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ENRIQUE VILA-MATAS Y PASAVENTO YA NO ESTABA (2008)
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Y PASAVENTO YA NO ESTABA (2008)
 Y Pasavento ya no estaba
EDICIÓN ORIGINAL
Y Pasavento ya no estaba
Editorial Mansalva, Buenos Aires, 2008
160 páginas. ISBN 978-987-1474-04-2
BIBLIOGRAFÍA

Laurence Sterne
  1. Giaccaglia, Roberto, “Cómo desapare(ser) completamente”, Crítica Creación, 24/06/2008.
  2. Makovsky, Pablo, Y Pasavento ya no estaba de Enrique Vila Matas”, Diario Crítica de la Argentina, 30/07/2008.
  3. García Abreu, Alejandro, “La sombra de Pasavento”, La Nave, número 3, enero-marzo de 2010.
  4. Miretti, María Luisa, “Enfermo de literatura”, El Litoral. Santa Fe (Argentina), 21/08/2010.
  5. Bon, Francesc, Y Pasavento ya no estaba. Un libro al día. Agosto 2015.
Escari, V-M y Garamona en el restaurante La Biela, mayo 2010, Buenos Aires
Escari, V-M y Garamona en el restaurante La Biela.
Mayo 2010, Buenos Aires.
ME ESCRIBIO GARAMONA

      «Me escribió Garamona, el editor de Mansalva -la editorial independiente argentina en la que publica mi amigo Raúl Escari, pero también César Aira, Fogwill, Daniel Link y Mario Bellatín entre otros- y me ofreció la posibilidad de reafirmarme como “escritor argentino”. Una propuesta lo suficientemente atractiva y deshonesta como para dejarla pasar. Además, publicar en Mansalva me aseguraba tener en mi trayectoria editorial una portada de libro horrenda, que naturalmente se convertiría en la preferida entre algunos de los más salvajes de mis amigos. Acepté y envié algunos textos especialmente apreciados por mí, entre ellos: Plan para el más allá, Ventanas de la alta madrugada (con su pequeño homenaje a Arlt), Gombrowicz en seis horas y cuarto

 
Dibujo de Matisse.

«Inspecciono las primeras líneas de mi dietario. Fueron escritas el 1 de septiembre del año pasado: “Amanece en mi cuarto de las ventanas altas de la Travesía del Mal cuando, al inaugurar este cuaderno rojo de notas o dietario que escribiré desde Barcelona y otras ciudades nerviosas, me pregunto cuál es mi nombre, quién escribe, y se me ocurre que mi cuarto es como una cavidad craneal de la que surjo como un ciudadano inventado”.»
De El balancín de Murphy
ADVERTENCIA 

Salvo Gombrowicz en seis horas y cuarto, Ventanas de la alta madrugada y Un plato fuerte de la China destruida (textos que relaciono aleatoria y afectuosamente con Argentina), el resto de los textos incluidos en este libro fueron escritos después de mi novela Doctor Pasavento. El aire de familia les viene dado por el eco y la nostalgia que a veces se nota respecto al tema de la desaparición, que a su vez era el tema de Doctor Pasavento, aunque en realidad de lo que de verdad se hablaba en ese libro era de la dificultad de no ser nadie.
         Muchos años después de terminados, los libros siguen persiguiéndome. Es más, por lo general, no entiendo de que trataba realmente aquel libro o aquel otro hasta muchos años después, que es cuando empiezo a ver en profundidad de qué en realidad estuve yo hablando en aquella novela, o en aquel cuento. Y así ha llegado a ocurrirme que, por ejemplo, en Munich, en la presentación de Bartebly y compañía en su versión alemana, Michael Krüger, el escritor que hizo la introducción en público, me dejara sorprendido cuando calificó de profundamente angustioso el tema de los escritores que dejan de escribir. Me reía aquel día yo en secreto pensando que los alemanes son demasidao serios y profundos, hasta que, años después de aquella presentación, comprendí de pronto una tarde, con extrema y terrible nitidez, a qué había estado refiriéndose Krüger en su introducción de hacía ya muchas tardes en Munich; comprendí de golpe la angustia de la que hablaba y sobre la que yo había perorado en Bartebly y compañía sin darme cuenta.
         Lo mismo me sucedió al publicar Doctor Pasavento. No sabía lo que pasaba, pero sentía la necesidad de seguir escribiendo acerca de los temas centrales de ese libro, como si hubiera comprendido la profundidad real de los mismos demasiado tarde, cuando ya mi novela estaba en las librerías.
         Siempre ha sido así en mi vida. Un amigo dice una frase y no la entiendo y acabo comprendiéndola muchos años después. Esto no es raro, pero sí es extraña esa capacidad para memorizar todas las frases que en su momento no entiendo. ¿Cómo puede uno pasarse la vida recordando frases incomprensibles o, lo que es peor, tardando tanto en hallarles un sentido (...)
 
Foto de Paola de Grenet
EL LIBRO POR VENIR 

Adivinar el futuro del libro ante la supuesta amenaza digital es como especular con el resultado que obtendrá el domingo tu equipo favorito. No puedes saberlo, no tienes ni idea y mejor que no la tengas, porque si tu equipo, por ejemplo, va a perder por goleada, es inútil que lo preveas, porque no podrás hacer nada por él, nada por evitar la catástrofe. De modo que lo mejor es no molestarse demasiado especulando. Después de todo, ocurrirá lo que haya de ocurrir. Es más, en realidad el futuro digital del libro ya está escrito, y no creo que en su escritura haya participado yo ni vaya hacerlo (...)
 
Stories of F. Scott Fitgerald.
ANATOMÍA DEL DESASTRE

Aunque tantas veces se lamentara Francis Scott Fitzgerald de no saber si tenía existencia real o era el personaje de una de sus novelas, sus quejas siempre sonaron absurdas, pues en gran parte era él quien había construido su leyenda de bello y maldito, y la vida se había encargado del resto: una leyenda de perdedor, fracasado, nostálgico, alcohólico, derrochador de su inmenso talento. Vida y obra anduvieron siempre unidas en él, casi indisociables, y esto es algo que se percibe claramente en Suave es la noche (1934), uno de sus títulos más autobiográficos, su novela más compleja y desesperada, tal vez por esto la más atractiva de todas Más

 
Ventanas de noche - Hooper
VENTANAS ILUMINADAS

Estoy pensando en el gran escritor argentino Roberto Arlt y en aquella mañana de 1929 en la que sus compañeros de trabajo le encontraron en la redacción del periódico con los pies sin zapatos sobre la mesa, llorando, los calcetines rotos. Tenía enfrente un vaso con una rosa mustia. Ante las preguntas y las angustias de sus amigos, dijo:
   -¿Pero no ven la flor? ¿No se dan cuenta que se está muriendo?
   Son las cuatro de la madrugada en Barcelona y soy yo ahora el que tiene enfrente un vaso con una rosa mustia. El vaso no me quita la angustia, pero me ayuda aún más a pensar en Roberto Arlt. En realidad pienso en él desde que ayer un amigo literato me preguntó si en alguna ocasión, al igual que hiciera Arlt en otros días, me había fijado en las ventanas iluminadas a las cuatro de la madrugada. Hizo una pausa, y luego añadió: “Hay muchas historias en ellas” Más

 
VM en el Pen World Festival

«¿Qué hacen los escritores en los cuartos de hotel? Nunca lo sabremos, porque los escritores no suelen decir la verdad. La versión oficial habla de que se dedican en los hoteles a lo mismo que en sus casas, es decir, que se sumergen en la soledad de sus cuartos y emprenden la tarea de reconstruir su mundo interior con palabras, siempre con la pretensión de que ese mundo pueda hacerse visible para los demás. Y en eso llama a la puerta Mordzinski. Le abrimos. ¿Qué ocurre después? Nunca lo sabremos, porque los escritores no suelen decir la verdad, y tampoco la dicen necesariamente las fotografías. La versión oficial habla de que, cámara en ristre, Mordzinski busca con su objetivo ese gesto del escritor que va a cargarse del peso de una vida entera: ese rictus, tal vez irrelevante, y a veces hasta bobo, que puede acabar compendiando y condensando en sí el sentido de toda una existencia.»

De Mordzinski, fotógrafo entre escritores

Y PASAVENTO YA NO ESTABA, SEGÚN MAKOVSKY

La reducida circulación local de la vasta obra de Enrique Vila Matas (Barcelona, 1948) en estos últimos tiempos –a un precio razonable se consiguen sólo cuatro o cinco títulos, como Exploradores del abismo, su novela de 2007, o París no se acaba nunca, de 2003; el resto es suerte, o a pedido y en euros) hace que esta edición de Mansalva de los “ensayitos” de Vila Matas reunidos bajo el título Y Pasavento ya no estaba (en alusión al personaje de una de sus últimas novelas, Doctor Pasavento) sea un tesoro doble: puede pagarse en pesos y la sola lectura de dos o tres de sus textos salvan ampliamente la inversión, lo demás es bonus track.
   La lógica de estos “ensayitos”, con su apuesta a una literatura “menor”, de la anotación, de la charla o el saludo a escritores de una constelación afín (españoles, argentinos, chilenos, vivos y muertos) hablan acaso de lo único que podemos pedir cuentas a la literatura, del tiempo.
   El tiempo de la escritura, sí. El de la vida que se suspende en la escritura y la ilumina como desde “una ventana encendida en la alta madrugada” (según el texto porteño que Vila Matas dedica a Roberto Arlt). El tiempo entre el primer encuentro con Marguerite Duras y su recuerdo, cuando la escritora ya ha muerto, en la lectura de su libro Escribir. El tiempo que forja el estilo: Witold Gombrowicz vuelve a Europa, es el año 1963, el 22 de abril de ese año , en Barcelona, mientras Gombrowicz permanece en el barco que lo trae de Buenos Aires, Vila Matas estrena su diario con una entrada sobre un concierto de música, “la música de Los Pájaros Locos. “Gombrowicz en seis horas y cuarto” es un ensayo de “autoficción” (el modo en que se construye un relato con la materia del yo), en el que más cerca está Vila Matas, entre los textos de este libro, de esbozar una teoría sobre la sinfonía del tiempo, de vida y letras y que su mismo estilo, claro, descarta. Durante mucho tiempo, confiesa allí nuestro autor, trató de imitar a Gombrowicz, de ser Gombrowicz a partir de lo poco que conocía de él: una foto, un aura, sin haberlo leído. Hasta descubrir con la lectura que su estilo (el de Vila Matas) es también la distorsión de un fantasma, de algo cuya existencia es emulación de otra que ni es la que fue ni la que será. “No sé quién soy, pero sufro cuando me deforman”, cita Vila Matas, y agrega: “Sé el tiempo empleado en leerlo (a Gombrowicz), pero no el que tardé en comprender esa vida, que en realidad es esencialmente una obra”.
   Y en su texto sobre la Duras (“Se escribe para mirar cómo muere una mosca”), Vila Matas parafrasea lo que podría ser el centro gravitacional de estos escritos: “Escribir es inventar saber qué escribiríamos si escribiéramos”.
   Pero, calma, Y Pasavento ya no estaba, estos inventos de escritura muchas veces emparentados con Argentina es un libro de encuentros felices, para lectores curiosos y distraídos, y es también una declaración: allí donde Pasavento, el personaje de la ficción, se ausentó, irrumpe el tiempo que, para recoger una hermosa metáfora de Léon Bloy, muerde los talones de Vila Matas.

   Links:
   En Escribir, entre otras cosas, Marguerite Duras refiere la escritura de una historia, la de un joven aviador inglés que cayó muerto en un pequeño pueblo francés, Vauville, cerca del mar, en el departamento de Calvados. Duras explora, en realidad la escritura de esa historia. Enrique Vila Matas dice en su ensayo que piensa en Duras y se le ocurre una canción. Y es que ese texto de la Duras, pariente de alguna manera del de Vila Matas, es por momentos una canción (aunque la autora descarta la posibilidad): avanza a medida que vuelve sobre un estribillo y declara en un momento que para escribir es necesario construirse una soledad. Y Pasavento ya no estaba, poblado como se nos ofrece de personajes públicos y ficticios, es la cabal construcción de esa soledad de la escritura.
   Así escribe:
   “Notas de vida y letras (mayo-junio 2007)”, página 55:
   Quedo preso de imágenes, sospechas y recuerdos. Tal vez todo esto explique, me digo, por qué siempre sentí gran simpatía por los estilizados jarros y botellas de Morandi. Es posible que en mi inconsciente los haya relacionado con la idea de que nada es de ningún sitio concreto y que el estado más lúcido del hombre es no tener nada y sentirse extranjero siempre.

   Diario Crítica de la Argentina. 30.05.2008

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