ENRIQUE VILA-MATAS TEXTOS de VILA-MATAS 
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V-M y Pisón




Sou Fujimoto




Sou Fujimoto




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Sou Fujimoto
ARAGONÉS TOTAL

1
Pisón ha estado siempre ahí. A lo largo de gran parte de mi vida, ha estado ahí de una forma absolutamente natural. Esto último es lo más asombroso. Ha estado ahí como si fuera tan normal que estuviera. En cierta ocasión, habiéndole cazado desprevenido, descubrí que –entiéndase del modo más metafórico posible- cada vez que respiraba exhalaba al mismo tiempo un último aliento. A cada entrada de aire, una especie de postrer soplo. Y viceversa. Me pareció rarísimo. Y aún más que, siendo seguramente consciente de semejante particularidad, no perdiera nunca la educación ni aún menos esa forma tan suya de ser extraordinariamente natural. ¿Se originaba y extinguía el mundo en él mismo? Si así era, no le habría costado nada confesárnoslo. Pero no. Nunca se molestó en comentar nada acerca de esto, siempre caminando –por la vida y por los bares- como si tal cosa, como si nada. Miraba el horizonte y, apoyándose vagamente en su risa, se apagaba y respiraba y se exaltaba, y luego se apagaba, pero respiraba. Yo no podía dar crédito a lo que sucedía cuando le veía siempre animarse de aquel modo tan cabal y que tanta envidia producía: de aquel modo tan irreprochablemente normal.

2
Ahora puedo ver el conjunto con una imagen mejor graduada y empiezo a comprender por qué el día en que le vi a Pisón por primera vez en mi vida, me enfadé tanto y hasta le insulté cuando, tras una breve conversación en el hotel Colón de Barcelona, me dijo que no sabía si volveríamos a vernos pero que, en cualquier caso, adiós.

¿Cómo que adiós?

Decidí retenerle unos segundos más y para ello le traté de traficante de bombas y hasta me atreví a decirle que con cada paso que daba hacia la salida del hotel se iba volviendo inmortal, milímetro a milímetro. Volvió lentamente sobre sus pasos y me preguntó si había oído bien. Claro, dije. Se le veía entre extrañado y enojado, y yo estaba nervioso porque no sabía si insultar servía para hacerse amigo de alguien; era la primera vez que probaba algo así.

Al comienzo de cualquier gran amistad hay siempre un gran ruido de fondo, oscuras ramificaciones del subconsciente. Y en ese ruido pudo influir aquel día el hecho de  que, habiéndole leído previamente y a causa de la perfecta apertura de Alguien te observa en secreto que había yo incluso memorizado, me llegara de pronto la convicción de que aquel joven zaragozano, doce años menor que yo, venía en realidad formando parte del paisaje de mi vida ya desde hacía tiempo. Y todo quizás porque el párrafo en el comienzo de Alguien te observa en secreto hacía referencia a un paseo que era el centro espiritual de la geografía de mi infancia: “Renuncié a coger el metro y, tras media hora o cuarenta minutos de agradable paseo, llegué a casa de mi primo. El edificio, cercano al Paseo de Sant Joan…”

Ese Paseo era el centro de mi infancia y quizás de algún modo incluso llegué a imaginar que yo era ese primo; después de todo, me consideraba un eterno habitante del Paseo. De no haber leído previamente aquellas palabras, no creo que ese primer día en el hotel Colón, le hubiera retenido de aquel modo, utilizando el insulto como trampa. Así que, fantaseando un poco, creo que hasta podría decirse que nuestra amistad viene en realidad de antes ya de conocernos, de un tiempo en el que, si lo miramos bien, Pisón ni había nacido, lo cual es extraño porque siendo él alguien que siempre estuvo ahí no parece comprensible que, al verle por primera vez, creyera yo que le conocía desde una época casi inmemorial. Y sin embargo… Pero, quién sabe… Releo Alguien te observa en secreto y observo la jerarquía que en esos relatos él le otorga al tiempo: un pasado que en muchas ocasiones resurge con fuerza para reclamar sus derechos en el presente.

3
Algunos de sus últimos libros, sus piezas mayores (Enterrar a los muertos, Dientes de leche, El día de mañana), están hechos en parte de esos retornos del pasado que no son tales retornos porque en definitiva el pasado siempre estuvo ahí. ¿O no recuerda todo el mundo alguna vez en la que haya tenido que serenarse de la impresión sufrida por la vuelta imprevista del ayer? En este sentido, El día de mañana aparece como un título que indica con sarcasmo que el futuro es siempre un espectro del pensamiento, una figura retórica (que decía Nabokov) y no una realidad como el contundente pasado, que siempre está ahí y algunos días nos pide incluso que lo atravesemos como se franquea la circulación infernal de una ciudad pequeña.

El pasado es la materia con la que trabaja el mejor Pisón, una materia rara porque  el pasado es una falacia y en realidad se reduce –como el tránsito urbano en la provincia- a una serie de recuerdos entrelazados en la mente de los vivos, lo que, si lo pensamos bien, podría estar indicándonos que el tiempo no existe, aunque eso no suele ser obstáculo para que, enloquecidos, continuamente volvamos a él, o creamos estar regresando a él. Pisón siempre vuelve, por cierto, salvo por la noche. Cuando anuncia que se va a ir de un bar y vuelve a su hogar lo anuncia a la hora exacta en la que había previsto notificarlo y todo el mundo sabe que irremediablemente no hay nada qué hacer, que no volverá: son las únicas ocasiones en las que los amigos pueden verle asomarse al futuro, que siempre tiene los minuteros parados en las tres en punto, porque esa es la hora en la que, implacable y altamente sádico, avisa que se irá y, en efecto, se va.

Inflexible.

Aragonés total.

Siempre que le vemos, aunque haga sólo un segundo que ha llegado, ya estamos pidiéndole que se quede más.

 4
Yo vi que, literariamente hablando, Pisón había cambiado cuando publicó El tiempo de las mujeres. Esa novela se distanciaba ya mucho de la encantadora, de la memorable Carreteras secundarias. Aunque atención, abro paréntesis: la panorámica en su narrativa que se abrió con El tiempo de las mujeres no tenía nada que envidiar a la que en su momento había él abierto en ese pletórico libro de juventud, Carreteras secundarias, que estará siempre entre los tres mejores suyos, pues ahí se despliega, con una nitidez asombrosa, todo su instinto y gran potencial narrativo.

En cualquier caso, El tiempo de las mujeres era  más adulta, escéptica y desengañada; había ya incluso una amargura más sentida, y es que la experiencia de la vida había ya dejado sus trazas. Carreteras secundarias era, en cambio, una novela esencialmente optimista: un padre y un hijo que no tenían nada acababan al menos teniéndose el uno al otro. El tiempo de las mujeres era, por el contrario, el relato de una sucesión ininterrumpida de pérdidas, lo que le daba un tono más pesimista. De ahí probablemente ese escepticismo latente en la historia, un sentimiento que formaba parte del patrimonio de muchas generaciones de españoles, no sólo de la suya.

En Dientes de leche ahondó en caminos abiertos por El tiempo de las mujeres y mejoró los resultados. Esa novela trata un tema de nuestra historia reciente que no había llamado la atención de los novelistas: la presencia en España de fascistas italianos que vinieron a luchar en el bando nacional durante la Guerra Civil. Es una novela meticulosamente construida, donde los Cameroni y su vulgaridad bailan siempre en la frontera entre la infelicidad y el optimismo, en equilibrio muy delicado que Pisón maneja con la impecable pericia narrativa que ha ido adquiriendo a través de los años y de los bares y de tantas noches, aunque hay quien piensa que esa destreza de corte ortodoxo –no voy a cansarme de decirlo: es un narrador nato de historias, sin duda uno de los más dotados de este país- en realidad ya la poseía en 1984 en su primera novela, La ternura del dragón, rebautizada La ternura de Pisón por sus amigos; todos, por cierto (sus amigos), siempre menos tiernos que él, que ha sido, es y será la ternura personificada, o, si se me permite la licencia, la ternura pisonificada

5
Dientes de leche es uno de esos libros a los que uno acaba volviendo más veces de las previstas. Siempre hay algo que no recordamos bien en Dientes de leche y que nos hace regresar allí y admirar entonces lo que en la primera lectura no habíamos visto.

Lo último que creo haber detectado en esta novela es su condición de autentico campo de batalla. Es el lugar donde, desde el punto de vista estilístico, Pisón ha librado la batalla principal de su narrativa. Tozudo como él solo, volvió sobre los hallazgos de estructura de El tiempo de las mujeres y perfeccionó el engranaje narrativo, soldado cada día de forma más perfecta al duro y estricto mensaje que contiene la trama.

Y aquí aclaro sólo esto: cada libro en Pisón produce el siguiente. Hay quienes imaginan que la vida está hecha de vida y que los libros, por tanto, provienen también de la vida, pero no: provienen de otros libros; el que de alguna manera reflejen la realidad no es más que una coincidencia feliz.

Y dicho esto, prosigo y me siento ante una piedra del camino para sacarme el sombrero ante este aragonés total, perfectamente universal. Y es que cada día veo con mayor claridad que poseen mucha magia los brutales Cameroni, que son como tantas familias de nuestro bestial paisanaje ibérico, pero con la variante inédita de que el patriarca Raffaele, siendo un grandísimo déspota como tantos otros, nació en la Toscana y es de filiación directamente fascista, uno de aquellos brigadistas italianos de los que tan poco se sabe y que llegaron a España durante la Guerra Civil para apoyar a las tropas franquistas.

La familia paralela que Raffaele monta en Zaragoza se verá condenada al fatalismo de la mala sangre, y con esa historia reaparecerá de nuevo en un libro de Pisón el tema central de su inolvidable relato El fin de los buenos tiempos (que está sin duda entre lo mejor que ha escrito en su vida) y uno de los cauces esenciales por los que circula toda su obra: el horror de toda herencia, la oscura y silenciosa ruta de afectos y taras, de malentendidos y frustraciones que comporta la oscura travesía de la noche familiar, la maligna sucesión de padres e hijos.

Esa oscura ruta de afectos y taras reaparece con grandeza en El día de mañana, donde Pisón perfecciona casi con delirio su sistema cada día más perfecto. Esta novela supera a las anteriores y es el apogeo del narrador testarudo, empecinado en mejorar sus hallazgos anteriores. Uno tiene la impresión de que el éxito de  El día de mañana procede de una genial y sensacional actitud de puro pupitre de colegio. La sospecha de que a veces Pisón imita al alumno castigado en la parte trasera del aula que tiene que escribir lo mismo una y otra vez hasta que le sale correctamente. Creo que en El día de mañana ha conseguido dominar sus temas, así que ahora ya puede avanzar, ir a donde quiera. En El día de mañana simplemente perfeccionó su máquina narrativa, cada día más personal.

En su actitud de puro pupitre de colegio, me hace pensar en John Banville, al que un día, en uno de esos inevitables coloquios con el público de alguna institución cultural, una mujer sentada en la primera fila le increpó: “¿Cuándo va a dejar de escribir sobre gente que mata mujeres?” Y Banville le respondió: “Cuando me salga bien, dejaré de hacerlo”.

6
Viendo reaparecer ese tema de la monstruosidad de toda herencia, he pensado en Rilke cuando decía en Los cuadernos de Malte que, por distracción y por errores heredados, nos perdemos casi enteramente las innumerables riquezas de aquí que nos han sido destinadas. Y creo que llevaba toda la razón. Yo sólo conozco seres que han luchado desesperadamente por zafarse de los errores y malentendidos heredados y abrirse camino en el hondo fatalismo de tanto espanto del pasado. Dicho de otro modo, siempre ha habido herencias de mala sangre y equívocos en las cosas y los gestos familiares, y esas herencias y errores heredados hemos de saber que serán -si no lo han sido ya- nuestra ruina más completa. Aunque siempre queda la posibilidad de destapar la pesada losa del pasado y, en lucha contra los dogmatismos y sus rigideces, ofrecer a los personajes y a los lectores la posibilidad de un futuro distinto.

7
Un día, imaginé –no lo soñé, lo imaginé- que Pisón tenía una idea muy rotundamente clara de cómo funcionaban las novelas. A la pregunta de alguien, decía que uno no debía ser aburrido cuando contaba algo y por tanto no había de ser tan tonto de descabalgar a la trama, lo que no significaba que tuviera que ponerle un altar a esta; sólo significaba que sabía que nunca había que perder de vista que era necesario, pasara lo que pasara, contar  con la famosa trama, también llamada argumento. Y terminaba diciendo: “Una buena narración es una estructura rudimentaria y se parece bastante a un riñón”.

A esto último aún le doy vueltas desde entonces. Y eso que ya sé que la imaginé yo pensando que la decía él y que en definitiva no debería preocuparme tanto pues a fin de cuentas me llegó a mí desde mi propia mente. Pero no sé, siempre tiendo a pensar que la dijo él. A veces le doy vueltas a la frase y acabo preguntándole al propio Pisón qué hace ese riñón en sus tramas.

8
¿Hay quien lo dude? Es un narrador nato. Siempre que pienso esto de Pisón me acuerdo de Irvin  S. Cobb que dijo una vez algo muy sensato sobre este asunto: “Un narrador nato, un buen narrador, es una persona que tiene buena memoria y confía en que los demás no la tengan”

9
Las mejores amistades, las más duraderas, se basan en la admiración. Para que lo amistoso se contemple como un sentimiento sagrado, es necesario que haya esa admiración mutua que encierra en su área el respeto hacia el otro, fundamental para que todo circule entre iguales. Quizás la palabra más exacta no sea admiración, sino tener en alta estima al otro. Porque si el otro no nos merece mucha consideración, no puede ser nuestro amigo.

El amigo tiene todo lo que tú no tienes y te gustaría tener, y viceversa. Se trata de tener un alto concepto del amigo; de lo contrario no es un amigo, es otra cosa. De hecho, fijémonos en que siempre perdemos la amistad de aquellos que pierden nuestra estima.

El amigo no es aquel al que uno cultiva para que nos ayude en los momentos difíciles. El amigo es alguien que, surgido de un momento difícil, viene a hacernos fácil el resto de nuestros días. La vida es más sencilla si le admiramos o le tenemos en alta estima, valoramos sus cualidades.

Y se admira o respeta a alguien por lo que hace, por lo que es, por cómo se las arregla para andar por el mundo. Esa admiración, que en realidad es respeto, vino a decirnos Montaigne, lo ennoblece al amigo, lo realza ante tus ojos, lo eleva a una posición que, a tu juicio, es superior a la tuya.

ENRIQUE VILA-MATAS
* Publicado en Revista Turia, número 105-106, marzo 2013

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