. Ayer me di cuenta de lo bueno que fue en esos días registrar tantos detalles ínfimos, tantas cosas que habría olvidado de no ser porque desde 1985 las fui anotando. Al buscar qué escribí acerca del 21 de noviembre de 1996, me encontré con este escueto pero en el fondo muy expresivo –por contundente– apunte:

«Bolaño».

Vi también, al repasar mis notas, que, cuatro días después del encuentro en el Novo, el 25 de noviembre, había ido yo en Barcelona al hotel Condes de Barcelona, a la rueda de prensa de presentación de Estrella distante. Me sorprendió este dato porque no recordaba tan cercanas las escenas del Novo del día 21 con esa rueda de prensa del 25. De aquella reunión periodística recuerdo, entre otras cosas, que mientras Herralde presentaba a su nuevo autor, yo no podía separar la vista de la cita de Faulkner que abría aquella nouvelle de Bolaño:

« ¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?»

Estábamos al final de aquel 1996 en el que Bolaño había sido por fin visto, mirado, detectado. Y aquella cita ofrecía, entre otras, la posibilidad de ser leída en esa dirección. Le miraba yo a Bolaño y, en una especie de juego silencioso, me dedicaba a confirmar una y otra vez que no tenía nada del siniestro aviador de Estrella distante, de ese tipo del que el narrador de la nouvelle decía que parecía un hombre muy duro, como solo pueden serlo –y solo pasados los cuarenta– algunos latinoamericanos. Y añadía: «Una dureza tan diferente de la de los europeos o norteamericanos. Una dureza triste e irremediable».

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La posible dureza de Bolaño, aquel día de la rueda de prensa, tenía bien poco de triste y en realidad ofrecía un ángulo que parecía de cierta posible alegría. Quizás fuera porque todo empezaba a ser nuevo para él, quizás porque todo se había vuelto de golpe más divertido y peligroso que antes y la máquina del anonimato, con toda la energía acumulada a lo largo de los días lunáticos, se ponía de pronto en movimiento, el caso es que parecía haber una templada euforia allí: «¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura es básicamente un oficio peligroso».

Hacia el minuto cuarenta, cuando todo por fin se hubo relajado ya en el ambiente, él se dejó llevar por una pregunta sobre la realidad modesta de Chile y de pronto empezó a soltar un largo monólogo, absolutamente fascinante, fuera del tiempo y del lugar, un monólogo sobre la disciplina, la marcialidad británica del ejército chileno. Creo que Bolaño, a partir de aquel minuto cuarenta, paró el tiempo. Recuerdo que en un momento determinado cerré los ojos y fue extraño, sentí entonces que era como si sus palabras fueran marciales de verdad y pesaran doble. Hoy no descarto que la implacable máquina del anonimato que había ido forjándose en Blanes en el tiempo de silencio estuviera cargando doblemente cada una de esas palabras.

Recuerdo que, a medida que hablaba y hablaba, se iba notando una barbaridad que era un escritor sin los tics de los narradores profesionales. Esto se notó especialmente en los eternos minutos finales de la rueda de prensa, cuando hubo por su parte una repentina generosidad narrativa sin límites, un verdadero derroche de pasión por lo que allí se relataba. Los periodistas parecían pescadores hipnotizados en cualquier mesa de un bar de Blanes y, por un momento allí en el Condes de Barcelona, fue como si él se hubiera lanzado a escribir una nueva novela, esta vez a escribirla directamente en la vida, una novela que parecía estar brotando directamente de las últimas páginas de Estrella distante. De hecho –aunque entonces yo aún no lo sabía–, estaba sucediendo lo mismo que había ocurrido con Estrella distante, que había surgido de las páginas finales de La literatura nazi en América

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En Bolaño siempre fue así, de un libro surgía otro, todo estaba de algún modo conectado. De hecho, Estrella distante surgió en el preciso instante en que Herralde, en su despacho de Anagrama, le preguntó a Bolaño si tenía alguna novela inédita, algo recién escrito que pudiera publicarle. No existía esa novela, pero Bolaño dijo lo contrario y en tres semanas –tiempo récord– la escribió tomando prestado –para ganar tiempo, pero también porque su obra siempre avanzó a través de esos despliegues de una novela a otra– un considerable número de palabras de La literatura nazi en América. Entre el final de esta («Cuídate, Bolaño, dijo finalmente y se marchó») y el de Estrella distante («Cuídese, mi amigo, dijo finalmente y se marchó») creo que siempre preferiré ese «Cuídate, Bolaño». Pero, por supuesto, esto es anecdótico. Mucho menos lo es que, en los días que siguieron a la entrega de aquel manuscrito a Anagrama, atravesó Bolaño por momentos difíciles y, al mismo tiempo, alegres (se sentía contento por aquel posible golpe de suerte que parecía haber tenido) en los que cierto temor se mezclaba con una risa floja de nerviosismo, como si le diera miedo pero también le hiciera gracia que en la editorial descubrieran que en una parte del texto él se había copiado a sí mismo.

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Todo en su etapa a partir de Estrella distante se fue rigiendo por las pautas de la intensidad y del tiempo récord. Tanto es así que a veces le imagino protagonizando Sobre el paso de algunas personas a través de una corta unidad de tiempo, el cortometraje de Guy Debord.

«Para Paula, con el cariño y la admiración, de su amigo en tiempo récord. Roberto. Blanes, marzo 97», escribió en un ejemplar de La senda de los elefantes, el libropublicado en el 94 por el ayuntamiento de Toledo. De la contraportada de aquel ejemplar me llama la atención que fue escrita en realidad solo muy poco tiempo antes de que le llegara un importante vuelco en su vida de escritor, pero la contraportada no solo no era nada capaz de presagiarlo, sino que desanimaba a cualquiera, porque el currículum que exhibía no podía ser más disuasorio, era de décima fila contando desde la penúltima ristra del infierno: «Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile en 1953 Ha ejercido la crítica literaria y la traducción. Dirigió la revista Berthe Trepat. Poemas suyos aparecen en varias antologías de poesía chilena actual. Ha publicado tres libros de poesía: Reinventar el amor. Taller Martín Pescador, México D.F, 1976. Muchachos Desnudos bajo el Arcoíris de Fuego  Ed. Extemporáneos, México D.F. 1979 […]».

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A partir de finales del 96, muchos de los movimientos de Bolaño parecían tener incorporado el sello del tiempo récord y ser adictos al vértigo. Vuelvo a mi diario personal y encuentro ahí anotados mis viajes de 1997 y 1998 a Blanes, viajes al principio para reunirme con Paula, y después, cuando ella dejó de trabajar en el instituto del pueblo pero mantuvo su casa con terraza frente al mar, viajes para encontrarnos Paula y yo con Carolina y Roberto y cenar, durante un largo periodo de extraña fijación en un horrible restaurante chino que nos encantaba. Con el transcurso de los meses, fue convirtiéndose ya en un rito ir a pasar el día o el fin de semana a Blanes y acabar yendo a buscar a Lautaro a la salida de la escuela, o prepararse para recibir al gran amigo de la familia, A. G. Porta, con el que terminábamos perdiéndonos en las más complicadas metafísicas, al caer la noche en el bar del puerto. Jordi Llovet, Pons Puigdevall, Gonzalo Herralde y Luisa Casas, Javier Cercas y familia, Joan de Sagarra y María Jesús de Elda, Carles Vilches, Gina y Peter, entre otros, pasaron por Blanes en los primeros meses del 97 y mi diario, por supuesto, lo registró. Movimientos, fiestas, nombres, hechos, todo fue anotado, incluso aquella frase tan ridícula de Vilém Vok una tarde en el Casino, cuando dijo que Bolaño había caído en brazos del fantasma de la Humanidad…

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¿Qué quiso decir? Oh, bueno, ya poco importa. Quizás llevaba razón. Después de todo, la Humanidad en aquellos días viajaba en el tren de Blanes.

Un 22 de julio de 1997 en Girona, Javier Cercas, en la Llibrería 22, presentaba Estrella distante y, tras la cena, hubo una larga fiesta, diría que existencial –casi al estilo de una película de Antonioni–, en la casa de Pepa Balsach y Ángel Jové. Y como colofón de la reunión un regreso en coche a Blanes muy movido y turbador.

El 29 de septiembre Roberto y Carolina bajaron a Barcelona y estuvieron en el apartamento del 80 de la Travesía del Mal, donde dieron un vistazo al conjunto de cartas diarias que desde hacía dos años, cada tarde sin falta, me enviaba una desconocida, cuyo estilo había terminado por convertírseme en familiar: operaba siempre igual, porque iniciaba el discurso con una prosa tranquilizadora, serena, y luego perdía el control de las palabras y, haciendo estallar la insulsa normalidad de lo educado, entraba en un caos narrativo que atentaba contra la corrección inicial (esa estructura, por cierto, me recuerda a la de Libro, formidable novela de José Luis Peixoto). Bolaño escogió al azar una de esas cartas y la leyó en voz alta y de pronto proclamó, ante el asombro de todos, que era una carta muy bien escrita. Lo mejor de aquella proclama fueron las razones que encontró para justificarla, razones hasta convincentes que evidenciaron que, como lector, sabía hallar en cualquier texto, por extravagante que este pudiera parecer, un mínimo aliciente, un aspecto remarcable del mismo.

Una hora después, íbamos de nuestro apartamento al pasaje que hay al lado de la librería La Central, donde una entonces jovencísima y desconocida Alicia Framis, a la sazón en Ámsterdam y por tanto ajena al alboroto que íbamos a crear en torno a su obra –vecina en otro tiempo de la Travesía del Mal, la única artista que yo conocía en aquella pavorosa avenida–, exponía en el sótano de una sala de arte que no visitaba nadie un tablón gigante que había titulado, en homenaje a uno de mis libros, Una casa para siempre. El tablón estaba cargado de rayas horizontales blancas y negras, y en las negras había inscritas un sinfín de palabras.

Estuvimos un buen rato en aquel sótano porque Roberto dijo estar maravillado ante lo que estaba viendo. Sin duda, veía más que nosotros. «Es buenísimo», recuerdo que repitió varias veces, y logró que acabara también viendo aquella «casa para siempre» con otros ojos y comenzara a imaginar tantas cosas por las cuales aquello era genial que ahora hasta me sobrarían los motivos si quisiera ponerme a ratificarlo.

El 18 de diciembre, en Happy Books, hubo la rueda de prensa de Llamadas telefónicas, y por la noche Echevarría presentó el libro en la sede del ICCI. Recuerdos confusos. No así del libro. Entre los relatos, «Joanna Silvestri», dedicado a Paula, y el cuento «Enrique Martín», dedicado a mí, quizás por llamarme Enrique como el protagonista, aunque no creo parecerme en nada a ese poeta admirador de Miguel Hernández y León Felipe. «Sensini», sin duda el mejor relato del libro, no estaba dedicado a nadie, aunque era obvio que era el relato más dedicado de todos, pues estaba pensado para el gran Antonio Di Benedetto, participante como una sombra en España, en su solitaria etapa final, en concursos literarios de provincias.

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El cuento «Enrique Martín» no es de los mejores, pero el conjunto del libro es potente y presenta, entre otras cosas, un interesante y complejo análisis –creo que en diálogo con Los detectives salvajes, que estaban por llegar– de la tensión que vive cualquier escritor contemporáneo entre mercado, consagración y resistencia. Como señalan Andrea Cobas y Verónica Garibotto en su ensayo Un epitafio en el desierto, Bolaño vino a comentar en ese libro las tres escuetas posibilidades rancias que se abrían para cualquier escritor contemporáneo: acoplarse a las reglas del mercado (esa multitud de grises escritores competentes); sustraerse por completo y continuar una labor subterránea y desconocida, como la de Enrique Martín; o, como hacen Sensini o el propio narrador de ese cuento, o el Belano del relato «Enrique Martín», entrar en la industria editorial, pero sin aceptar del todo sus reglas, flirteando con ella y quebrando alguno de sus códigos (el Belano de Los detectives salvajes que se burla de tantos figurones madrileños y de la Feria del Libro, por ejemplo).

Hemos hablado de tres salidas, de tres escuetas posibilidades que se abrían / que se abren para cualquier escritor contemporáneo. Pero en «Llamadas telefónicas», relato que daba título al libro, surgía, dejándola caer distraídamente, una cuarta vía y temible verdad:

«B también piensa que el callejón no tiene salida».

¿La tuvo antes de 1996? Dos años después, ya no tenía salida alguna, eso casi podría jurarlo. A veces pienso que toda la obra principal de Bolaño, escrita en tiempo récord hasta su muerte en 2003, se desarrolla de lleno en el callejón más difícil, aquel del que hablé ya antes: pasaje oscuro y mortal, sin luz del paraíso ni escapatoria alguna para quien ha percibido con susto que, tras poner a punto su máquina del anonimato, su deseo se ha realizado, pero es mortal de necesidad: su estrella ha sido vista, captada por los cuervos del nuevo territorio en el que se ha adentrado.

Antes de 1996 no había callejón, ni problemas de salida. Fuera de los ásperos muros de ladrillo cubiertos de sombras, con la serenidad que entró en su vida por la estabilidad que le dio la relación con Carolina, pudo vivir libre como si lo hiciera en los tiempos en que los escritores eran como dioses y escribían con la única finalidad de comunicarse con los muertos y no habían oído hablar nunca del mercado, eran misteriosos y solitarios, se perdían en atmosferas de perdición, humor y poesía.

A principios de febrero del 98 se entera, tardíamente, de la muerte en México de Mario Santiago, acaecida el 10 de enero. Juan Villoro escribió «Un poeta», su necrológica en La Jornada, pero a Blanes la noticia llegó tarde y cuando lo hizo, llegó plana, sin más información que la muerte y dejó hundido como nunca a Bolaño, que el verano anterior había escrito a su amigo contándole que se llamaba Ulises Lima en la novela que escribía, Los detectives salvajes.

Bolaño 13

Mario Santiago dejó un último poema (se puede leer en una pared de la pulquería La hija de los Apaches, de la colonia Romita, de ciudad de México), unos versos que, según cómo los queramos leer, parecen comentar el final de Estrella distante («Cuídese, mi amigo, dijo finalmente y se marchó») y también, de forma estremecedora, la propia muerte del poeta, la muerte de Mario, su muerte súbita de fatal atropellado: «Qué más que / saber salir de las cuerdas / & fajarse la madre en el centro del ring / La vida es 1 madriza sorda / Alucine de Efe Zeta / Película de Juan Orol / Mejor largarse así / Sin decir semen va o enchílame la otra / Garabateando la posición del feto / Pero ahora sí / definitivamente / & al revés».

«Mario era un poeta poeta», dijo Bolaño a finales de aquel año en una entrevista sobre Los detectives salvajes. Seguramente, en su condición de bardo indiscutible con una muy probable jeta de santo, era el poeta al que se refería Bolaño cuando en las primeras líneas de «Enrique Martín» hablaba de alguien que lo podía soportar todo. Mario Santiago fue un poeta poeta que aprendió a tiempo que había que saber salir de las cuerdas. Esa es la cuestión, es decir, de eso se trata, that is the question: no hay salida en el callejón, lo que no impide que no sea importante saber salir de las cuerdas.

«Un poeta lo puede soportar todo, lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo, pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Soportar de verdad. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo. Con esta convicción crecimos. El primer enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte».

«Llamo clásicos a los que aún no hacían de la literatura un oficio» (Jules Renard, Diario). La ruina, la locura y la muerte y la gran estafa que es toda juventud se hallan en el centro de Los detectives salvajes, eso ya es sabido, pero menos lo es que la estructura central del libro tomó como modelo Las puertas del paraíso, la obra de un escritor polaco hoy bastante olvidado, Jerzy Andrzejewski, y también La cruzada de los niños, de Marcel Schwob (ya adoptada años antes por Faulkner para Luz de agosto). Estos dos libros y Luz de agosto eran casi biblias para Bolaño, recuerdo la conversación alrededor de Andrzejewski en el Terrassans, una tarde de marzo del 98, días antes de que yo cumpliera cincuenta años y lo celebráramos en el restaurante Massana de Barcelona y él viera frustrada su intención de leer unas líneas humorísticas que había escrito para la ocasión: «Antes de que despunte el alba pido un poco de silencio para tomar la palabra […] Mi amigo Enrique hoy cumple diecisiete y ya está. Que diecisiete en literatura resultan una barbaridad…”

De todo lo que hablamos aquel día en el Terrassans lo más interesante giró alrededor de lo que podríamos llamar el «factor escapatoria del laberinto», esas tres salidas o escuetas posibilidades que vieron con tanta intuición Andrea Cobas y Verónica Garibotto; las únicas posibilidades que se abren para cualquier escritor contemporáneo; ninguno que sea mínimamente honesto puede dejar de preguntarse por qué opción se decanta y si alguna de ellas es lo suficientemente satisfactoria o en realidad el callejón, tal como alguna vez ya intuimos, no tiene salida.

Distant Star (Bolaño 20)

En agosto de aquel 1998, me dio, como el «escritor de antes» que era, los consejos vitales, casi alucinantes, para solucionar un problema en el que me había encallado en la redacción de mi nueva novela, El viaje vertical. En ella yo creía que no sucedía nada, y así se lo dije. Pero él vio lo contrario. Crees que no pasa nada, dijo extrañado, pero ahí pasan muchísimas cosas, pero es que muchísimas. Se repitió la escena del sótano en el que Alicia Framis exponía Una casa para siempre. Es buenísimo lo que sucede ahí, me dijo lleno de entusiasmo sobre mi viaje portugués vertical, y en la vida jamás alguien me había animado tanto. Momento inolvidable aquel, porque me pareció haber averiguado de golpe en qué podía consistir exactamente saber escapar de una situación que nos tiene atrapados.

El 2 de noviembre recibía el premio Herralde por su sorprendente –por el tiempo récord en el que parecía haber sido escrita– Los detectives salvajes, novela que, de todos modos, no surgió de la nada, como algunos pensaron, sino de la implacable máquina del anonimato: Bolaño utilizó el amplísimo material acumulado en los años en los que se hizo fuerte en el silencio.

Bolaño 14

El 6 de diciembre, por la mañana, cambió de casa en Blanes y se instaló con Carolina y Lautaro en el 13 del Carrer Ample, en el segundo primera. Y el 16 de diciembre se presentó en Barcelona Los detectives salvajes. Habló primero Jorge Edwards y después llegó mi turno y leí mi texto «Bolaño en la distancia», que incluyó una serie de breves movimientos teatrales, a través de los cuales me acercaba y me alejaba indistintamente de Bolaño mientras leía. Texto intuitivo y premonitorio porque predijo los compases por los que se iba a regir a partir de entonces nuestra relación. De entre los asistentes recuerdo a Carolina, Herralde y Lali Gubern, Gina y Peter, Carles Vilches, Menene Gras, Paula de Parma, Ignacio Martínez de Pisón, Javier Cercas. A Edwards se le ocurrió decir que la novela era buena, muy buena, aunque tenía que confesar que no la había acabado, y recibió una bronca fenomenal –diría que histórica– del autor. Esa bronca aún resuena en mis oídos y, cuando lo hace, imagino que Proust, Joyce, Schwob y Andrzejewski se añaden a ella, como si los enojados también fueran ellos.

Bolaño 9

¿Qué hacer? Lo que más resuena en mí de aquella época es esta pregunta que sigue de actualidad, ya comentada de largo con Roberto, la tarde aquella en la terraza del Terrassans. «Una vez dentro, hasta el cuello», decía Céline. Y así es: hasta el cuello. Y uno puede observar que las puertas de salida –integrarse; ser un escritor subterráneo; entrar en la industria y subvertir sus reglas– van perdiendo peligrosamente atractivo y amplitud. Parecían generosas aperturas al exterior, pero van dejando de parecerlo. El callejón no tiene ninguna ventana al exterior, pero aún así habrá que saber salir de las cuerdas. Cualquier poeta poeta acaba pasando mucho tiempo en la oscura calleja, viva máquina del sigiloso anonimato donde las haya. Allí te atracan, te chulean, te persiguen, te piden fuego, te estafan, te la maman, te meten miedo, te disparan. No hay nada fuera del callejón, solo el recuerdo de los días felices, de los días en que uno acumulaba energía («aún sigo mudo –escribió un joven Nabokov– y me hago fuerte en el silencio; las remotas crestas de futuras obras, entre las sombras de mi alma, están aún escondidas como cimas de montañas en la niebla antes del alba») con la idea de poder por fin, una noche, llegar a tomar la palabra, la palabra tantas veces aplazada, y poder decir que uno…, uno, bueno, poder decir que uno siempre fue Jack el Destripador. Sí, por ahí se empieza. Y por ahí precisamente se acaba.

No hace mucho, en el festival de Paraty, Brasil, di una conferencia radical sobre el estado de la literatura en el mundo actual. La titulé «Música para malogrados», y en ella, entre otras cosas, dije que en realidad, en lo que se refería a la literatura, ya todo acabó, aunque quizás esto por suerte también se pudiera matizar, pero era innegable, dije, que la prosa se había convertido en un producto más del mercado: algo que es interesante, distinguido, esforzado, respetado, pero irremediablemente insignificante… Quedaba preguntarse, dije, si los escritores no deberían ser únicamente leídos en lugar de ser vistos, porque yo siempre había pensado que en el preciso instante en que los escritores empezaron a ser vistos, se malogró todo.

Al día siguiente, la prensa brasileña dijo que había cuestionado el propio festival de Paraty, donde tantos escritores iban a ser vistos, incluido yo. Me pareció que no había sido comprendido, o quizás lo contrario, había sido peligrosa y enormemente muy comprendido y la venganza del despacho oval ya se había puesto en marcha. Por la noche, me pregunte para qué, para qué todo aquello, para qué aquella conferencia radical que se planteaba las posibles salidas que tiene un escritor contemporáneo que quiera ser libre. ¿Había conseguido algo con mi alegato? Solo había causado estupor entre un nutrido grupo de señoras brasileñas y, para colmo, todo seguía igual y yo hasta había dado la impresión –algo que no buscaba en absoluto– de ser un tipo que se complicaba innecesariamente la vida.

Pintura encontrada en un bar de Dublín que recuerda a la portada de Detectives salvajes (Bolaño 21)

En el hotel, a la hora de la cena, vi a los escritores ingleses y norteamericanos, todos tan viajeros y famosos –Franzen, McEwan, Kureishi– y me di cuenta de que todo para ellos era mucho más sencillo, se dedicaban a narrar y no perdían el tiempo en posiciones sediciosas inútiles, viejas polémicas marxistas y toda la demás jerga revolucionaria de antaño. Y, para colmo, eran ricos, famosos y felices.

Cuando le comenté esto a un periodista brasileño, este me sorprendió al decirme que estaba equivocado. No creas que vayan por ahí las cosas, dijo, esta mañana hablé con McEwan y resulta que lo pasa mal, me ha dicho que a veces es infeliz porque añora los años en que nadie le conocía y podía escribir tranquilo.

Me quedé, por un momento, quieto. Sonreí. Me pareció que allí en Paraty acababa de dar un paso más para un día, con el ritmo más airoso posible, saber salir de las cuerdas. Y entonces fue cuando de una forma irremediable me acordé de Bolaño y no pude más que envidiarle al imaginarle por fin libre ya de tanta porquería, poeta ya para siempre, lejos de las moscas de la vieja carnicería de Blanes. Ni templos ni jardines. Ni mafias ni callejones. Libre ya, como un admirable poeta troyano.

* texto publicado por V-M en el catálogo del Archivo Bolaño 1977-2003


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Nell Dorr


Nell Dorr

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Nell Dorr
¿QUÉ FAULKNER CAE SIN QUE NADIE LO MIRE?

El sábado, mi suegro cumplió cien años. Viajé a Palma de Mallorca a la fiesta en su honor, donde por la noche las sombras del baile oscilaron entre El Gatopardo y Bearn. Y en medio del bullicio un amigo me recordó que en la novela que publiqué el año pasado la única cita que el narrador daba por verdadera era una que Roberto Bolaño, en el epígrafe de Estrella distante, había atribuido a William Faulkner: “¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?”

La cita, dijo el amigo, encajaba en la fiesta en honor de la buena estrella de José María, mi suegro, y hasta abría el juego para una pregunta: ¿Había personas que cumplían cien años sin que nadie las mirara?

En mi novela el narrador decía que nadie había sabido localizar aquella frase en la obra de Faulkner, de modo que la cita podría ser inventada, aunque todo indicaba que era de Faulkner, porque Bolaño no solía inventarlas, y menos aún si eran para un epígrafe. Y recordé que Javier Avilés, comentando aquel enigma, había dicho que, analizada toda la narrativa de Faulkner y algunos de sus ensayos y alocuciones la única referencia a las estrellas aparecía en La paga de los soldados, su primera novela: “Y las estrellas eran unicornios dorados pastando en silencio sobre praderas azules a las que horadaban con sus cascos agudos y centelleantes como el hielo”. Por tanto, decía Avilés, la frase de aquel epígrafe de Bolaño, tenía que estar en algún poema de Faulkner.

Y no se equivocó. No hace mucho, Margaret Jull Costa, que traducía mi novela al inglés, me escribió un correo para decirme que con Sophie Hughes habían encontrado la cita en The Marble Faun and A Green Bough, de Faulkner: “what star is there that falls, with none to watch it?”

Podemos modificar la frase de tu novela, sugería Margaret, y traducirla así: “As far as I know, no one has yet been able to locate this line in Faulkner's work...” ("Hasta donde yo sé, nadie ha sido capaz de localizar esta línea en la obra de Faulkner…”). De ese modo, venía a decir Margaret, el error recaería sobre el narrador, por saber menos que ellas y que yo sobre ese verso de Faulkner.

Queda por averiguar en qué traducción española encontró Bolaño la cita. Tras las debidas indagaciones, me inclino por creer que pudo encontrar el verso en una edición bilingüe de 1997, Si yo amaneciera otra vez: doce poemas de Faulkner, pertenecientes a A Green Bough, traducidos por Javier Marías, acompañados de un recorrido por el Mississippi de la mano de Rodríguez Rivero. Se da la circunstancia de que Margaret Jull Costa es la traductora de gran parte de la obra de Marías al inglés, por lo que quizás ahí se cierre un círculo, aunque para que se abran otros. Sin ir más lejos, hace un momento y por pura casualidad, me he cruzado con unos conocidos versos de John Donne entre los que se encontraba éste: “¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?”. Juraría que Faulkner dialogó con ese poema de Donne cuando escribió el verso que luego Bolaño citaría para abrir su deslumbrante Estrella distante.

Café Perec, El País, 17/04/2018

Nell Dorr     Nell Dorr
350 aniversario del Gran Incendio de Londres. Foto Reuters


Fetter Lane


New Blazing World


Siri Hustvedt


2666


Desierto de Sonora

NOVELAS QUE ARDEN

El Gran Incendio de 1666 de Londres comenzó a perder fuerza aquí, donde ahora me encuentro, en Fetter Lane, que, a lo largo de casi toda su existencia, ha sido territorio fronterizo. Discurre esta calle desde Fleet Street hasta Holborn y la ruta antigua la ocupan actualmente una multitud de oficinas, en una de las cuales, por un equívoco del que prefiero olvidarme, he pasado toda la mañana obstinado en averiguar en qué casa del Londres de 1666 sorprendió el Gran Incendio a Margaret Cavendish. Descubierta la imposibilidad de saberlo, he confirmado al menos que sólo unas semanas antes de que la ciudad ardiera fue cuando Cavendish publicó New Blazing World, audaz novela de carácter altamente profético y que sólo hace dos años fue por fin traducida entre nosotros, titulándola El mundo resplandeciente, aunque no habría estado mal llamarla Ardiente mundo nuevo.

El caso es que New Blazing World fue una de las primeras novelas de ciencia ficción de su época (como más inmediato precedente tiene El otro mundo, de Cyrano de Bergerac, 1657) y quizás la primera utopía firmada por una mujer en toda Europa. Un libro que, al contar la historia de un viaje a un mundo oculto en el interior de la Tierra al que se accedía desde el Polo Norte, abrió, entre muchos otros, el camino al Verne de Viaje al centro de la Tierra (1864) y ya muy recientemente a Siri Hustvedt y su novela The Blazing World  (2014).

Teniendo en cuenta que se reivindica a tantas escritoras –algo bien pertinente, pero que conlleva excesos cuando no se distingue entre las de gran talento y las mediocres– resulta chocante ver que no se ha prestado la merecida atención a Margaret Cavendish, genial aristócrata que buscó superar, con abrasante coraje para su época, las barreras sexistas en los restrictivos ambientes científicos y culturales de aquel Londres que acabó ardiendo.

Se está bien aquí en Fetter Lane, la oscura y angosta calle en la que el Gran Incendio comenzó a perder fuerza y en la que en este insólito mediodía tan soleado uno puede viajar sin freno hasta 2666, el enigmático título de la novela última de Roberto Bolaño, título que contiene una obvia referencia a la cifra del Mal, al 666, pero que podría también estar indicándonos que en un ardiente mundo nuevo podría tener sitio ese “libro que es un puente en llamas” (citado por Bolaño en Putas asesinas) entre Archimboldi y la ciudad de Santa Teresa. ¿No será que acertó de pleno el ensayista parisino Emmanuel Bouju cuando dijo que, dado el contagio devastador e impune de los asesinatos de mujeres en el oasis del desierto mexicano, 2666 podría haberse titulado El gran incendio del desierto de Sonora? Desde luego ese título nos habría devuelto al Gran Incendio de Londres que en cierta ocasión le permitió a Jacques Roubaud hacer su autorretrato de escritor a partir de un modelo (histórico y estético) preciso, ubicado, justamente, en 1666; un autorretrato, todo sea dicho, extraordinario y que, como la novela 2666, no deja nunca de recordarnos que sólo el gran arte nos fortalece sin consolarnos.


[Café Perec, El País, 5/3/2019]


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