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ARTÍCULO RECOMENDADO EN NOVIEMBRE DE 2021
Joan de Sagarra, diez céntimos de soledad *
por
Carlos Mármol

Uno de los privilegios del ensayo, escribe Joan de Sagarra citando a Joan Fuster, inventor del valencianismo militante, es la insolencia. “Un mínim de insolència”. Otro tanto puede –y debe– decirse del articulista atorrante, que es ese señor que, a falta de espacio disponible, y debido a la ausencia de dotes, motivación y tiempo, en lugar de dedicar un libro a un tema importante opta por derramarse en las infinitas variaciones –todas ellas fragmentarias, igual que una fuga musical– que tolera el arte de la columna de periódico. Sagarra (París, 1938) es uno de los indudables maestros del género en la prensa de Barcelona. 

Todavía en activo –su última crónica en La Vanguardia tiene fecha de la pasada semana–, aunque practicando ya ese gesto (tan coqueto) de anunciar un retiro que por fortuna no se consuma nunca, el decano de los críticos teatrales, perpetuo escritor de breverías y autor para mayorías influyentes, según dicten las necesidades de la cabecera que en cada momento lo acoja, hijo declarado del ilustre Josep María de Sagarra, poeta fecundísimo y alguien capaz de dedicar más de un centenar largo de páginas a establecer su (supuesto) linaje aristocrático, ha cultivado con ahínco y a su manera este oficio sine nobilitate que además de permitirle conocer a mucha gente (para criticarla), disfrutar de la cultura, practicar el arte de la nostalgia –¡ah, la grandeur!– y ejercer los vicios hedonistas de un discreto bon vivant, logra retratar a partir de la fugacidad del instante la memoria de una Barcelona que ya no existe pero que permanece –eternizada– en las páginas volanderas de la prosa mercenaria. 

Como tantos otros cronistas de la vieja escuela –que parece novísima, dada la honda decadencia de la profesión–, Sagarra no cuenta casi con libros propios publicados. Toda su literatura es escritura hecha en –por y para– los diarios de papel, esos antiguos animales mitológicos. Una crónica apresurada, pero exacta, de un momento de la historia difuminado por el curso del tiempo. Desde La horma de mi sombrero (Alfaguara, 1997), su última colección de textos con forma de libro, Sagarra no ha estado presente en los anaqueles de las librerías. Veintiséis años antes, en un debut más azaroso que egregio, se estrenaba como autor canónico con una colección de artículos –Las rumbas (Kairós, 1971)– que vino al mundo a modo de compensación por un libro de entrevistas, encargado y pagado por adelantado por el editor Salvador Pániker, que nunca llegó a culminarse.

Aquellas columnas, publicadas en el diario Tele/eXpres, el primer periódico privado que se editó en Barcelona tras la Guerra Civil, más o menos en la época en la que lo dirigió Manuel Ibáñez Escofet, causaron sensación (que era el tono que perseguía el periódico, propiedad el industrial y financiero Jaime Castell Lastortras) precisamente por su proverbial insolencia. En ellas Sagarra, que venía de escribir en El Correo Catalán y en El Noticiero Universal, antes de pasar por la redacción catalana de El País y recalar en el diario de la familia Godó, donde todavía publica sabatinas, retrataba, con las únicas herramientas de los mejores escritores de periódicos, que son el ethos y la retórica que no se nota, la Barcelona del tardofranquismo prematuro, donde se incubaba una modernidad breve y relativa y se forjó la eterna épica de la juventud que, como suele suceder, terminó convertida en un desengaño agradable únicamente para algunos de sus protagonistas: “We few, we happy few”.

Todos evocan algunos de los símbolos del universo Sagarra junior –los habanos, la devoción sentimental francesa, las placenteras lecturas, ciertas sobremesas, algunos bostezos, los mediodías luminosos del Ateneu o las eternas madrugadas de Jameson– y se exalta la condición de personaje del mayor crítico teatral barcelonés que, como sentenció cuando procedía, es un catalán que, en el fondo, se considera francés. Su lectura es una delicia. El estilo de Sagarra, impresionista, libérrimo, caprichoso, firmemente desinhibido, ha resistido el medio siglo que dista desde la fecha de su escritura hasta nuestra lectura. Por supuesto, Sagarra habla en estas miniaturas de sí mismo porque sabe que el logro de un articulista, cuyo trabajo es efímero por definición, no reside únicamente en conseguir una descripción exacta o una adjetivación resistente y precisa. Está en la creación de un carácter (literario). En configuración de la voz que enuncia su propia existencia y crea, el nombrarlo, su mundo. 

El libro de Kairós, editado en rústica y “con los pies”, según su autor, en aquel momento célebre por haber inventado términos como gauche divine, cultureta patufetismo-leninismo –¿existe mayor honor para un articulista que ser recordado por ponerle el nombre exacto a las cosas, ese atributo exclusivo de Dios? –, estaba descatalogado hacía decenios, pero su perfume casual, su irreverencia, su flow, de alguna manera había permanecido vivo en la memoria. La editorial Libros de Vanguardia lo ha recuperado cincuenta años después, devolviendo Sagarra a las librerías con el efímero e indestructible material de acarreo de los periódicos, aunque amplificado y ennoblecido por las glosas encomiásticas –ma non troppo– de Josep María Carandell, que firma un estupendo prólogo, y cuatro homenajes más (brevísimos) rubricados por el reporter José Martí Gómez, Enrique Vila-Matas, Miquel Molina y Begoña Gómez Urzaiz. 


Las Rumbas de Joan de Sagarra

En Las rumbas aparece, condensada, la Barcelona de 1968. Un espacio donde los hijos de las familias bien jugaban a ser rojos, la Nova Cançó animaba (es un decir, claro) noches eternas, las Ramblas seguían desembocando en un mar horizontal y Copito de Nieve, el gorila albino del zoo de Barcelona, gozaba de un indudable predicamento. Es la ciudad del Bocaccio, la urbe donde el arquitecto Alfons Milá y el fotógrafo Leopoldo Pomés abrían la tortillería Flash Flash y en la que la editorial Anagrama de Jorge Herralde desquiciaba con su catálogo colorista a Lara Hernández, el antiguo legionario sevillano que acabaría comiéndose el ruinoso imperio de las insignes editoriales elitistas de Barcelona. 

Es en este territorio en blanco y negro, con algunas ráfagas puntuales de tecnicolor, por donde pulula, con la misma voluntad que una vieja estrella de cine negro, un Sagarra dolorido e impertinente que tenía algo de Oliverio Girondo barcelonés, criatura extraña que sale a la calle dando gritos y coge un taxi, pero –así lo cuenta Carandell– “siempre pierde el tren”. Un tipo “sensible e inestable” que, a pesar de no tener libros suficientes, es un escritor genético, vitalista, un espectador airado y, a su manera, uno de esos seres excesivamente sensibles que esconden su fragilidad bajo una sostenida falta de modales. “El crítico más leído de Barcelona, y el más temido”. Un escritor de periódicos sin carné, el parroquiano recurrente de boîtes como el Jazz-Colón, el Kit-Kat o el Texas

Hay más Sagarras: el obstinado jugador de póker, eterno melancólico de un París perdido para siempre, igual que la infancia. Un escritor que disemina en sus columnas largas parrafadas en francés, con fogonazos expresivos de catalán, pero que, asombrosamente, logra una naturalidad que ha hecho que sus columnas, sin dejar de ser inequívocamente coyunturales, perduren. Sobrevivan. Un eterno insatisfecho que, en lugar de dedicarse al elogio aldeano de Barcelona, constata su mezquindad y su monotonía. La vulgarización es la forma mediante la cual Sagarra ha contado sus días y muchas de sus noches épicas. Su existencia, que es también la de muchos otros. “El contraste entre la verdadera vida, la verdadera poesía, la verdadera política, la verdadera cultura, y la degradante realidad de cada día es el recurso permanente de todos sus artículos”, afirma Carandell.

De este naufragio Sagarra intenta salvarse –de momento ha cumplido los 83– gracias a los libros (como prescriptor de lecturas no tiene rival), discos antiguos de chanson y la seguridad brusca de quienes saben de antemano que es imposible llegar a nada en la vida porque no hay –ni hubo nunca– un sitio donde ir y que la cima sólo es uno de los nombres del vacío. Su extraña maestría estriba en escribir siempre el mismo artículo y que, sin embargo, cada día nos resulte distinto. ¿El secreto? Una capacidad innata de sugerir emoción –que es lo que hace el arte cierto– a partir de la irritación.

Sagarra es un provocador. Dice que a los cementerios de Barcelona “les falta vida”. Prefiere quedarse out en vez de estar in. Un ciudadano que, de entre todos los bares posibles del Paseo de Gracia, elige un drugstore para tomarse un café. El hombre que imagina a Teresa Serrat, la creación femenina de Juan Marsé, en todas las mujeres que se cruza. Un sentimental que dedica sus rumbas a una misteriosa Lady Brett “y a los trescientos veintitrés martinis que bebimos en el bar del Ritz, Place Vendôme”. Un escritor fantástico “con los intereses y pasiones del hombre común, poco amigo de epopeyas gratuitas y de retóricas luminosas, acuosas e innecesarias”. Un periodista ancien régime que va por ahí “echando chispas” para conjurar el peligro de caer en las manos de cualquier ejército de salvación o incurrir en “el timo de la estampita”. Y, según Martí Gómez, un solitario con diez céntimos en el bolsillo.


* Letra Global, 14.11.2021

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Mientras se desataba la bochornosa guerra de los másteres y unos inocuos ‘perfomers’ se desnudaban en el Prado, Rafa Cabeleira intuía la catástrofe que nos está alcanzando ya de lleno y daba en la diana con este tuiter: “Acabaremos presumiendo de no tener estudios”.
      Su frase resplandecía el otro día en medio de la habitual acritud, mezquindad, paranoia y negatividad de las redes. Y al final, como si necesitara refugiarme de todo, me sumergí en el recuerdo de la historia trágica de mi amistad con Jordi Mestre, creador del blog Paraguas en llamas y narrador de ingenio y humor muy peculiares. Una vez me atribuyó una frase que yo no recordaba haber dicho: “Baudelaire inventó la figura del poeta maldito, pero también la idea de que éste, para serlo, necesariamente ha de ser un plasta y un cafre”.
      Una historia de amistad que –signo de los nuevos tiempos– se desarrolló por completo en el ámbito de internet, sin salir jamás de la Red, sin llegar a saber porqué ocultaba su imagen como si fuera Salinger, sin saber ni tan sólo su profesión. Yo quería saberla. Y un día  descubrí que los lunes por la mañana no trabajaba y se lo dije por e-mail. Su respuesta (lo habitual en él eran las réplicas elegantes y cordiales) fue un silencio absoluto.

      Yo le leía fascinado por su refinadísimo humor, próximo a veces al del gran Eduardo Mendoza. Y no había semana en que no fuera a su blog a buscar alguna novedad –en forma de alegría– en él. Aún recuerdo el día, hacia 2008, en que nos comunicó a sus seguidores que había entrado en su vida una mujer a la que llamaba la Nueva. “A la Nueva, que es una convencida creyente de las bondades de la meteorología la tengo harta con mis incendiarios discursos”. Me fui familiarizando con la Nueva. También con Umbrello, que nació un año más tarde, y cuyo nombre de pila parecía vinculado al paraguas que daba título al blog. Al año siguiente, nació Fratello, un hermano de Umbrello.
      Hace dos años, el 15 de septiembre de 2016, recibí un e-mail suyo, escrito por su mujer: “Soy Àngels, la Nueva. He pensado que así le pondrías cara a Paraguas en llamas. Un saludo”. Seguía un enlace con el diario deportivo Sport, donde trabajaba Jordi y donde, con emoción, comunicaban su fallecimiento. Fue quizás raro, pero por primera vez sentí dolor por la muerte de alguien a quien no había visto en mi vida.
      Semanas después, sin muchas esperanzas de ser escuchados, comenzamos en mi web a proclamar que los cuentos mínimos de Mestre, “tocados de un humor exquisito, merecerían una antología en alguna editorial independiente y que bastaba adentrarse en su blog para comprobarlo”. Durante año y media, nada parecía moverse, pero aún así seguimos persistiendo, hasta que un día nos escribieron desde Logroño, desde la editorial Pepitas de Calabaza –la misma que publicó los geniales diarios de Iñaki Uriarte– interesándose por Jordi Mestre y preguntando con quien tenían que contactar para publicarle. Ya preparan la edición del libro, lo que desde luego ha aumentado nuestra fe en los milagros.

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