ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Foto de Josef Hoflehner
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Imagen de Pete Turner
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PIGLIA SOBRE DUBLINESCA *

RICARDO PIGLIA


Enrique Vila-Matas ha escrito una gran novela, una suerte de Bajo el
Volcán
,  cómico, y espectral, con su héroe , -el ex-editor y
ex-alcóholico y también ex abstemio Samuel Riba-,  visitando los
círculos del infierno, guiado por el inmortal irlandés al que se alude
en el título del libro. Mientras lo leía encontré en sus páginas
varias referencias, muy agudas, a  otro áspero irlandés, Samuel
Beckett. Recordé entonces la primera frase del primer texto narrativo
que el autor de Molloy escribió en francés (con la intención de
abandonar  la lengua literaria inglesa que había pasadoa a ser propiedad
de Joyce). Y  cito entonces el principio de Le calmant porque sé que
para Vila Matas -como para mí-, las citas son voces y fantasmas que
entran y salen sigilosamente de los libros: "Je ne sais plus quand je
suis mort. Il m'a toujours semblé être mort vieux”. (“Yo no sé cuando
he muerto.  Siempre me ha parecido haber muerto viejo”.)

El motivo del muerto-vivo, que recorre en secreto nuestra cultura,
reaparece nítido en Dublinesca y define su tema central:  Riba es un
entrañable y melancólico muerto-viviente  que viaja  a Dublín (rodeado
de algunos espectros y acompañado por  una banda de amigos
entusiastas) para rememorar el día de Joyce y la muerte de la
literatura (en todo caso la muerte de la era Gutenberg). El capítulo
seis del Ulises, donde se narra el entierro de Paddy Dignam, es el
nudo y el espejo mágico de la novela y la visita al cementerio
católico de Glasnevin, es uno de los momentos más altos de la
narrativa de Vila-Matas.

Lo notable de la novela es que ese mundo sombrío y nostálgico está
narrado con un sutil estilo  irónico. La distancia entre el estilo y
el mundo narrado  (que fue la gran lección de Joyce) funciona como una
central nuclear en el libro: una poderosa energía narrativa mueve la
acción y el universo novelístico parece continuamente en peligro y a
punto de estallar en una suerte de Chernóbil  final.

Pero ese estilo, o mejor, esa voz narrativa, puede sobrevivir a todas
las catástrofes: pocos escritores en la literatura  actual  han
logrado sostener un tono tan íntimo y  tan personal. Por eso esperamos
siempre un  nuevo libro de Vila-Matas, porque queremos volver a
escuchar esa voz. Y eso –esperar el libro de un autor– es algo que
sucede pocas veces en estos tiempos literariamente  tan
multitudinarios (a veces creo que, en esta época,  ya hay más
escritores que lectores de literatura).

Recuerdo que leí esta novela en un viaje a Montevideo y mientras
recorría las librerías de usados de la calle Tristán Narvaja, –y
descubría viejas y queridas ediciones  de grandes obras  olvidadas–
tenía la sensación de seguir todavía en el mundo de Dublinesca.
Entonces –en una de esos locales llenos de viejos libros donde siempre
encontramos lo que no buscábamos– vislumbré que el conjunto de las
novelas de Enrique Vila-Matas podían ser leídas como una obra única en
la que se narra -desde distintos ángulos- la historia imaginaria de la
literatura contemporánea. Sus novelas son una reconstrucción
sarcástica  y apasionada de las guerras, los furores, los lugares, los
sueños, las obsesiones de los escritores, los lectores, los
traductores, los libreros los editores o  los críticos; como si sus
personajes formaran parte de la tripulación maldita del Pequod y
persiguieran al Moby Dick del siglo XXI. Call me, Enrique.


* Publicado en la contraportada de la edición brasileña (Cosac Naify) de Dublinesca.

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