Enrique Vila-Matas  

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Pinturas de Maureen Gallace
Pintura de Maureen Gallace

Pintura de Maureen Gallace

Pintura de Maureen Gallace

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DE LA PERIFERIA
AL BORDE DEL ABISMO

Javier Avilés [+]

LOST HIGWAY,
DE DAVIS LYNCH
(Una interpretación metacinematográfica)

Javier Avilés [+]

APOCALYPSE NOW
FULL METAL JACKET

Javier Avilés [+]

LOS SNOPES, YOKNAPATAWPHA

Javier Avilés [+]


CONSTATACIÓN BRUTAL DEL PRESENTE

JAVIER AVILÉS

KOALA

Un koala gigantesco que arrastra el cadáver demediado de una mujer agarrándolo por los cabellos contempla a través de unos prismáticos a dos hombres que caminan bajo el sol entre las ruinas.


NO MIRARÉ

Dispongo las cosas de forma que cada vez que tengo un firme propósito las circunstancias me lo impidan. Debería despojarme de todo lo que pesa, enfría y oscurece, pero el olvido suple ese propósito. Soy un maestro del olvido. Estoy ante una puerta que de ninguna manera debe abrirse. Me propongo abrirla, salir de una vez de este infecto antro. No lo haré. Me resulta más sencillo permanecer sentado y contemplar la puerta cerrada, dejar que el tiempo pase alimentando mi determinación de abrirla y negando, al mismo tiempo, la necesidad del pasillo tras la puerta, de la ventana y la escalera y los archivos y el gigantesco cerdo antropomórfico que avanza, surgiendo de la oscuridad con el abrigo agitándose a su espalda, desde el fondo del pasillo helado hasta llegar frente a mí y abofetearme con los papeles en la cara diciendo “no es esto, no es esto”. La humedad se congela en las paredes de ese pasillo al que no saldré. Un corredor hediondo en el que mierda helada cuelga del techo, estalactitas de excrementos acechando en los dinteles, corrientes descongelándose descendiendo por las paredes. Mis pies chapotean. No abriré la puerta. Permanezco helado en un instante del pasado. Mi determinación se diluye en la imposible memoria. “Te acuerdas de aquella vez que” No me acuerdo, pero es un subterfugio que me permite anular mi propósito. Pero esto ya está dicho. Excusas. Digo: Permanezco helado en un instante del pasado. Como una fotografía. La mierda pesa, enfría y oscurece. Yo permanezco sentado, junto a un cenicero en el que los cigarrillos apagados se desbordan, junto a un vaso lleno del que no bebo. Espero. Espero el fuego y el hielo y la mierda y la lluvia que arrase finalmente con todo. Limpio de memoria. Espero. Estático como una fotografía. Sentado en un sillón, junto a un cenicero lleno y un vaso que se desborda posados en una mesilla junto a una lámpara que emite una luz mortecina al lado de una estantería construida con seis tablones de madera mal desbastados y peor ensamblados en los que se notan los brochazos de pintura que enmohece. En uno de los estantes, desde una fotografía, mi abuelo me mira, me fija al sillón, me inmoviliza junto al cenicero y al vaso y la lámpara. Mi abuelo posa con un sombrero, es casi un primer plano pero, en la esquina superior izquierda, puede verse el cielo y en él las nubes que lo surcan veloces. Viento, sólo viento. Sé que todo está bien, que nada perturbará mi inmovilidad de la que (no) me propongo huir. La mirada de mi abuelo me fija y me tranquiliza. Las nubes son la garantía de que todo está bien. No hace falta tomar decisiones inmóvil dentro de un marco. Estoy suspendido en un tiempo que ya fue. La mierda y el fuego y el hielo pasan, como las nubes, por detrás de mí y nada me afecta. Lo que debo hacer, lo que debería hacer ya no importa. Me libero de todo bla, bla, bla y nada cambia. La puerta permanece cerrada y yo inmóvil, domeñado por el olvido, libre del tiempo (o eso creo). Dispongo las cosas de forma que bla, bla, bla y luego me lamento, sollozo como un estúpido, recriminándome no hacer nada, olvidando que dispongo las cosas bla, bla, bla. Pero así están las cosas. No huiré de mi inmovilidad. Así que adiós, pasillo y ventana y escaleras y el cerdo agitando los papeles. No es esto. Permaneceré aquí. El fuego y el hielo y el viento arrastrando las nubes. El sol hiriente y el viento. Mi abuelo se ajusta el sombrero. Parece sonreír, pero sus ojos quedan en la sombra. Este hombre que se ajusta el sombrero y parece sonreír aunque sus ojos permanecen ocultos en la sombra no es mi abuelo. Joder. No importa. Este descubrimiento me impedirá alcanzar la puerta, aunque de momento parece despedirme hacia ella. No es mi abuelo, pero no importa. Se ajusta el sombrero porque el viento es el preludio y es el final. Borra del cielo toda mancha, toda nube que me permita asirme a algo inmutable, fijo en el tiempo, una falacia a la que poder sujetarme y decir, “ah, sí, me acuerdo” como si el pasado necesitase un marco. Una imagen suspendida en el tiempo puede afirmarme, me puede permitir desarrollar la impostura de la memoria. Y me golpea con los papeles diciendo “no es esto, no es esto”. Todo pasa a mi espalda, las nubes, el fuego, el hielo y la mierda. Estoy cobijado en este marco. Aislado, inmóvil, fijo en el tiempo. Olvidado. No hay nada fuera que me distraiga. Las nubes surcan el cielo hiriente a mi espalda, en la esquina superior izquierda, sobre mi hombro derecho. Todo está bien. Ahora el tiempo parece detenerse. Es el momento de destrozar esta quietud. Invocaré a las circunstancias para que me impidan bla, bla, bla. Comeré como un cerdo, como un oso preparándose para invernar, devoraré todo cuanto encuentre a mi alcance y llenaré el marco de mierda. Haré que la mierda rebose en la fotografía, que el cielo y las nubes se empantanen en excrementos y buscaré otra instantánea a la que aferrarme y encontraré allí un momento de paz y comeré latas de judías con chorizo, comeré como un animal, la grasa chorreará de mi boca manchándome la ropa, comeré judías con chorizo frías sacándolas de la lata con mi mano, llenando mi boca en cada viaje. Luego defecaré en la esquina superior izquierda de mi pocilga preparándome para hibernar en un lecho de estiércol. Pero en lugar de hibernar estaré en un cine. Será una espantosa pesadilla, una indigestión de judías con chorizo, en la que no será posible detener un fotograma para congelar un instante. Todo pasa y se mueve y transcurre y no hay posibilidad de huir. Una ficción se desarrolla en la pantalla y otra en el delirio de mi empacho. Tengo diez años. No seguiré,  es desagradable y todo es bla, bla, bla. Un encuentro con un pederasta en un cine es, en teoría, el tipo de suceso repugnante que conforma la personalidad. No me interesa ni el recuerdo ni la psicología. Déjame terminar, dice: tipo de suceso repugnante que conforma la personalidad y convierte a una persona en un pusilánime que aguarda sentado fumando sin cesar junto a un vaso eternamente lleno de un licor dulce que no sacia la sed. Un licor espeso y violeta que rezuma de mis labios, que se desborda del vaso y gotea como sangre al suelo. Abro otra lata de judías. No volveré al cine, comeré como una bestia insaciable, apartando los gusanos del interior de las latas de judías. Los tiro al suelo y allí se ahogan o se alimentan de la sangre violeta, la mierda y el vómito sistemático. Nada es retenido, todo se mueve demasiado deprisa. Mi estómago no resiste la velocidad cinematográfica. Los recuerdos chapotean en el suelo, los pies se enganchan en el suelo del patio de butacas mientras la mano se estira y busca acariciar mi brazo y yo me retiro y la mano vuelve a avanzar y acaricia mi brazo y busca mis genitales y yo golpeo lloriqueando en silencio y en la pantalla una estúpida sensiblera película que mi padre cree que nos gustará y en la calle nieva, una nieve como mierda apilada en las aceras, sepultando los bordillos y mi padre al salir del cine nos dice a mí y a mis hermanos, qué bonito, todo nevado, y yo siento como me manosea una mano de mierda y luz y nieve y digo sí. Pero no es así, no es así, estúpido, dice el cerdo agitando los papeles ante mi cara, golpeándome con ellos, destruye. Abro otra lata de judías. Todo debe ser consecuente, grita mientras el abrigo se agita y yo asiento con la cabeza, la boca llena de judías y chorizo y la barbilla manchada de grasa. Asiento, toda mi vida lo he hecho. Digo sí, digo sí esperando que el viento arrastre las nubes por mí fuera del marco. Pero no el abrigo. No. Cuándo. Diez años. El día que nevó. Bueno, quizás fue otro día, pero la misma estúpida película y el hombre del abrigo en el asiento de al lado estirando su mano para. Y yo retirándome apoyándome en el asiento de mi hermano. Y el abrigo agitándose en la oscuridad. Rítmicamente. Y en la pantalla un cerdo gigantesco erguido sobre sus patas traseras agitando los papeles que sujeta con sus pezuñas y diciendo, gritando a todo el cine, no es eso, no es eso, bla, bla, bla. Siendo consecuente la acción se detuvo. El fotograma se congeló un momento en la pantalla. El tiempo se detuvo y luego ardió en una explosión de luz. Pero eso es historia pasada ¿pasada? Entonces el tiempo gotea desde el techo inundando la habitación. Tiempo y vómito y sangre y mierda. Pero yo permanezco a salvo. Perdido, aislado, a salvo, libre del tiempo, gozando de la invisibilidad. De qué coño estoy hablando. Acaso el tiempo pasa y hay un primero. Entonces, al principio, ser invisible era frustrante. Hablo y nadie me escucha. Alzo la voz. Deben escucharme, tengo la solución, la palabra exacta que resolverá el problema. Pero me ignoran, cómo podrían si yo no. Grito pero ya es demasiado tarde. Mi voz pasa a través de ellos como un eco fantasmal. Ya no importa lo que diga, he sido excluido del grupo que tarde o temprano, de forma torpe y empírica, por medio de sucesivas pruebas y fracasos encontrarán la resolución del problema. No es estricto decir que no existo así pues la invisibilidad es un buen traje para bla, bla, bla. Pero la rabia, la furia animal que me lleva a destrozar el interior de esta prisión. Un furor salvaje por la invisibilidad y por la puerta abierta que no abriré, por la falta de barrotes, por los firmes propósitos que las circunstancias que dispongo me impiden realizar. Soy voluntariamente invisible pero contra mi voluntad. Soy una sombra para los demás, una presencia muda apenas intuida, una patética voz inaudible que todos ignoran. Entonces la rabia, la furia, la sangre, el viento, la mierda. Soy voluntariamente una sombra de mierda a salvo dentro de un marco. Fijado en el tiempo en una habitación mugrienta, donde fumo sin cesar y como judías con chorizo y vomito y sangro un liquido dulce espeso y violeta y me masturbo furiosamente. Uno debería recordar la primera vez que se masturbó. Debería. Tanto semen derramado, perdido como lágrimas en la mierda. Joder, tal vez esa sea mi historia, una sucesión de masturbaciones en una niebla rabiosa. O no. Tal vez no deba buscar una explicación, ni deba reducirlo todo a un paseo interminable por una ciudad vacía, desolada, bajo un cielo hiriente en el que las nubes son arrastradas por el viento. Un paseo de nada, en la nada, que culmina en la nada de una nueva eyaculación frustrante. Ni deba reducirlo todo a la sucesión de libros que he leído entre masturbación y masturbación. A fin de cuentas en esta habitación el semen rezuma por el suelo junto a la sangre, el vómito, la mierda, el hielo y una legión de gusanos que engordan y crujen bajo mis zapatos y en la estantería solo hay cinco libros. Un manual del tornero-fresador y unos fascículos encuadernados en cuatro tomos con el rotundo título de Fauna. Jamás he intentado abrirlos. Podría encontrar más restos de mi pasado en el manual que en las arcaicas fotografías que muestran a chimpancés peleando, copulando y masturbándose, a chacales destripando el cadáver de una cebra. Desde el sillón huelo las entrañas del animal agonizante, la sangre que gotea de las fauces de los carroñeros. Y veo semen y vómito y mierda y latas de judías y gusanos pululando en la putrefacción y digo no, no es eso, soy radicalmente un tornero-fresador. No abriré esos libros, no encontraré mi historia en ellos, si acaso en otros, libros perdidos, inexistentes, volátiles, libros de argumentos nebulosos. Una vez leí un libro como si fuese otro. Leí siguiendo las emociones del anterior lector. Leí como si fuese a los cines embozado en un abrigo y buscase a niños para manosearlos mientras me masturbaba silenciosamente bajo el abrigo. Leí como si estuviese empantanado en mierda y semen y putrefacción. Leí como un criminal y casi muero. Leí como si no fuese yo y me convertí en otro. Entonces (¿hubo un entonces?) me vine aquí, me encerré en esta habitación, a salvo de mi mismo, dispuesto a encontrar un propósito y a cancelarlo inmediatamente a base de excusas y subterfugios. Ahora tengo un propósito, consiste en salir de esta habitación.
Pero no lo hago.
Pienso que estoy a salvo (dentro de este marco). Pienso que lo volveré a joder. Presiento tensiones en los límites de la percepción. Por un momento siento que todo es elástico, que la habitación empieza a estirarse y a encogerse, deformándose. Mi abuelo (ese no es mi abuelo) me sonríe desde la foto, los ojos ocultos en la sombra y el cielo hiriente y las nubes. Balbuceo. Esa es la historia de mi vida. Un continuo balbuceo ininteligible que nadie entiende. Nadie me escucha. Balbuceo de nuevo porque siento un dolor que viene de lo más profundo de mis tripas. Un balbuceo que quiere convertirse en grito. Entonces llega el estertor, una convulsión urgente que hace que vomite hasta vaciarme. El Universo se gira sobre sí mismo, mientras vomito sin cesar. Expulso mis vísceras, mi cabeza se voltea. Hasta la luz. Una cegadora luminosidad sustituye al dolor. Sigo sentado en el sillón en una habitación blanca y resplandeciente, aséptica como la de un hospital. Blanco suelo, blancas paredes, el techo (no, todavía no). El sillón es de piel negra reluciente, el cenicero está vacío, la estantería es de madera blanqueada, pulida con exactitud, demasiado robusta para sostener tan pocos libros. Una edición nueva del Manual del tornero-fresador y la colección Fauna recientemente encuadernada. Sopeso el manual con admiración. Lo abro y sus páginas están en blanco. Unos papeles caen al suelo. Son notas escritas a mano con un bolígrafo, llenas de borrones de tinta azul. El libro en blanco me horroriza, pero las notas ennegrecidas contrastan tanto con la habitación inmaculada que me los guardo en el bolsillo. Siempre ha habido sombras caminando junto a mí. Sombras que desaparecen cuando me giro intentando sorprenderlas. Las notas son una sombra atrapada. Pero la sensación de presencias acechando es continua. Me repito (por qué) como un mantra: “No debo mirar al techo, no debo mirar al techo, no debo”. En la cara de mi abuela se adivina una sonrisa, en la foto de mi abuela enmarcada sobre la estantería, en la foto de mi abuela tomando una fotografía en un día claro y brillante, bajo un cielo azul por el que las nubes. Hay sombras a mí alrededor. No debo mirar al techo. Me giro y  no veo a nadie. No miraré. De nuevo, justo en el límite de la visión. No voy a. Pululando por el suelo, mirando tras mi hombro. No.
Miro al techo.
Cuelgan como estalactitas viscosas los restos de cientos de comidas, todas mis tripas y mi sangre, gusanos y semen y mierda y toda, toda mi memoria. Penden a punto de desplomarse.
Todo anuncia un eminente desastre.
Salgo corriendo de la habitación.
Mi grito queda finalmente sepultado.


UNA NOTA

Hallada en un libro en blanco. Emborronada e ilegible.

Ayer, hace tres meses, hace mil años, por un momento sentí que comprendía el Universo de una forma tal que sólo la íntima unión con su esencia podía explicarlo. Fue un infinitesimal estallido de conocimiento absoluto que se desvaneció mientras era expulsado del agujero negro. Ayer o hace tres meses o hace mil años, no sé. El tiempo carecía de sentido mientras emergía del horizonte de sucesos, mi cuerpo era un filamento unidimensional sin pasado aferrado al borde euclidiano de la percepción, sin devenir, estático, inmutable. De qué forma ayer, hace tres meses, hace mil años, fui desinsaculado en mi habitación forma parte del misterio de la vida, de la sacra tradición del alumbramiento. Poco a poco mi conocimiento se ha ido degradando, como debe de ser. Las palabras, esas cautivas de la experiencia, vuelven a su estado de signos en la consistencia tridimensional. Aún conservo jirones de esa comunión total con el sentido del Universo, que se disipan incomprensibles y vacíos de significado. Ahora vivo y no tengo necesidad del misticismo impreciso que confiere el conocimiento total. Aprendo. Desde que fui escupido estoy olvidando.
Hace mil años, o tres meses, como si fuera ayer el grito que se introduce en la garganta, las huellas de los dedos grabadas en el marco de la puerta que recupera su forma desencurvándose como el resto del dormitorio, impulsado por el peso de mi cuerpo que se rehace desde su condición filiforme, reingresando en el doloroso espacio de los ángulos rectos, de los 360º totales e inmutables. Y en ese instante en que pienso “ahora dejo de ser” pienso al mismo tiempo como volviendo de un vacío sin cualidades “ahora empiezo a ser” se produce la consciencia del nacimiento, a mis cuarenta y tres años y la habitación reconfigurándose a mi alrededor en geometría inferible y soy y empiezo a olvidar y sé y empiezo mi camino hacia la ignorancia total.
Así nací: Invadido por la angustia que produce el zumbido decreciente que producía la singularidad en el centro de la habitación, me acuesto en la cama tragándome el grito de terror que la pesadilla me producirá y me quedo profundamente dormido. Me despierto agotado, con el cansancio sobre los párpados, me visto con la ropa gastada y sucia y salgo a cenar y pago al entrar en el restaurante y me conducen a una mesa desordenada plagada de restos y migas y poco a poco extraigo de mi boca pedazos de comida, trozos de alimento que deposito sobre los platos que los camareros retiran llenos, tragos de líquido que regurgito en las copas, hasta que la mesa tiene un aspecto pulcro y ordenado, la inmaculada perfección, y vuelvo a casa pensando en ciertas teorías que predicen que el fin del Universo supone una implosión que reunirá toda la materia en un único punto del espacio y siento el horror que atenaza la boca de mi estómago vacío y pienso que cuando llegue a casa leeré el libro sobre el fin del Universo para olvidar todas esas teorías y que borraré todo lo que escribo para que quede constancia para siempre: Mañana, dentro de tres meses o dentro de mil años. Nunca estuve allí. Siempre aquí, hoy.


EXTERIOR DÍA

Parpadea repetidamente cegado por la luminosidad (hiriente) del cielo azul. Cree haber atravesado una puerta pero a su espalda se extiende, frente a él se extiende, a su alrededor se extiende la devastación total. Un paisaje ruinoso sin fin, “como si una mano gigantesca hubiese barrido la superficie de la Tierra” pensaría si pudiera sofocar sus náuseas, los espasmos enloquecidos de su estómago vacío. Su traje (pantalón y chaqueta marrón, camisa blanca, una tenue corbata negra) está manchado de sangre y bilis y mierda, como restos de un tránsito doloroso. Pronto lo estará también de polvo y sudor. Empieza a caminar sin darse cuenta, sin otro rumbo que el de alejarse de la puerta que cree haber atravesado, como si tras ella se extendiese un largo pasillo recto que se perdiese en el infinito. Piensa en cortinas agitadas por el viento, en paredes ardiendo, en puertas con números dorados que se abren al lado derecho del corredor, en superficies heladas, en escaleras y archivos, en un cerdo antropomórfico que le persigue agitando papeles que sujeta con sus pezuñas y dice y en la memoria como cajones cerrados. Todo pesa, enfría y oscurece, guardado en cajones cerrados en lo más profundo de. Sus pies tropiezan en la superficie intransitable. El camino sobre las ruinas es otra ruina. El camino es un recuerdo inexistente. Tropieza y piensa “todo queda atrás”, piensa “todo está aquí”, piensa “esto es todo lo que queda”, tropieza y camina como un sonámbulo entre restos de edificios calcinados, vehículos corroídos, tuberías, hierros asomando del suelo. Tropieza y ese es el único sonido que puede escucharse. Se detiene y el silencio es abrumador. Piensa en un gigantesco erizo muerto bajo sus pies, en una cebra devorada por una horda de chacales hambrientos. Camina impulsado por el inexistente recuerdo de una pieza metálica pulida en el torno, en la perfección de su superficie que rompe el silencio a cada tropiezo. No piensa en nada. Camina instintivamente buscando la puerta que le saque de este escenario destruido. Su cuerpo se convulsiona cada cuatro o cinco pasos. Un espasmo terrible sacude su cuerpo. Pero el hombre está vacío. Gotea de sus labios un tenue hilo de bilis. Camina sin sentido. “esto es lo más profundo que me voy a llegar a conocer”, piensa, imaginando que camina por su interior, que la destrucción que le rodea es el vómito de sus tripas y que luego ha sido volteado como un guante y que “dentro es fuera, y siempre estoy en el mismo sitio”. La cabeza le arde. El mundo arde consumido a su alrededor. “Aquí estoy a salvo de todo” y camina y tropieza entre espasmos y cascotes, “excepto de mí mismo”. Piensa que ahora está al otro lado de la fotografía, del lado en que las nubes surcan el cielo (azul hiriente), pero camina bajo un cielo (inmisericorde) sin ninguna nube. Silencio y calma. Pero no el de la paz. El de la muerte. Tal vez en su bolsillo. Siente a través de la tela un rectángulo de papel. Una fotografía, cree. Unos papeles que cayeron de un libro en blanco titulado. Tal vez cree muchas cosas. Tal vez el sol le haga creer que no tiene memoria pero recuerda el techo como una masa pululante de excrementos y vómitos y sangre y semen a punto de desplomarse sobre él. “Si uno debe librarse de lo que pesa enfría y oscurece, todo eso debe quedar al acecho, esperando un falso movimiento que nos haga regresar”, piensa y sigue caminando y cree que avanza, que el camino que sus pies abre sobre los escombros le conduce a una revelación, nunca creyó en sendas espirituales, piensa, sin percatarse de la contradicción. La fiebre y la náusea son síntomas, el polvo y el sudor forman el aura del hombre que avanza hacia un estado superior. Pronto el cerdo aparece. El abrigo marrón agitándose a su espalda y los papeles en la mano. “Evidentemente no es eso”, acepta mientras le golpea con los papeles en la cara una y otra y otra y otra vez. “No es eso imbécil, no es eso”
Duerme estúpido presuntuoso.
Pero sus pies no se detienen.
No lejos de allí hay otro hombre. Desinsaculado de un vacío sin cualidades se ha sentido perplejo entre las ruinas. Luego lo ha olvidado. Lleva gafas y está casi calvo. Tiene más de cuarenta años pero siente que su vida acaba de empezar, ahora, entre los restos de la devastación. No cree haber atravesado puertas. No cree haber estado antes en otro sitio. Es posible que acabe de aparecer o puede que lleve ahí toda su existencia. Como si siempre. Como si no hubiese. Se ha movido instintivamente como obedeciendo a una rutina, ha rebuscado entre los cascotes, hasta encontrar bolsas de plástico, herramientas oxidadas y algo de alimento. Latas semi-oxidadas como obras de arte. Ha encontrado restos con los que hacer una fogata: Las maderas de una estantería, un sillón destripado, algunos libros mohosos. Ha visto arder fotografías consumiéndose en el fuego que ha creado con sus gafas y el sol. Anochece. El hombre se entretiene alimentando la hoguera. Entusiasmado en su juego no ve al hombre del traje marrón hasta que se detiene tambaleándose junto al fuego. Le saluda y agitando sus gafas y señalando el fuego farfulla con satisfacción “… convergencia…”. Sus palabras son un murmullo ininteligible del que brotan de vez en cuando claras palabras y frases inconexas que nada significan. El hombre del traje marrón se sienta junto a la hoguera.
Hielo, mierda, bilis.
El otro hombre dice “…judías con chorizo…”. El hombre del traje marrón se dobla convulsionado por la náusea. “Todo empieza de nuevo”.
Come… 3000 kilómetros en tierra de nadie… puedes atravesar en un día… arena… el calor como una lápida… come, come… genciana… una cárcel, la ciudad como una cárcel… observaba… panóptico… yo no puedo saber esto… cónclave… la playa en invierno… grupo familiar incompleto… bote de lejía… tiempo impresionado por un baño químico… cinco hombres… vuelan las balas… humo… los años… periferia… justo al borde del mar… el cielo pesado como la plata… émbolo… siempre he estado aquí… terraza con tiestos… gatos en el tejado… los cinco hombres fuman… humo… humo… las balas sobre años… vagos ávidos… atrapado en un pesado marco… necrológica… desinsaculado… bolsa de plástico… herramientas… un pez eventrado… no hay nada más… esta mañana estaba aquí… no hay nada más… come…
El hombre escucha aquel discurso gutural incomprensible observando los ostentosos gestos con los que el hombre acompaña su perorata, hundiendo los dedos en la lata de judías con chorizo calentada en la hoguera. Se siente mejor. Las náuseas parecen haber remitido. La oscuridad les envuelve. “Entonces hay un ritmo natural. Al día le sucede la noche y el dolor se sofoca comiendo. Tengo hambre, sed y sueño”, pensaría si el murmullo se lo permitiese.
“Todo pesa”, dice el otro hombre. La revelación le sacude. Mira al otro hombre con atroz intensidad consiguiendo que guarde silencio. “¿Dónde estamos?”, siente que es la primera vez que habla. El sonido se adhiere a su garganta, se arrastra viscoso por su boca y surge en la noche como un graznido, rasposo y profundo pero al mismo tiempo claro. “¿Dónde estamos?”, repite.
“… siempre he estado aquí…” dice el otro hombre agachando la cabeza.
“¿Qué lugar es este?”
… mañana estaba aquí…


CAMINAR

Al amanecer vuelven a calentar unas latas. Comen. “Hay que seguir caminando” dice el hombre. “… estado aquí…”, dice el otro hombre como resistiéndose, pero empieza a meter cosas dentro de las bolsas de plástico. “…dónde…”. “¿Hacia dónde?”. “…resplandor…”, dice agitadamente señalando a un punto cualquiera del horizonte. Los dos hombres caminan. El hombre del traje marrón delante, el otro, rezagándose continuamente, detrás. Avanzan en silencio. Bajo el sol (hiriente) hacia un resplandor incierto. Bajo el sol hiriente todo adopta una perspectiva insólita y hierros y tuberías y restos de edificios como pecios en un mar de destrucción. Caminan y sienten que atraviesan una puerta tras otra, rompiendo burbujas de silencio con sus pasos, sus tropiezos. Atraviesan burbujas de silencio. El otro hombre siempre ha estado aquí. Esta mañana estaba aquí. Siempre ha estado aquí, esperando entre las ruinas. Caminar es una experiencia nueva. Pero no hay más experiencia que la de hoy. Al despertar observó al hombre del traje marrón y lo reconoció como parte de su vida. Cada mañana el hombre estaba allí, esperando a que encendiese la hoguera con sus gafas, compartiendo la comida. Caminar es una experiencia nueva pero enseguida asume que siempre ha caminado, que esta mañana caminaba. Bajo el sol. Se retrasa rebuscando entre los escombros, llenando sus bolsas de plástico. Luego se apresura para seguir la obstinada determinación del hombre del traje marrón, que atraviesa una puerta tras otra, rompiendo burbujas de silencio, saliendo continuamente de habitaciones, hacia un resplandor incierto en un punto indistinto del horizonte. “Todo pesa”, se repite. “Todo pesa”, durante todo el día, mientras el sol se eleva y quema su cabeza y quema y quema sus pasos  y sus sombras y su respiración que arde, quema sus pasos que se suceden irracionalmente hacia un destino incierto. “Sombras caminan conmigo” piensa, girándose a la derecha donde cree atisbar movimiento. Nada. Silencio, burbujas ardientes de silencio que atraviesa como puertas.
Todo pesa. El hombre cree llevar en uno de sus bolsillos una fotografía que no se atreve a mirar. Pesa el sol, el cansancio y el miedo. La fotografía pesa y enfría como un enorme bloque de hielo. No se atreve a librarse de ella. Teme quemarse si la toca. Helarse. Su mano arderá. Se quebrará congelada. Pero no encontraría en ella nada de lo que vio en el otro lado (¿el otro lado?). Lo que espera encontrar, lo que le paraliza de terror, ha desaparecido o jamás ha existido. Pero lo que encontraría, si lograse vencer su, no sería mucho mejor. Tal vez únicamente un devastado espacio en blanco. Tal vez la fotografía muestre una multitud de espectros bulliciosos que se agolpan, luchando por aparecer en primer plano; fantasmas acechando en la oscuridad, pululando incansables, ansiando atravesar el marco, esperando que una mirada, una sola mirada les liberaría, se pose en ellos.
Caminar le ayuda a olvidar momentáneamente el peso del miedo alojado en su bolsillo. El recuerdo de, y el temor a, la inexistente fotografía se diluyen con el cansancio. El recuerdo y el temor es lo que le determina, lo que le impulsa a seguir avanzando a pesar del peso y el ardor y el temor. Huye de la habitación para que, con su marcha continua, distancia y tiempo, se convierta en un recuerdo lejano, pero a cada paso atraviesa la puerta, como quien rompe burbujas de silencio, con la fotografía que cree llevar en el bolsillo, como si siempre, atravesando un marco, rompiendo burbujas fotográficas que pesan y queman.
Atraviesa la puerta una y otra vez como si siempre, del mismo modo que el otro hombre siempre ha estado aquí, aprovisionándose, recogiendo alimentos enlatados y herramientas oxidadas, encendiendo fuego con sus gafas, agitando compulsivamente los brazos, farfullando advertencias. El hombre se gira. El otro hombre señala un promontorio lejano, “…resplandor…”, “sombras caminan conmigo”, dice el hombre y aún queda mucho y camina y atraviesa puertas de la mañana al atardecer y el otro hombre de nuevo farfulla y dice “… lentes…” mientras agita las gafas en el aire, “…mover…” y todas las burbujas se rompen de golpe y el cansancio pesa y quema y duele el hambre y la sed y la hoguera y las judías con chorizo como anticipo de una noche sin descanso. Pero hoy no. Hoy detienen sus manos que llevan a su boca la masa grasienta de judías con chorizo y se quedan contemplando la siniestra sonrisa del enorme koala que se ha detenido al borde luminoso de la hoguera y el torso demediado del cuerpo desnudo de una mujer que arrastra agarrado por los cabellos.


KOALA: ORIGEN

Lucio de 29 años de edad y Flora de 24 presintieron muchos días antes que el resto de personas que el desastre era inminente. Se abandonaron a una tristeza sin esperanza. Salían ocasionalmente al lavadero en la parte trasera del piso a fumar los pocos cigarrillos que les quedaban. Se sentían como pasajeros de una nave espacial flotando en el vacío. Rememoraban el espacio exterior como una traición. Pero sólo quedaban palabras y palabras y miedo y rabia. Aprendieron a contener la rabia, a transformarla en imposible paciencia. Imaginaban: “Veo desde nuestra órbita la caja del gato de Schrondinger. Algunas veces maúlla y otras no, es difícil saberlo”. “Oigo los ladridos de un perro comprimido en algún satélite experimental”. Exhalaban nubes de humo  contemplando el anodino paisaje de muros y antenas. Las palabras eran susurros consumidos por la culpabilidad. Ellos sabían. Ellos se amaban en silenciosa culpabilidad. Todo se acaba.
La película se inicia en una superficie violeta que refleja la luz. Aparecen los títulos. La cámara se aleja mientras estos se suceden mostrando que la superficie violeta es una semiesfera sobre una superficie gris irregular. Luego aparece otra semiesfera de cristal violeta, facetada, en medio de ellas una superficie negra y, luego, una sonrisa siniestra que ocupa toda la cara de una máscara de koala. Orejas redondas salientes.
Dirigido por.
Llueve.
Lucio y Flora fuman. Compartir los cigarrillos era como hacer el amor. En silencio, mirando la lluvia, sintiendo la humedad, sintiendo, Lucio, la rabia clavada en el pecho como un puñal, acelerando su respiración, tensando sus músculos. Flora le calmaba cuando en realidad ella tenía ganas de llorar. Nunca tendría tiempo de desmoronarse. Sólo había que esperar. Amarse y consumirse con cada cigarrillo. “Junto a ella puedo morir. Puedo morir. En paz”. Se amaban lenta y silenciosamente esperando que el crujido que pondría fin a todo les encontrase abrazados.
Morir.
Llueve.
Fuman en silencio observando los patios traseros de los otros edificios.
Llueve y la rabia y la desesperación.
Fuman de nuevo con la lluvia golpeteando sobre los tejados.
Una ventana frente a ellos. Un hombre con disfraz de koala cruza por ella. “¿Has visto eso?”. Ríen. El mundo está a punto de acabarse y ellos ríen.
La lluvia como presagio del fin. A quién le importará la lluvia y el agua y las cosechas y.
La ventana se convierte en un foco. Esperando ver de nuevo. Anochece. La habitación en el edificio de enfrente se tiñe de rojo. Una mujer desnuda. Sombras. “Están follando”. Ellos que se aman en silencio y en la oscuridad. Observan sintiéndose intrusos. Ven emerger el torso de la mujer que levanta los brazos, estirándose mientras aparta el pelo de su nuca. “Están follando”, dice él y ella “Vámonos”. La mujer en la ventana gira la cabeza de un lado a otro y luego desaparece dejando sólo la sombra de su espalda dibujándose en la pared. Un tumulto de sombras. “Joder”, dice él sorprendido. La silueta del koala ocupa toda la ventana. Luego aparece una linterna en su mano y se enfoca la cara para que ellos puedan verla. Una sonrisa siniestra, inhumana. La linterna les apunta, les enfoca desde el otro lado del patio. “Joder”, repite mientras reculan para entrar en casa.
Pasan parte de la noche atisbando en la oscuridad entre las rendijas de la persiana. La casa de enfrente permanece a oscuras. Agotados se acuestan y duermen.
Sigue lloviendo.
Hay una sutil escena, un alarde de fotografía, encuadre y movimiento de cámara, en la que sobrevolamos el patio mientras deja de llover y una tenue niebla se levanta durante la noche.
Luego un ruido brusco y un abrupto cambio.
Lucio despierta. El koala está encaramado sobre él agarrándole del cuello con una de sus manos mientras le golpea con la otra. Flora se levanta y el koala se vuelve contra ella. Un contundente puñetazo la manda contra la pared. Luego sigue golpeando a Lucio hasta dejarle inconsciente. Cuando se recupera ya es de día, está en su dormitorio, atado a una silla, amordazado, orientado hacia la ventana que da al patio, con las cortinas corridas y la persiana levantada. Desde esa posición debe ver inevitablemente la habitación al otro lado del patio.
El koala le saluda.
Alarga una mano y atrae hacia su mullido cuerpo a Flora, desnuda y amordazada.
Durante todo el día violará repetidamente a Flora ante los ojos de Lucio.
No llueve y la rabia y la desesperación.
Lucio se retuerce hasta que logra desatarse cuando la noche ha caído de nuevo.
Sale por la ventana, se descuelga por tuberías y salientes, recoge un palo mientras cruza el patio, trepa aprovechando cornisas y barandillas hasta llegar a la habitación roja.
Secuencia: Sobre una silla un disfraz de koala. En un sillón, tumbada, la mujer morena atisbada por la ventana la tarde anterior. Le sonríe con curiosidad. En otro sillón un hombre gordo, peludo, desnudo, con su triste pene flácido colgando, ronca. En la cama, en medio de un charco de sangre que el colchón ha absorbido, el cuerpo sin vida de Flora.
Lucio alza el palo y golpea tenazmente, sin descanso, una y otra vez, con una violencia brutal, la cabeza del hombre gordo. El palo se rompe. Se detiene. Jadea. Restos de sangre y cerebro, manchan su cara, su pelo, su cuerpo, sus manos, en sus labios. Escupe. Se pasa la mano por la cara. Escupe. Mira sus manos. Mira el guiñapo sanguinolento en el sillón, al patético y muerto pene del hombre gordo. Quisiera acabar, ya, de una vez. Que todo acabase, ya, de una vez. Que llegase el torrente de destrucción que limpiase toda esa mierda de sus manos. No tenía que acabar así, llora pensando en Flora, evitando la cama, llorando por él, mirándose las manos, llorando por todo. No debía acabar así. Oye a su espalda un ligero gemido. Como una risa contenida, como un ligero suspiro de placer. En el otro sillón la mujer morena se masturba. Su mirada parece enloquecida. Parece estar a millones de kilómetros de allí. Sin embargo la fuente de su placer proviene de la habitación. Para Lucio el escenario es irreal, como una pesadilla de la que no puede despertar. La mujer masturbándose, el hombre gordo con la cabeza destrozada, la cama, la cama. Algo está roto dentro de él. La mujer regresa de su ensoñación, mira a Lucio y le señala con un gesto de su cabeza el disfraz de koala sobre el respaldo de la silla. Algo está roto dentro de la mujer. El mundo no funciona. Tal vez ella también. Tal vez Flora y él no fuesen los únicos. Las señales subliminales de un final ominoso e inevitable destrozan el mundo antes que el final lo arrase todo. Ya nada importa. Somos marionetas con algo roto en nuestro interior, muertos sin voluntad, ya nada importa. La mujer repite el gesto y se vuelve a perder en mundos lejanos, la mirada desquiciada, sin dejar de acariciarse, con furia certera. Hay algo roto en su interior, algo irreparable desde hace tiempo, un castigo de locura desatada, una dependencia irresistible a la textura del peluche gigante. Y hay algo también roto dentro de Lucio, la inminencia y el dolor, la pena y la nada. La nada como una condena en la que hasta la locura está excluida. Sólo el estupor ante el vacío. Tal vez por eso obedece a la mujer y se pone el disfraz. O porque quiere ver el mundo desde los ojos del monstruo. O porque quiere apropiarse de la última mirada que se posó sobre Flora. O porque ya nada importa, nada importa, nada importa.
En cuanto la realidad apareció multifacetada y bañada en color violeta sintió que había cometido un error, que una miríada de zarcillos se extendían del interior del disfraz y se acoplaban a su piel, que se convertía en el motor de un demiurgo ciego y enloquecido, que su voluntad se debilitaba, que su ser se diluía, que se abismaba en un vacío sin cualidades, que se condenaba a explorar la nada por toda la eternidad, el dolor por toda, la pena.
Cuando la mujer deslizó la cremallera de la parte inferior del disfraz afloró, como un ariete combatiendo, un descomunal pene erecto que Lucio no pudo reconocer. Era su pene y no lo era, un desmesurado extraño acompañado por la punzada de un deseo animal, irracional, primigenio. Entonces la boca de la mujer y su sonrisa y sus pechos y su sexo.
Koala embestía desde atrás a la mujer agarrándola el pelo con la mano izquierda, obligándola a levantar la cabeza cuando un rumor sordo, creciente, arrollador y luego la luz, una luminosidad cegadora devorándolo todo a su paso y luego todo estalló.
Horas más tarde Koala se levanta de entre los escombros, en medio de una destrucción total. Tal vez sea el traje, pero no importa, no hay nada que entender ni que explicar. Se levanta y con él el polvo y los cascotes y los restos cayendo del disfraz como una cascada. Mira en todas direcciones. Desentierra sus piernas. Da un fuerte tirón con su mano izquierda y surge, como rescatado del fondo de un mar sólido, la mitad del cadáver de la mujer. Sujetado desde el cabello, la cabeza, un brazo, el tronco hasta la cintura. Los pechos se bambolean obscenos.
Koala empieza a caminar.


NO HAY NADA QUE ENTENDER

Nunca estuve allí. Siempre aquí, hoy. Caminando y rebuscando entre los escombros. Sigo al hombre del traje marrón, siempre le he seguido cargando con las bolsas de plástico. Siempre latas de judías y abrelatas y piezas oxidadas y mis gafas y la hoguera al anochecer y comemos y dormimos y entonces. La verdad está ahí, al alcance de la mano y luego se difumina con los primeros rayos de sol. El mundo está en calma. Caminamos y siempre caminamos y siempre aquí hoy latas de judías con chorizo y sol y bolsas de plástico.
(La realidad es la constatación brutal del presente. Si no estuviera allí, caminando bajo el sol, me preguntaría qué son esas bolsas que acarreo, qué son esos herrumbrosos fragmentos de un pasado que atesoro y acarreo)
(Ahora no estoy allí. Ahora tengo acceso a cada uno de los preciosos retazos que los primeros rayos de sol difuminan. Entonces pensaré que siempre he estado allí, caminando bajo el sol con mis bolsas de plástico siguiendo al gigantesco koala que arrastra el cadáver demediado de una mujer y camina siguiendo al hombre del traje marrón que camina doblado bajo el peso del miedo)
(Ahora, tumbado como sólo los humanos lo hacen, para dormir, para amar, para morir, sintiendo cada parte de mi cuerpo en contacto con la tierra, sintiendo el dolor y el cansancio y la corrupción de cada corpúsculo de mi ser, siendo en definitiva, siendo la degradación paulatina, la muerte en definitiva, siendo como nunca, como nunca antes, antes de la deflagración, antes de la disgregación, antes de la ruina y la podredumbre todo era ruina y podredumbre, era un continuo caminar hacia la muerte entre la podredumbre que era la vida)
(Un día me acerqué a la ventana y contemplé la calle olvidando todo el trabajo pendiente. Los clientes se agolpaban en la puerta y yo les ignoraba mientras calculaba distancias y mesuraba abismos. Intentaba una descripción mental de la disposición de los muebles del despacho ordenando una especie de inventario en el que los objetos presentes, mi sillón, la mesa, las sillas de las visitas, el archivador, el armario e incluso el tiesto, y luego cada una de las partes de estos, los utensilios sobre la mesa, la separación y forma de las patas de las sillas, hasta la miríada de hojas de la planta que languidecía, formaba un todo susceptible de ser representado, un todo que se derramaba por la ventana como si el exterior formase parte del despacho y lo mismo que podía desplazarme de la mesa hasta el archivador, un metro y medio hacia el lado derecho, pudiese lanzarme para llegar a la ventana del piso de abajo, y a la del otro piso y a la del otro y así hasta la misma acera de la calle donde las baldosas graban su relieve en mi cara antes de que esta estalle en mil pedazos sangrientos. Los ordenanzas entraban y salían precipitadamente con argumentos que no entendía. Los clientes se agolpaban en la sala de espera y se podían oír murmullos de descontento. La ventana no se abría. El jefe de departamento entró en mi despacho. Le comuniqué que la ventana estaba trabada mientras me esforzaba en descorrer los pestillos. No creo que me hiciese entender. No había nada que entender. Toda mi vida se podía resumir en un farfulleo sin sentido con el que convencía y subyugaba y seducía y me imponía a clientes, con el que maravillaba a mis jefes y con el que había ascendido dentro de la institución. Pero era incapaz de hacer entender al jefe de departamento que los ejes dimensionales se centraban en mí, que podía, con el simple hecho de pensarlo, colocarle de cabeza para abajo o de enterrarle en el tiesto o dejar que contemplase, mientras él buscaba un sitio donde agarrarse, cómo abría la ventana y me desplazaba caminando por la fachada del edificio, cinco pisos hasta la acera. Pero la ventana no se abría y él no llegó a entenderme. Me exigió que volviese al trabajo. Me preguntó por su bolígrafo extraviado; lo vi cerca de sus pies. Dije que no lo había visto)
(El hombre del traje marrón camina doblado por el miedo. No sé qué cree arrastrar. Algún día comprenderá que nada de lo que le pesa trata sobre él. Leerá mi odisea temporal y no logrará entenderla porque no hay nada que entender. Caminaremos hoy y hoy y hoy y hoy. Siempre he estado ahí. Lo sé)
(De la mesa al archivador un metro y medio; del archivador al tiesto, treinta centímetros, del tiesto a la ventana medio metro, de la ventana a las baldosas quince metros, de la acera a las ruinas un segundo, todo desplegado linealmente, sin aristas ni cambios de dirección. Una recta infinita cuya única restricción es que para ir de un punto a otro hay que pasar por todos los intermedios. De un estado al adyacente y de éste al siguiente. O retroceder) (Hoy es hoy es hoy es hoy es hoy) (Todo es consecuente pero no determinante, sólo en estos breves instantes fuera del tiempo, fuera del espacio, soy capaz de reconocerlo antes que los primeros rayos de sol)
(Koala se dirige a mí con voz cavernosa. Me pregunta qué pecado cometí. No pude abrir la ventana, le contesto)
(No podía abrir la ventana. Todos los esfuerzos fueron inútiles. Sudaba. Percibía el mundo como un plano en el que estuviese abolida la tercera dimensión pero no podía abrir la ventana, ni atravesarla. Volví a mi asiento. Vi en el suelo un bolígrafo. El bolígrafo perdido del jefe de departamento)


NOCHE JUNTO A LA HOGUERA, CADÁVER AL AMANECER

Koala se sienta junto a la hoguera ante la estupefacción de los dos hombres. Señala con su mano libre la lata de judías. El hombre del traje marrón duda un momento. Luego le da la lata abierta de la que estaba comiendo. Koala la sujeta entre sus patas. Hurga en el bolsillo derecho del disfraz y saca un tenedor, levanta la parte superior de su disfraz lo justo para dejar la boca libre y empieza a comer. La mano izquierda no suelta el pelo del cadáver. Come desaforadamente. Rasca con el tenedor el fondo de la lata hasta dejarla limpia. Se pasa la manga por la boca, baja la cabeza del disfraz de koala. Su voz suena espectral y profunda, pero extraordinariamente clara: Gracias, dice. Se tumba y poco después ronca. Los dos hombres se miran estupefactos pero la actitud de Koala les tranquiliza. Tal vez, en la oscuridad de la noche, alguno de los dos se despierte inquietado por el susurro que surge de la profundidad del disfraz. Escucharán un murmullo que recuerda al mar, a las noches de lluvia, a cigarrillos fumados a medias, una canción de amor y desesperación: “Je sais que tu sais que je t'aime”. Ninguno de los dos, impactados por la presencia de la gigantesca mole de peluche, ha reparado que el horror residía en su carga. Por la mañana observan con desconfianza, entre maravillados y espantados, los restos del cuerpo de la mujer que Koala arrastra. Ha sido un largo camino. El torso de la mujer finaliza a la altura del esternón. La blancura erosionada de las costillas asoma bajo la piel cuarteada y reseca. Es un cascarón vacío. Las manos han desaparecido rozando entre los cascotes. La cabeza es la parte que menos daños presenta, pero resulta espantoso observar aquella máscara grotesca de lo que algún día fue una persona. La boca abierta, los ojos vacíos. El polvo, el polvo, la suciedad incrustada en los pliegues resecos, en recovecos inverosímiles de la piel cuarteada. Koala actúa como si el cuerpo no existiese, como si no estuviese ahí, como si no tuviera nada que ver con él, como si no fuera su carga. Para Koala no existe nada fuera del traje. Aún así sigue a los dos hombres cuando estos empiezan a caminar. Pronto caminará detrás del hombre del traje marrón, seguido por el otro hombre que balbucea rezagado mientras intenta seguir el ritmo del obsesivo peso del que hay que librarse, de la nada que rodea a un disfraz de koala. El otro hombre parece ser el único consciente de la situación, el único capaz de saber a dónde se dirigen y de qué huyen. Porque él siempre estuvo ahí, esta mañana, junto al hombre del traje marrón y a Koala, su amigo Koala, siempre despertando los tres juntos, iniciando el camino hacia un resplandor incierto, allá, en un lugar impreciso del horizonte. Un lugar al que jamás llegará.


BOLÍGRAFO

Comparado con los bolígrafos que él solía usar, aquel era más pesado. La tinta era de un azul tan oscuro que simulaba ser negra, una ambigüedad, una discordancia entre la realidad (tinta azul) y la apariencia (tinta negra) que redundaba en el sentimiento de culpabilidad que le embargaba cada vez que escribía con él. El bolígrafo no era suyo, pero había decidido, desde el momento en que lo vio a los pies del jefe de departamento, que era justamente el bolígrafo que necesitaba. Después, cuando comprobó el peso inesperado del aparato lo creyó predestinado para él, como si en su interior, fluyendo entre la tinta, estuviesen todas aquellas historias que se resistían a ser escritas. Sentía, una vez sopesado, que cierta forma de destino, una forma más elaborada que el azar, una predestinación, aunque se negaba a creer en el determinismo que implicaba, aceptar la inferencia en la vida de emanaciones, en cierta manera superiores, o caóticamente ciegas que acabasen por hacer superflua cualquier decisión, había puesto el bolígrafo en la trayectoria de su mirada, invisible para el resto. No pudo abrir la ventana y luego lo vio ya inerte en el suelo, indiferenciado por todos, con los contornos definiéndose instantes antes de que él lo divisase.
Ahora, pesado, traza en el papel oscuros signos que van conformando palabras, frases, posibles historias. Pero un sentimiento de la culpa le impide continuar, la terrible sensación de haberse apropiado de algo que no le correspondía. Paradójicamente, no puede devolverlo. Quiere creer que no sabe si realmente pertenece a su jefe. Sería estúpido acercarse a él y preguntarle si lo ha perdido. Si no es de él la pregunta abrirá nuevos interrogantes que no se atreve ni a plantearse hipotéticamente. Si es de su jefe no podrá justificar que lo tenga en su poder desde hace tres días. Lo contempla posado en la palma de su mano. Ni siquiera es un utensilio elegante que despierte la codicia, un objeto lujoso que demande su posesión. No tiene ninguna marca grabada. Intenta abrirlo para ver el mecanismo interior, acceder al depósito de tinta para cambiarlo pero no encuentra la forma de hacerlo. Hermético, pesado, oscuro, el bolígrafo late en su palma ansiando el contacto con el papel. Empieza a escribir. Sigue un método aparentemente sencillo pero que denota una escrupulosidad casi maniática, numerando lo escrito, condensando ideas y acciones sin una extensión determinada, pero sólo permitiéndose la pausa en capítulos cuyo ordinal sea un número primo. Los números primos son gratos a los dioses. O eso cree. El sistema es sencillo; el inicio, tal vez una frase, o una idea que después, en un hipotético mañana, desarrollará, va marcado con un uno. El dos y el tres también son fáciles, no hay necesidad de una relación coherente con el número uno. De todas formas escribe: Uno: El bolígrafo era negro, de un tono mate que absorbía la luz de la misma manera que los apliques plateados la reflejaban. Dos: La tinta era azul, aunque de un tono tan oscuro que se confundía con el negro. Tres: El bolígrafo no es mío. El bolígrafo es mío. Pasar al cuarto punto supone un esfuerzo superior. Es preciso hacerlo de tal forma que permita acceder al quinto punto, donde podrá detenerse y plantear de qué forma abordar los puntos seis y siete, punto éste verdaderamente crítico y que precisará una concienzuda meditación. Después de la pausa del siete la próxima parada debería ser obligatoriamente la del once. Ocho, nueve, diez y once. La mayoría de las veces la narración se detiene en ese punto. Llegar hasta el once le dejaba tan exprimido que, en caso de alcanzar el trece se agotaba toda su inspiración. El nuevo vacío que aparecía entre el trece y el diecisiete solía acabar con sus intentos de ejecutar algo narrativamente digno. Sus historias podían ser, con este criterio, de siete, once o trece apartados. Nunca había pasado de allí. Esta vez sin embargo, el bloqueo llega mucho antes. En el cuatro, la contradicción que imponía la ambigua posesión del bolígrafo desarrollada en tres le impide continuar. El bolígrafo es mío, no es mío, soy del bolígrafo. La culpa pesa. Una culpa injustificada y persistente. No puede escribir. Su palma sudada. El peso del bolígrafo le obliga a sostenerlo de forma extraña. Distingue en su mano una mancha de tinta, que en su piel era, en contra de cómo aparecía en el papel, de un azul luminoso. Siente repentinamente la imperiosa necesidad de deshacerse de aquel instrumento que se adhiere a su mano, como si el sudor hubiese producido la emulsión del material de la superficie, creando una excrescencia pegajosa. Y al mismo tiempo sabe que no puede hacerlo. En la boca del estómago crecía una urgencia como un rumor sordo que preludiaba la náusea que arrastraba biliosa toda su impotencia. Cogió los papeles que había escrito y los guardó entre las páginas de un viejo manual. El bolígrafo en el bolsillo de la camisa.


FOTOGRAFÍAS

Recuerda la imagen de aquel viejo cómic. Mientras camina bajo el sol recrea la viñeta, la fatídica avioneta que se cierne sobre los héroes que acaban de descubrir el determinismo que mueve todos sus actos. Entonces, se pregunta el enmascarado, ¿qué opciones tenemos?, y de su mano se desliza hacia el suelo, indolente, planeando, lentamente, un As de picas, y, a su espalda, el avión inicia un giro para encarar sus ametralladoras, y su compañero apresta el arma, y un grupo de gente se acerca saludando en un idioma extraño, y el mar bate sus olas con furia, y una gaviota alza el vuelo, y un paso tras otro, sin principio ni fin, contempla el cielo furiosamente azul, dolorosamente luminoso, una luz injuriosa que reseca la tierra y las pupilas y ve, como surgiendo del arco del horizonte, la estela del avión.
Pero no. Polvo levantándose entre las ruinas. Algo avanza hacia ellos. Le pide a Koala los prismáticos, pero no consigue ver más que la nube de arena afilándose mientras se acerca. Polvo entre las ruinas, en el viento, entre los dientes. Luego desaparece. “¿Has visto algo?” pregunta Koala, el hombre niega con la cabeza y devuelve los prismáticos al peluche que los introduce en su bolsillo derecho, un abismo sin fondo del que es capaz de extraer las cosas más inverosímiles. Koala apura la pausa. Se cansa rápidamente. No está acostumbrado a este ritmo febril y obsesivo que marca el hombre del traje marrón. Estas últimas semanas ha caminado trechos cortos, deteniéndose varias veces al día. Se sentaba con las plantas de sus patas apoyadas una en la otra, la espalda erguida, el brazo izquierdo estirado y el torso de la mujer frente a él. Como un pescador paciente aguardando bajo el sol. Ni siquiera es consciente de que el peso del cadáver ha ido disminuyendo día a día, erosionado y vaciado por le camino, sí, pero útil todavía. Como un pescador paciente con un trozo de tubería en la mano, esperando en silencio en su burbuja pestilente (sangre, sudor, sesos y mierda y orina y semen) dentro de la otra burbuja pestilente que crea el cuerpo en descomposición que arrastra. El mundo exterior queda fuera de sus burbujas protectoras, no hay nada aparte de él y su podredumbre, física y moral. No hay moral que valga ahora, no hay convención social que tenga validez, sólo instinto y supervivencia y necesidades básicas. Pacientemente aguardando a la rata más gorda de las que acuden a mordisquear el cadáver. Un pescador en un mar de escombros da un golpe certero con la tubería. Luego hurgaba en el bolsillo derecho hasta encontrar la navaja, arrancaba la piel del roedor, destripaba al animal con gestos precisos, levantaba su máscara y comía la carne cruda aún palpitante. Entonces, entre arcadas, Lucio era consciente de la dicotomía. Todos aquellos gestos, aquella metodología maquinal que le permitía seguir con vida era algo que no le pertenecía y contra lo que no podía luchar. No le quedaba otra opción que dejarse llevar encerrado en la asfixiante cárcel de piel sintética. Cantaba entre lágrimas: “Nuestras almas no conocen el reposo vida mía / pero si hay algo cierto es que te quiero un mundo entero con su belleza y fealdad”. Se sentía como un ente dividido en perfectos duplicados que adquirían atributos opuestos. Luz y oscuridad. Cansancio y tenacidad. Conocimiento y vacío. Voluntad y vacío. Determinación y vacío. Ser y apariencia. Luego volvía a abismarse en las entrañas del disfraz de koala y el ser era al mismo tiempo la apariencia. Calor y hedor. Ni siquiera le quedaba el consuelo de la memoria y el llanto. Era la máquina de la que surge dios, el supremo artificio. El hombre encerrado era un simple motor gastado y cansado, obligado a aferrarse al último signo de humanidad por inhumano que éste fuese. Nada sin su opuesto. El mundo como una representación carente de voluntad. A veces, mientras caminaba tras el hombre del traje marrón, balanceaba el cadáver de la mujer como una macabra reivindicación. Sí, ¿pero de quién?, se preguntaría un espectador. Y entonces reparando en la inamovible mueca siniestra de la máscara, uno pensaría que en esos momentos su sonrisa se ensanchaba satisfecha.


PRUEBA DE BOLÍGRAFO

No se trata de la muerte del lector. Se trata de su imposibilidad, de su inexistencia. No ahora, mientras escribo, pero sí ahora, caminando tras el koala tras el hombre del traje marrón. Todo lector ha sido borrado del mundo. Resta la devastación y en ella no hay lugar para un potencial lector futuro. Y si lo hubiera, si resurgiera un lector entre la aniquilación total, aquellas, estas, hojas garabateadas con una pesada tinta azul, aquel, este, manuscrito lleno de manchas azules, este papel no resistirá el paso del tiempo. El texto entra dentro de los posibles textos que las permutaciones de grafías permiten. En un lugar recóndito e inexistente devorado por las sombras existe. Pero no aquí, ni ahora, ni allí, tras. El texto, al igual que el lector, no tiene posibilidades de perdurar. El autor irrumpe quebrando la flecha temporal, expulsado de un vacío sin cualidades, revertido y desinsaculado. Es. Sobre el espacio y el tiempo, pero dependiendo del espacio y el tiempo. Es. Se demora en instantes precisos de su devenir para sujetar el bolígrafo negro que resbala de sus dedos para escribir que el mundo es plano, el tiempo es plano. Que puede salir por la ventana y caminar por la fachada sin precipitarse, sin el viento, sin las baldosas. Que puede regresar de la cena de ayer y dejarla intacta en el plato. Que tiene su bolígrafo, su bolígrafo y que al mismo tiempo encuentra el bolígrafo en el suelo y que lo ve en el bolsillo de su jefe de departamento. Que éste entra en su despacho y él forcejea con la ventana que no se abre porque pertenece a un plano sin altura y el jefe dice, un magnífico bolígrafo, tengo en mi despacho a unos clientes a los que encantará firmar los documentos con un utensilio tan elegante. Que dice utensilio sin ruborizarse y que él sabe que en el discurso del jefe hay un velado reproche hacia su conducta, desatendiendo sus obligaciones forcejeando con una ventana que siempre ha estado cerrada. Que el jefe plantea su disconformidad planteando el mundo exterior a la oficina como un escenario inexistente que puede ser destruido o cambiado por cualquier otro que lo verdaderamente importante y trascendente ocurre dentro de las oficinas, que el mundo se decide en las oficinas. Que el jefe vuelve a preguntar obsequioso, como desviando la atención sobre lo anteriormente dicho, si le puede prestar el bolígrafo. Que sí, por supuesto, es suyo, le dice él, convirtiendo sus palabras en algo más que una frase hecha lo cual le llena de una perversa satisfacción y le permite volver a la ventana y se palpa el bolsillo de la camisa y allí está el bolígrafo. Que está en el final, no mientras escribe, pero también mientras escribe, por eso siempre estará allí, en el final, en un día indistinguible de otro, para siempre, desde siempre. Que evita el final. Que puede ir y volver y ayer y mañana. Pero descubre, escribe manchándose las manos otra vez, que no tiene a dónde ir, que a fin de cuentas no hay un tiempo en el que se pueda detener. Así que allí, siempre allí. Y todo pérdida y fracaso y dolor y olvido. Menos hoy y hoy y hoy, acarreando bolsas de plástico llenas de latas de judías. Escribe “Como un perro”. No se trata de la muerte del lector. Se trata de su imposibilidad, de su inexistencia. De la inexistencia de la escritura.
Pero aún queda una posibilidad, tal vez quede un futuro lector, un único y desolado lector que pueda, sí, algún día, después del metal avanzando rectilíneo hasta su ojo y después nada, oscuridad más allá de la eternidad. No le gusta ese día, no lo suele frecuentar. Pero piensa, como una revelación más allá de lo que le es permitido saber, que hay un lector fuera de su oscuridad y su nada.
Escribe: “Una fotografía…”

“Una fotografía, un instante suspendido en el tiempo, una imagen de alguien que no es mi abuelo, porque nunca lo fue, porque sólo es un impreciso reflejo de un segundo plasmado como voluntad de representación. Una estática ficción. Un zafio remedo de inmortalidad. Pero ni siquiera apelando al persistente egoísmo genético puede sostenerse el artificio, se desmorona entre los dedos como se difumina a través de anquilosadas sinapsis el tenue recuerdo. Por el camino de la luz vuelve el polvo al polvo esfumándose píxel a píxel. Y, aún así, conservo la fotografía de una esencia sin ser, de una doble negación que no afirma necesariamente que mi abuelo fuera, negación de la existencia de alguien que no era. Estaba. Frente a la cámara, una fría mañana, con su sonrisa imprecisa y los ojos perdidos en la bruma del extravío que avanzaba detrás del retratista (yo mismo, quizás, el nieto que no era, que no recuerda ahora sus dedos ateridos sujetando la cámara, quizás mi abuela y, entonces, yo nunca estuve allí), presagiando el estupor del último encuentro otra mañana (y maldita sea si recuerdo la temperatura de aquel día, a tantos kilómetros, tan lejos ya de la ficción familiar), la última mañana.
Leyenda a pie de foto: Incluye nombre, fechas del inicio y final de su tránsito por este mundo, los lugares que visitó y lo que hizo en ellos. Hay un respetuoso espacio en blanco que debería poner, tus bienamados hijos y nietos, etc. Tengo que decir que mi abuelo fue un hombre extremadamente valiente. Nunca le arredraron los campos de batalla, ni los territorios sin explorar. Surcó ríos que, aún hoy, no figuran en los mapas, llegando hasta sus fuentes cubiertas perennemente de sólida niebla. Se enfrentó a lo desconocido, a la maldad del ser humano y a la muerte, y siempre salió victorioso. Solía decirme que no había nada en este mundo que lo inquietase. Nada salvo un dolor de muelas. Por eso cuando tuvo su primera y única odontalgia fue al dentista y le exigió que le arrancase toda la dentadura y le pusiese una dentadura postiza. Así era mi abuelo. El abuelo que nunca tuve, pero que se convirtió en esa persona. Una falsedad redundante que le alcanzó una mañana (si pudiera recordar), en el lavabo, frente al espejo, en la forma de un viejo desdentado desconocido que le miraba con idéntica perplejidad. La bruma del extravío le alcanzó al fin, puso un velo gris frente a sus ojos, perpetuó su sonrisa imprecisa. Y murió. Murió de aburrimiento contemplando su reflejo corroído por la metástasis del olvido, que incluso le negaba el dolor de su propia consunción. Lo cual, a fin de cuentas, resultó un triunfo. Un triunfo contra el dolor de la muerte.
La conveniente ausencia de memoria le alcanzó mucho antes de esa gélida mañana de la que sólo queda un tenue temblor en la imagen. La enfermedad le privó de sus ríos, sus tierras incógnitas, sus barrizales plagados de muertos tras el combate. Pero también le ahorró la confesión de la falacia de su vida, su imposible paternidad, la ficción de familia con la que se rodeó tras su fuga, abandonando a su mujer, recalando ventajosamente en los brazos de mi abuela embarazada de tres meses. La guerra. Mi abuelo, el hombre que no era mi abuelo porque nunca lo fue, no temía la guerra. Simplemente la eludió ocultándose tras la puerta de un matrimonio de conveniencia. Si algo le molestaba sencillamente lo arrancaba de raíz.
Aquella mañana, después de la fotografía, el hombre que siempre fue mi abuelo se perdió en la infinitud especular que frente a él se mostraba. Quizás tuvo un atisbo de lo que era, de lo que había sido. Contempló a aquel viejo desdentado que le miraba desdeñoso desde el otro lado. Le odió. Arrancó su reflejo de su vida y murió”.

Se guarda el bolígrafo en el bolsillo de la camisa.


SUEÑO Y CAMINO Y CONVERSACIÓN Y ENFRENTAMIENTO

Camina bajo el sol en un día indistinguible del siguiente del anterior (acaso ya siempre es hoy, siempre he estado aquí y tal) arrastrando la aridez, la culpa de la destrucción (como si), la fotografía, en su marco, dentro del bolsillo, el peso del pasado como una culpa que deba purgarse, el pesado lastre de la pesadilla que se adhiere pegajosa a su memoria, un viscoso recuerdo que le ahoga. Lo sintió. Sintió la pesadilla y el camino y la fotografía y los pasos de quienes le seguían como una carga imposible de arrastrar. Sus pulmones se henchían buscando aire. Una sensación antigua pero siempre agobiante, imposible recordar cuando había ocurrido con anterioridad fuera de este permanente hoy. A todos los efectos era como si fuera la primera vez. Entonces, por primera vez, era consciente de esa sensación que le ahogaba y parecía inundarle los ojos de lágrimas. Uno, dos segundos y la sensación física desaparecía dejando tras de si la intensa impresión de que algo en su vida no funcionaba correctamente, como si atisbase posibles mundos y añorase, con una conciencia que no le pertenecía, aquello que no iba a tener jamás, lo que no era, lo que no ocurría. Y sin embargo seguía respirando. Pero no hoy, en este interminable hoy, con el lastre del sueño del pez:

Hay una pecera y dentro una enorme carpa. Aparecen dos hombres y una mujer. El vínculo entre ellos no está definido, pero existe una evidente tensión sexual que permite adivinar que en caso de que el sueño continuase la relación devendría pornográfica. Pero en vez de eso el sueño termina con un perro que olisquea con repugnancia el cadáver arrojado al suelo de la carpa cubierta de engrudo para empapelar. El hombre bajo intenta abrazar y manosear a la mujer que le evita con manifiesto desprecio mientras busca el contacto con el hombre delgado que trabaja parsimoniosamente junto a la pecera. El hombre bajo y la mujer se mueven frenéticamente incomodándose mutuamente, por lo que el hombre delgado, que vierte la cola en polvo dentro del agua, se convierte en una especie de mástil al que los náufragos de deseo intentan aferrarse. El hombre delgado ajeno a los movimientos de sus compañeros continúa vertiendo el preparado dentro de la pecera, agitando con un palo de madera metódicamente la mezcla que, poco a poco, va espesándose. El pez abre y cierra la boca compulsivamente, hay cierta desesperación en los esfuerzos espasmódicos con los que intenta filtrar algo de oxígeno en la sustancia viscosa que se va haciendo más y más densa. Luego su cuerpo gira inerte impulsado por la agitación del palo.
Un gemido de perversa excitación surge de una de las gargantas. ¿La mujer, quizás?
Y luego el perro.
El hombre delgado es él. Y disfruta con su perversidad. Pero no ahora, no bajo el sol, entre las ruinas, seguido por el apestoso Koala y por los balbuceos del otro hombre. Sin embargo hay un resto de insano deseo sexual alojado en su escroto, ascendiendo por sus tripas. Es un enfermizo deseo que incluso puede olerse, que le dilata las fosas nasales, que le reseca la boca, que le hace lagrimear. Que le deja sin respiración.
Se detiene, boquea mareado, taquicárdico. Los otros dos le alcanzan y se sientan junto a él. El otro hombre inicia un discurso balbuceando espasmódicamente. Koala traduce.
Caminamos sobre la textura de los mapas. Sobre las imperfecciones microscópicas del papel. Somos puntos sin dimensiones atraídos por una singularidad. Los números primos son gratos a los dioses. Somos tres, no somos tres. Nuestro peso nos delata. Marca la profundidad de nuestras huellas en la textura de los mapas. No podemos liberarnos. No somos tres. Uno acarrea la memoria de otro. Uno acarrea la voluntad de otro. Los números primos son gratos a los dioses y por eso el fin está cerca. Porque no somos tres y somos tres. No sé qué hay después. Una oscuridad sin fin. Podría, no podría, no puedo hacer nada salvo la negrura sin atributos tras el frío metal. No tenemos voluntad. Estamos siendo engullidos por la misma esencia de la realidad. Por la inmutable persistencia del tiempo. No podemos más que. Un paso tras. El centro del universo es un pez eventrado sobre la tapa de un piano (El hombre del traje marrón se estremece). En una de las versiones es un lugar de peregrinaje oscuro y siniestro controlado por personas que se automutilaron. Hay varias versiones. No importa. Ahora (hoy y hoy y hoy y) sólo masas reclamadas por la singularidad. Llamadla agujero negro o destino. No podemos desfallecer. Aunque el fin esté cerca. Mi fin. El mundo pesa, el pasado es una carga. Si pudiésemos (el otro hombre deja de hablar, se pasa la mano por la cara, agotado y sudoroso) si pudiésemos captar la tercera dimensión, si dejásemos de ser puntuales, sin atributos, sin más que el presente, podríamos captar la trascendencia de nuestra misión…
Koala se detiene, se ríe, perdón dice, no puedo con esto.
Yo soy dos, piensa.
No puedo aguantar más esta mierda, dice la sonrisa siniestra de la máscara.
Yo soy dos, dice Lucio.
Cállate, ruge la voz de Koala. Del interior del traje surgen zarcillos que buscan las terminales nerviosas de Lucio, insertándose bajo la piel, estimulando el dolor. Yo soy dos. Dolor. Convulsión. Un grito ahogado bajo el disfraz. Yo… soy… Dolor. Los dos hombres contemplan como Koala se retuerce absurdamente, agitándose, luchando contra sí mismo.
El fin se acerca, dice el otro hombre.
Cállate, grita Koala, tal vez a Lucio, tal vez al otro hombre. Parásito, balbucea Lucio. Dolor. Cállate, …se acerca el… calla, calla, calla, no aguanto más esta mierda, no eres nada sin mí (dolor, dolor, dolor) (grito) los números primos, cállate imbécil, qué hiciste con Flora (grita, grita, grita, entre el dolor y la pena) qué hiciste con Flora, hijo de puta, tú la mataste, cállate, no aquel tipo gordo, no, cállate (dolor, dolor, dolor) fuiste tú parásito, tú la mataste, …peso nos delata… cállate, no aguanto más tu verborrea sin sentido… nunca… cállate, devuélveme a Flora (grito, dolor, lágrimas) cállate, Flora (grita, grita, grita) cállate,… es el fin.
Es el fin, dice el otro hombre sacando el bolígrafo del bolsillo, saltando sobre Koala, buscando la juntura entre la cabeza y el cuerpo, clavando el bolígrafo en el cuello de Koala, en el cuello de Lucio.
Pausa.
Koala lleva su mano derecha al bolígrafo. Se detiene dudando. Arremete contra el otro hombre golpeándolo con el cadáver que se desmenuza con el impacto. El otro hombre se protege con los brazos. Koala mira los restos de cabello que han quedado en su mano. Se los sacude. Salta sobre el otro hombre y lo agarra del cuello. Caen al suelo. Con las rodillas sobre los hombros del otro hombre, oprimiendo su garganta con la mano izquierda, Koala rebusca en el bolsillo derecho. Saca una navaja.
Ahora, piensa el otro hombre.
Abre la navaja.
La oscuridad.
La clava en el ojo del otro hombre.
El metal avanzando rectilíneo hasta su ojo y después nada.
Nada.
(El hombre del traje marrón contempla la escena sin inmutarse, como si todo estuviese ocurriendo a mil años de él, o proyectado en una pantalla, o como si no le importase en absoluto)
Con un brusco gesto Koala se arranca la cabeza del disfraz que rueda por el suelo hasta los pies del hombre del traje marrón. Es Lucio. Se arranca el bolígrafo del cuello. Sangra. Busca en el bolsillo derecho algo para detener la hemorragia. (Véase Lista) Los pañuelos se empapan enseguida. Lucio busca en el bolsillo izquierdo. Su mano al fin libre rebusca sin encontrar más que una marchita masa que contempla. Entiende. Todo se inmoviliza. El corazón de Flora reposa en su mano abierta mientras la sangre mana de su cuello, fluye viscosa ennegreciendo el suelo.
Lucio se deja caer de rodillas sobre la mancha de sangre, junto al cuerpo del otro hombre. Tal vez llora sobre el corazón de Flora, pero no hay nadie para verlo. El hombre del traje marrón ha recogido la cabeza del disfraz de Koala, se la ha ajustado sobre la frente, se ha dado la vuelta y se ha puesto ha caminar. Sobre las ruinas, hacia la Cúpula.


EL ÚLTIMO TEXTO

No hay camino. Una nube de polvo entre dos puntos cada vez más próximos. Avanza ladeado por el peso de la fotografía en su bolsillo, por el peso de la lluvia en la imagen en la que su abuelo (este no es mi abuelo) ha desaparecido dejando tras de sí un cielo negro y relámpagos y espectros acechando. La textura del mapa se corrompe a cada paso. Un punto negro con traje marrón acercándose a un agujero en el mapa que marca la ubicación de la Cúpula. La luz del atardecer reflejada en los cristales hexagonales de la geodésica le ciega y le marca el camino. Los detalles de la destrucción le devuelven a la dimensión correcta. No somos puntuales, no somos peces planos, no estamos encerrados en fotografías, piensa mientras percibe los cristales destruidos y los hierros retorcidos y los restos de la explosión y los primeros cadáveres cuando entra en el interior, y los muebles y las paredes y la muerte y la destrucción. Avanza apartando los restos con los pies, esquivando las columnas derruidas y las plantas ornamentales desarraigadas y los cuerpos destrozados y los cables desparramados y los cascotes y las tuberías rotas de las que aún puede extraer unas gotas de agua.
Todo está acabando.
Al final está el espejo. Nueve o diez palabras más, pero el espejo. El hombre del traje marrón camina entre los escombros sin darse cuenta, o quizás todo haya ocurrido a causa de, que es más sencillo avanzar por unos lugares que por otros. Como si las entrañas de la Cúpula lo dirigiesen por puertas que se abren y pasillos limpios y escaleras intactas y salones transitables. Siempre descendiendo. Encuentra cadáveres que le señalan la dirección que debe seguir con un brazo extendido o que miran hacia el pasillo correcto con ojos a punto de desorbitarse. Hay cuerpos hinchados o con las entrañas desparramadas que le invitan a retroceder. Creería adivinar pistas y señales y un sentido en todo ello, prevenirse, si acaso, o decidir dejarse llevar si no fuera porque han vuelto la náusea y la sed y el hambre y el peso de la mierda y el de la fotografía como un lastre y todo aquello que oscurece. Y pesa. Pero ni el frío de todo lo que acarrea le puede librar del calor que enrarece el aire. El final ante el espejo preludia una oscuridad que se multiplica en el vacío y hacia allí camina. Estoy muerto, pero no ahora. La frase, la frase de otro (mi frase) se le clava en el fondo de la cabeza, como un mantra insano. Piensa repetidamente estoy muerto (pero yo estoy muerto, no ahora, pero estoy muerto), estoy muerto, estoy muerto y sus pies le arrastran hacia una claridad cegadora. Una puerta de cristal le conduce a un enorme patio de luces rectangular, lleno de ventanas, en cuyo centro se alza una interminable escalera que parece alcanzar el cristal de la cúpula a través del cual se filtra (inmisericorde, hiriente, cegadora) la luz solar.
El patio es un horno.
Oímos su voz (cuánto tiempo, alguna vez) murmurando mientras su pie se posa en el primer escalón: estoy muerto.
Los peldaños arden, la barandilla arde, las cuatro puertas cerradas que hay en cada descansillo parecen contener un infierno en su interior. Estoy cansado, ya hemos estado aquí antes, no quiero seguir describiendo, no ahora que aún tengo tiempo y no estoy muerto (aunque ya esté muerto). Quiero descansar ahora. No ahora que estoy muerto. Ahora. No ahora que estoy muerto mientras el hombre del traje marrón asciende y asciende y asciende. Ahora. No ahora mientras el hombre del traje marrón intenta abrir cada una de las puertas ardientes. Ahora, anhelando el espejo y el fin y el descanso antes de morir. Una puerta se abre. Ya hemos estado aquí antes. Un  largo pasillo a la derecha de la puerta y bla, bla, bla, y el sillón y lámpara y la estantería y un cenicero y un vaso con agua putrefacta y un paquete de cigarrillos que alguien olvidó y ya hemos estado aquí y el hombre del traje marrón enciende uno y la náusea y el humo y el recuerdo como náusea, volátil como humo y ya hemos estado aquí empapados de mierda y sudor.
Ya casi estamos.
El hombre del traje marrón palpa el bolsillo de su chaqueta. Tal vez la estantería y la foto de nuevo en su lugar y se cierra el círculo y nos vamos de aquí. Extrae el peso de la culpa y el miedo y el pasado. Descubre entre sus manos un montón de folios cuidadosamente plegados, emparedados entre dos trozos de cartón cuidadosamente recortados y sujeto todo con unas gomas elásticas. Despliega los folios uno a uno, alisándolos en su rodilla. Es tan sencillo terminar. Lee:
“Dispongo las cosas de forma que cada vez que tengo un firme propósito las circunstancias me lo impidan”; “Caminan y sienten que atraviesan una puerta tras otra, rompiendo burbujas de silencio con sus pasos”; “Pero sólo quedaban palabras y palabras y miedo y rabia”; “Caminamos sobre la textura de los mapas”; “Los números primos son gratos a los dioses”…
No es esto, murmura, ¿dónde está la fotografía? Indignado arruga los folios. Grita, ¿dónde mierda está?, se levanta y entonces lo ve, al fondo del pasillo, más allá de la puerta, un enorme cerdo con traje marrón que le contempla con unas hojas arrugadas en la mano, cabrón, musita. Es posible, quizás, tal vez, que más me da, no me importa nada, hace tiempo que estoy muerto, no me interesan los motivos por los que el hombre del traje marrón se abalanza sobre la figura animal. Deseando terminar y aterrorizado y suicida corre por el pasillo hasta entender el espejo y la máscara de koala sobre su frente y su propio traje aleteando tras de sí. Golpea con los folios su imagen diciendo, “No es eso imbécil, no es eso”.


LISTA

Derecho: Navaja, sacacorchos, prismáticos, bote de gel lubricante, tenedor, cortaúñas, llavero con tres llaves, pequeño mando a distancia, varias monedas, recibo de supermercado, paquete de pañuelos desechables, dos chicles, caramelo de menta, lápiz, mechero, goma de borrar, pila alcalina AAA agotada, pinza de tender, abrazadera metálica, página recortada de una revista de divulgación conteniendo un artículo hablando sobre números primos y encriptación, en la parte posterior del recorte puede verse parte de una fotografía en la que unos chacales devoran el cadáver de una cebra, teléfono móvil con la batería agotada, gafas, espejo de mano…
Izquierdo: Corazón reseco de Flora, arrancado aún palpitante…


Javier Avilés Viaplana
L’ Arboç, julio de 2009





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