ENRIQUE VILA-MATAS
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EXTRAÑA FORMA DE VIDA (1997)
Pessoa
EDICIÓN ORIGINAL Y TRADUCCIONES
Extraña forma de vida. DeBolsillo, marzo 2013
Biblioteca Vila-Matas
DeBolsillo, marzo 2013

Extraña forma de vida
Barcelona, Quinteto, 2008
Q 286
Extraña forma de vida
Barcelona, Anagrama, 1997
Narrativas hispánicas, 218

FRANCIA
Étrange façon de vivre, Francia
Étrange façon de vivre
Christian Bourgois, 2009
Trad. André Gabastou
FRANCIA
Étrange façon de vivre, Francia
Étrange façon de vivre
Christian Bourgois, 2002
Trad. André Gabastou
FRANCIA
Étrange façon de vivre, Francia
Étrange façon de vivre
10/18, 2003
Trad. André Gabastou
PORTUGAL
Estranha Forma de Vida, Portugal
Estranha Forma de Vida
Assírio & Alvim, 1995
Trad. Jose A. Baptista

ALEMANIA
Die merkwürdigen Zufälle des Lebens, Alemania
Die merkwürdigen Zufälle des Lebens
Nagel & Kimche, 2002
Trad. Petra Strien

RUSIA
Extraña forma de vida, Rusia
Такая вот странная жизнь
Inostranka, 2005
Trad. Наталья Богомолова

BIBLIOGRAFÍA
  • Aguado, J.A., “Espiar por el ojo de la cerradura”, Diari de Terrasa, 20 de febrero de 1997.
  • Alía Arreche, Jaci, “Una pequeña joya”, Anikaentrelibros, enero 2014.
  • Alonso, Santos, “El novelista mirón”, Reseña, 282, abril de 1997, p. 29.
  • Ayala-Dip, Ernesto, “El intimismo de Vila-Matas”, El País, 22 de febrero 1997, p. 11.
  • Cervera, Alfons, “La larga noche decisiva”, Levante, 28 de febrero de 1997.
  • Domene, Pedro M., “Extraña gran inventiva”, Diario Córdoba, 17 de abril 1997, p. 39.
  • Domene, Pedro M., “Extraña fabulación”, Ideal, 17 de mayo, p. 6.
  • Dorndorf, Johannes, “Der Autor als Spion”, Hannoversche Allgemeine Zeitung, Hanover, 13 de septiembre de 2002.
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  • González, Aurelio, “Extraña forma de vida”, Lateral, 17, abril de 1997, p. 17.
  • Lacuesta, Iñaki, “Vides estranyes de Vila-Matas”, Diari de Girona, Girona, 7-9-1997.
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  • Masoliver Ródenas, Juan Antonio, “Una calle melancólica”, La Vanguardia, 28 de febrero de 1997, p. 42.
  • Masoliver Ródenas, J.A., “El privilegio sobre la imaginación”, La jornada, México, 4 de enero de 1998, p. 18.
  • Masoliver Ródenas, J.A., “Héroes de nuestro tiempo”, Revista de libros, 3, marzo de 1997, p. 45.
  • Monmany, Mercedes, “Enrique Vila-Matas: el principio de la realidad”, Ínsula, 620-621, agosto-septiembre de 1998, pp. 18-20.
  • Netcháiev, Juan Ramón, “Estética y voyeurismo”, Turia, 41, junio de 1997, pp. 223-225.
  • Obermüller, Klara, “Der Spion, der aus des Calle kam”, Frankfurter Allgemeine Zeitung, Frankfurt, 19 de noviembre de 2002, p. 34.
  • Pritchett, Kay, World Literature Today, Universidad de Oklahoma, primavera de 1998, pp. 342-343.
  • Santos Costa, Linda, “A janela indiscreta”, O Público, Lisboa, 31 de enero 1998, p. 4.
  • Sanz Villanueva, Santos, “La inconsistencia de la realidad”, El Mundo, 24 de mayo 1997, p. 13.
  • Senabre, Ricardo, “Extraña forma de vida”, ABC, 4 de abril de 1997, p. 9.
  • Sepúlveda, Torcato, “A literatura como espionagem”, Semanário, Lisboa, 10 de enero de 1998.
  • Valls, Fernando, “Del orden clásico al juego”, Quimera, 158-159, junio-julio de 1997, pp. 135-136. Recogida en La realidad inventada. Análisis crítico de la novela española actual, Barcelona, Crítica, 2003, pp. 275-278.
  • Vaz Pereira, José, “Escrevo, logo espio”, Diário de Notícias, Lisboa, 14 de febrero de 1998, p. 52.
al ver este disco a Amália  en el aeropuerto de Lisboa decidí el título para el libro ENCONTRÉ EL TÍTULO

Encontré el título del libro en el aeropuerto de Lisboa al ver un disco con un fado de Amália Rodrigues que se llamaba Estranha forma de vida. Me enamoró no exactamente el título sino la belleza de Amália. Y en mi ciudad encontré la historia que iba a contar: la de un barcelonés dividido entre dos amores y entre dos actividades parecidas, la de escritor y la de espía. Recuerdo que, escribiendo ese libro, acabé transformándome en una especie de Fernando Pessoa del barrio de Gràcia de Barcelona. Escribir o la única forma interesante de estar en el mundo, extraña forma de vida.
FRAGMENTO DE UN LIBRO DE CONVERSACIONES
CON ANDRÉ GABASTOU


Extraña forma de vida. El título de esta novela viene de une canción portuguesa y hay mucho Portugal en el libro. Quizás aparece en este libro por primera vez tu amor por este país, ¿es así?
   Hay amor, sí. Manuel Herminio Monteiro, mi primer editor en Portugal, me comunicó ese amor. Me paseó por todo el país para que lo conociera. Me contó mil historias y me llevó a ver los atardeceres más extraordinarios. En la desembocadura del rio Duero, por ejemplo. Lamentablemente, Herminio murió joven. Hay en mi relación con Herminio y con su mujer Manuela una historia algo rara que nunca he contado. Ellos creían que era un escritor interesante, pero para explicar por qué lo era, decían que era porque estaba loco. Y yo, para agradarles, trataba de estar más loco de lo normal. Un día, vinieron a buscarme al Hotel Boavista del barrio bellísimo de Boavista en Oporto. Me gritaron desde abajo y yo me asomé a la terraza de mi habitación en la cuarta planta, me asomé en pleno delirio por una resaca muy fuerte de alcohol y recuerdo –con estremecimiento todavía– que para confirmarles que estaba loco, estuve al borde de arrojarme desde la terraza para llegar antes al encuentro con ellos. Me habría matado. Me queda un recuerdo muy personal de aquel momento, porque sé –sólo yo sé en qué grado más alucinante de intensidad- estuve al borde mismo del suicidio.

Registro en el libro alusiones a Pessoa. Y así, por ejemplo, la cita sobre el amor que abre el libro es de Manuel da Cunha que tiene que ver algo –me parece- con Pessoa. La frase viene de un libro El espía de la calle Lisboa, que seguramente es un libro ficticio, ¿no?
   Y el autor, Manuel da Cunha, también es falso. Cuando veo citada en algún blog de internet la frase atribuida a da Cunha siento una honda satisfacción por haber creado a ese personaje, a ese escritor.

Hay también una alusión al Chevalier de Pas, precursor de los heterónimos de Pessoa. ¿Una manera de jugar con el lector culto?
   A veces una manera tan sólo de resolver el engorroso problema que a veces se le crea a un escritor al tener que interrumpir lo que está contando para ponerle nombre a un personaje.

Y al barbero de la calle Durban que describes, la calle y el hombre, le das el nombre del primero autor del Libro del desasosiego. Se llama como él Vicente Guedes.
   Lo mismo. Se trata de resolver el trance de llamarlos de alguna forma. Por otra parte, Guedes fue un futbolista del Las Palmas, un equipo canario. No todo es Pessoa en este mundo.

Pessoa decía que era su proprio espía. ¿Es por eso que hay tantas alusiones a él?
   Mi admirado Maurice Nadeau comentó en un artículo de la Quinzaine Litteraire que yo necesitaba siempre un modelo a partir del cual poder hilar, soñar, imaginar, dorarle al lector la píldora. Lo fue Kafka en Hijos sin Hijos, lo fue Melville para Bartleby and Co, y lo fue Blanchot para Doctor Pasavento o la historia de una ausencia, de una desaparición. En este caso, el pretexto fue Pessoa. Luego, yo siempre remonto el pretexto y me voy lejos del autor que he tomado como centro del libro. Pero necesito un modelo que esté ahí de punto de partida, como un pintor puede necesitarlo para un óleo, aunque luego se aleje del modelo que tiene. “Vila-Matas no sale de la nada, no teme dejar entrever sus fuentes”, dice Nadeau. Y así es, no le temo a esta operación de falsas pistas, porque a la larga, la pista Pessoa es tan sólo una manera de empezar aferrándose uno a algo concreto para luego acabar quedando suspendido en el vacío, sin Pessoa ni nadie, a cuerpo limpio en combate con uno mismo.

La novela cuenta la vida de un novelista realista que espía la gente de la calle Durban para escribir su novela. Tú también espías en los autobuses, los bares, los aeropuertos, pero creo que por motivos distintos. Yo diría que buscas lo que hay de raro, de surrealista en algunas frases sueltas. Después, al final del libro, este novelista cambia de estilo. ¿Es una metáfora de tu trayecto narrativo?
   No, no creo que sea ninguna metáfora. Es sólo que la trama que organicé para el libro exigía que hubiera un cierto suspense acerca de qué decidiría al final el personaje del conferenciante, con qué mujer preferiría estar y también con que opción de vida –conservadora o revolucionaria- se quedaría.

Hablas de la analogía entre espionaje y escritura, algo sobradamente conocido. ¿Qué has aportado a esa analogía?
   En este libro me dejé orientar por Mrs.Dalloway, de Virginia Woolf, en cuanto a que es la narración de veinticuatro horas –las mismas también del Ulises, de Joyce- en la vida, en este caso, de una señora. También debo decir que me guié por ese libro pero


sin haberlo leído, simplemente imaginándome qué era lo que podía haber hecho Woolf en aquella novela. Quise contar la jornada de un escritor que espía, porque espiar me parecía –como por otra parte es obvio- un oficio muy parecido al de la literatura. Esa idea de escribir la historia de un escritor que tiene una tradición familiar de espionaje surgió de la portada del primer número de la revista barcelonesa Lateral, un dossier sobre espionaje y literatura. Encontré el título del libro casualmente en el aeropuerto de Lisboa, en la portada de un disco de Amália Rodrigues, donde ella aparecía muy joven y guapa y eso hizo que el título colocado al lado de su foto aún me pareciera más bueno y resplandeciente. Sí. La combinación –en el momento justo- entre la belleza de la cantante y la gracia del título Extraña forma de vida, fue decisiva. Todos los escritores serios, digamos que todos los escritores verdaderos llevan una extraña forma de vida. Quise adentrarme en esta idea. ¿Qué he aportado a esa analogía entre voyeurismo y literatura? Quizás la historia de una familia donde se hereda la afición incontenible al espionaje, como en otras familias se hereda, por ejemplo, la afición a la caza. La tendencia a espiar es genética y viene de la noche de los tiempos: era necesario hacerlo para sobrevivir, para distinguir entre amigos y enemigos. Por eso, cuando en un libro como Extraña forma de vida aparece alguien como el hijo de mi escritor, alguien que no tiene la menor tendencia a espiar, ese personaje infantil aporta un lado inquietante a la historia de la humanidad: un verdadero raro, tal vez un niño de otra galaxia. Y en cualquier caso el personaje que lleva una más extraña forma de vida en ese libro.

En la literatura dices que el espionaje alcanza a diversos niveles: el autor espía la gente, pero el lector espía al autor. ¿Crees que hasta esos extremos se interesa un lector por un autor vivo?
   Es que cuando uno lee un libro, lo quiera o no, está espiando a un señor que lo ha escrito. Esa al menos es mi impresión. Todos espiamos a todos. Cuando publiqué este libro, los vecinos de mi escalera me reprocharon que les espiara tanto (lo habían leído en los periódicos, donde yo había dicho que me dedicaba a espiar a todos mis vecinos). Y yo les decía cuando me recriminaban esto en el reducido espacio del ascensor: “Pero, ¿acaso no están ustedes ahora mismo espiándome también?

Hay un personaje, Riverola, perseguido por su doble. ¿Es la primera aparición de este tema que te gustará tanto en los libros siguientes?
   El tema del doble ya estaba en Impostura, por no remontarme más lejos. De hecho, éste creo que fue –cuando no tenía temas, al principio de todo de mis días de escritor– el único tema que a veces tenía. De muy joven, me impresionó mucho Poe y su relato William Wilson. En cuanto a Riverola debo decir que era un fastidioso compañero de colegio que vivía en la Travesera de Gracia e iba a los Maristas del Paseo de Sant Joan de Barcelona. Era fofo y agresivo y, si sigue vivo, espero que haya cambiado.

El narrador se ha enamorado de una chica, Rosita y se ha casado con su hermana, Carmina. Una situación bastante rara, ¿no?
   Si no fueran hermanas, no lo sería tanto. Pero el acierto está en que sean hermanas, porque podrían ser en el fondo la misma persona. Entre las historias de amores con hermanas recuerdo mucho siempre aquella tan memorable de Svevo en La conciencia de Zeno.

El autor no sabe si prefiere el amor loco o el amor sosegado durante todo el libro y, llegado al final, elige el primero. ¿Una proyección personal?
   Mientras uno aún tenga que decidir entre el amor y el amor, sea éste un amor loco o un amor sosegado -es decir, mientras no haya que decidir entre un odio u otro odio, o entre un pobre amor o un odio, etc- eso siempre será una señal de que las cosas aún van bien en la vida de alguien.


(De Vila-Matas, pile et face. Rencontre avec André Gabastou.
Argol éditions, 2010)
Presentación de Extraña forma de vida en la librería La Central
Foto de V-M hecha por Tejederas que acompaña el Fado del agente doble que J.M. Ullán publicó en El País el 21 de febrero de 1997.
Fado del agente doble
JOSÉ-MIGUEL ULLÁN

A las puertas del mercado de López de Hoyos, del lado madrileño de La Prosperidad, pregonaba ayer mismo, sin llegar a gritarlo, un mozalbete gitano: “Señora, ¡compre mis clementinas!” No era súplica ni mandato, sino una sugerencia de acera, un fluido salirle al otro al paso por las buenas; si, bien, ¿a qué negarlo?, chocaba un poco el posesivo extraño del que pendían aquellas relucientes clementinas, esparcidas, pañuelo negro mediante, por el mismísimo suelo. Y el gitano añadía: “¡No tienen pipo, señora, se dejan comer solas!”. Era brillante su insinuación de falta de estorbo, de ausencia de tropiezo entre telilla y jugo, presagiando un eclipse de toda idea de cuidado o recelo, en el acto de desgajarse para asumir el zumo del abandono y abandonar esa inhumana carga, seca y pesada, de los cinco sentidos.

Mas el joven gitano, que espiaba, a su aire, la reacción que iban causando sus impropias palabras en los rostros ajenos, hubo de doblegarse y, de cuando en cuando, agregar: “Si no me cree, señora, se la dejo probar”. Tal salto del plural al singular, aun sin cambiar de género, me parece que mas que picaruelo era forma sutil de limitar el riesgo, de frenar el regreso del bumerang, de evitar, en resumen, que a lo mejor fuera a pensarse la otra que él iba derechito a la ruina con aquello de prueba y prueba, como el de Gila, que con las payas nunca se sabe en cuantito que empiezan. Y no quiero dar nombres.

Rosita y Carmina se llaman, sin embargo, las dos mujeres entre las cuales se debate y se acongoja el espía al que Enrique Vila-Matas disfraza de escritor para que delire a su antojo en la novela titulada Extraña forma de vida (Anagrama, 1997). La primera, una loba: zorra, atractiva y en jarras. La segunda, una oveja: gallina, protectora y en ascuas, amén de hermana de la primera. Así está el patio, de Romero de Torres a esta parte, en nuestra realidad diferencial y extremosa, con un sol del carajo en febrero. Bueno, pues dicho espía, Marcelino de chico y de mayor Cyrano, empieza la jornada observando que “el niño horrendo”, su propio hijo, que tiene por más suyo que de Carmina, ha dejado por vez primera de mirar hacia abajo y, yendo de corrida a la otra punta, ha empezado a mirar hacia arriba. Total, que empieza bien el día para ese pobre padre [seguir leyendo en EL PAÍS, 21/2/1997]
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